Mamá…
—Daphne…
El nombre escapó de mis labios en un susurro quebrado.
Y allí estaba. Frente a mí.
Mi madre.
La mujer que había desaparecido de mi vida como si jamás hubiera existido, como si los recuerdos que conservaba de su voz y de su perfume fueran simples fragmentos de un sueño infantil. Sin embargo, en ese instante, su sonrisa era real. Su mirada, cálida. Sus manos, extendidas hacia mí.
El pastel sobre la mesa llevaba un glaseado delicado y letras torcidas que decían: Feliz cumpleaños 16. Las velas iluminaban la estancia con un brillo dorado que parecía latir al ritmo de mi corazón.
—¡Mamá! —corrí hacia ella sin pensarlo, rodeándola con los brazos, temiendo que si dudaba un segundo más se desvanecería—. No sabes cuánto te extrañé…
Ella rio con suavidad, como si mis palabras fueran una broma inocente.
—¿Extrañarme? ¿De qué hablas, hija? Solo fui al jardín un momento.
Mi respiración se cortó.
Su tono era natural. Despreocupado. Como si nunca hubiera habido abandono. Como si nunca me hubiera quedado sola.
—Nada… —murmuré, aferrándome a su vestido—. Te prometo que jamás te haría daño.
Por un instante, su expresión se tornó confusa.
Y entonces comenzaron las visiones.
No eran recuerdos. No exactamente. Eran escenas superpuestas, como si estuviera viviendo otra vida al mismo tiempo. Una en la que mis poderes jamás se habían desatado. Una en la que mi linaje no era una carga. Una en la que la tragedia no había tocado nuestra puerta.
Comprendí entonces la verdad.
Aquello no era real.
—Mamá… —me separé lentamente—. ¿Dónde están mis amigos?
Ella me miró con una mezcla de sorpresa y ternura.
—No me habías dicho que ya te habías hecho amigos.
Sentí que el aire se volvía más denso.
Mi madre jamás habría dicho eso. Ella sabía cada detalle de mi vida. Habría sabido de ellos. Habría hecho preguntas, habría insistido en conocerlos.
Miré a mi alrededor.
El fondo comenzó a desdibujarse.
Detrás de la cocina, detrás de la mesa, detrás de la luz dorada… no había nada.
Solo blanco.
Una atmósfera vacía que se ajustaba con precisión cruel a mis deseos más profundos.
Era un espacio moldeado por mi añoranza.
Cerré los ojos.
Cuando los abrí nuevamente, la lluvia regresó.
El frío, el patio de piedra, el cielo oscuro.
Y frente a mí, Hesperia.
Un resplandor tenue aún vibraba en el aire, disipándose alrededor de mi cuerpo.
—¿Qué me hiciste? —pregunté con la voz aún temblorosa.
Ella sostuvo mi mirada sin arrogancia.
—La querías ver, ¿no?
Las lágrimas descendieron sin que intentara detenerlas. Asentí.
—Gracias…
Hesperia desvió la vista, incómoda ante la emoción.
—No es nada. El pez parlante te está buscando desde hace dos horas.
Parpadeé.
—¿Dos horas? ¿Estuve aquí dos horas?
—Sí. —Señaló el suelo seco bajo mis pies—. Creé un campo protector. No te has mojado.
No añadió nada más. No explicó el alcance de su poder ni por qué había decidido concederme aquello. Simplemente se marchó, dejando tras de sí el eco de sus pasos y una sensación extraña en mi pecho.
Me incorporé lentamente. La lluvia volvió a tocar mi piel cuando el campo desapareció.
Regresé al dormitorio y me refugié bajo el agua caliente de la ducha, intentando comprender lo que había vivido. La ilusión había sido perfecta. Demasiado perfecta.
Cuando salí, envuelta en una toalla, encontré a Meridia esperándome.
—Candace, no puedes desaparecer así —dijo con evidente preocupación—. Pensamos que algo te había ocurrido.
—Necesitaba estar sola.
Ella suspiró, pero no insistió.
—Eirian encontró algo. Una biblioteca secreta. Ven, debes verlo.
Quise negarme. Quise quedarme allí, procesar lo sucedido.
Pero la curiosidad —o el destino— fue más fuerte.
La sala oculta era pequeña y circular. Las paredes estaban cubiertas de estanterías antiguas, y el aire tenía un aroma más denso, más antiguo que el de la biblioteca principal. En el centro, sobre un pedestal de piedra, descansaba un único libro.
No irradiaba luz.
No necesitaba hacerlo.
Su presencia era suficiente.
—No se acerquen —advirtió Luke—. Podría estar protegido.