Abyssborn

Capítulo 18

Hesperia

Había escuchado cada palabra.

No fue un malentendido ni una sospecha infundada. Lo oí todo.

Sentí cómo la sangre me hervía bajo la piel, como si el fuego reclamara espacio en mis venas. La joven a la que había ayudado, protegido incluso, hablaba con una frialdad insoportable sobre acabar con mi familia. Y lo hacía invocando “honor”, como si aquella palabra pudiera purificar la traición.

Honor.

La sola mención me quemaba.

No recuerdo con claridad cómo llegué hasta el despacho de mi madre. Solo sé que crucé los pasillos del palacio con el corazón golpeándome las costillas y la respiración convertida en brasas. Cuando abrí las puertas, el aire pareció tensarse.

Ella alzó la vista desde sus documentos. Serena. Imperturbable. Reina antes que madre.

Pero yo no estaba allí como princesa.

—Madre… ¿quién es Vidalia?

El silencio cayó entre nosotras como una losa. Denso. Pesado. Cargado de cosas que no se dicen.

Su expresión no cambió, aunque sus dedos dejaron de moverse sobre el escritorio.

—Una vieja amiga —respondió al fin—. Falleció hace años.

—¿Cómo era?

Me sostuvo la mirada unos segundos antes de contestar.

—Amable. Siempre tenía una sonrisa. Leal. Quería profundamente a quienes la rodeaban.

Cada palabra parecía cuidadosamente elegida.

—¿Y cómo murió?

Una pausa. Apenas perceptible, pero suficiente.

—De una enfermedad.

Sentí cómo la ira se mezclaba con algo más oscuro: decepción.

—¿Cuál enfermedad?

Sus ojos se endurecieron.

—¿A qué vienen todas estas preguntas, Hesperia? ¿Cómo sabes siquiera quién es ella?

No retrocedí.

—¿Cuál fue su enfermedad, madre?

Mi voz salió más grave de lo habitual. No temblaba. No dudaba. Pero estaba cargada de algo que jamás me había permitido mostrar frente a ella: desconfianza.

Por primera vez, vi una grieta en su compostura.

—Tenía la Marca del Dragón.

El mundo pareció inclinarse levemente.

Había escuchado de esa marca en susurros y leyendas prohibidas. Los herederos del antiguo Clan Dragón nacían con ella grabada en el alma, no en la piel. Portadores de un poder descomunal. Capaces de someter bestias con la sola voluntad. Dominadores del poder elemental absoluto: fuego, agua, tierra, aire… incluso los fragmentos residuales de energía que dejaron los sobrevivientes de Sylphira.

Sylphira.

El nombre atravesó mi mente como un relámpago.

Un pensamiento fugaz… que no era mío.

—Madre… —susurré—. ¿Por qué pensaste en Sylphira?

Su silla se deslizó bruscamente contra el suelo cuando se puso de pie.

—Hesperia. ¿Cuántas veces debo decirte que no invadas mi mente?

Ahí estaba. No lo había dicho en voz alta.

Lo había pensado.

Y yo lo había visto.

Bajé la mirada, aunque no por culpa, sino para contener la tormenta que se agitaba en mi interior.

—Lo siento, madre.

Su presencia llenó la habitación cuando rodeó el escritorio. No necesitaba alzar la voz para imponer autoridad.

—Ya sabes demasiado.

Esas palabras no eran una advertencia. Eran una sentencia.

—Fuera de mi vista.

No discutí.

No porque obedeciera, sino porque entendí que no obtendría nada más de ella… por ahora.

Salí del despacho con pasos firmes, aunque por dentro todo ardía. Si la verdad estaba enterrada bajo mentiras, secretos y memorias bloqueadas, la desenterraría yo misma.

Si Vidalia había muerto por portar la Marca del Dragón, entonces su muerte no fue una simple enfermedad.

Y si Sylphira estaba involucrada…

Entonces esto no era solo historia antigua.

Era una guerra que nunca terminó.

Y si mi propia madre pretendía mantenerme al margen, estaba equivocada.

Porque si ella no pensaba decirme la verdad…

La descubriría por mi cuenta.

Y esta vez, no pediría permiso.




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