Candace
Eirian.
Luke.
Meridia.
Y yo.
Estábamos listos.
Las armaduras ajustadas al cuerpo, el metal vibrando apenas con la energía que emanaba del abismo frente a nosotros. Aquel lugar no figuraba en ningún mapa oficial de la Academia, pero todos conocíamos la leyenda: en sus profundidades dormía el arma capaz de destruir el mundo… o reconstruirlo desde sus cenizas.
El aire olía a piedra húmeda y a algo más antiguo. Algo vivo.
Descendimos uno por uno por la abertura de roca negra. Eirian bajó detrás de mí, su mano extendida en cada tramo peligroso.
—Puedo sola —murmuré, rechazando su ayuda una y otra vez.
No era orgullo. Era algo más profundo. Algo que ya comenzaba a despertar.
Cuando mis botas tocaron el fondo, la oscuridad nos envolvió por completo. Una negrura tan espesa que parecía material. Luke encendió una chispa en su palma, pero antes de que la llama creciera, algo nos detuvo.
Mi pecho ardió.
El colgante.
El dije del sol y la luna comenzó a brillar con una luz propia, plateada y dorada a la vez. Se desprendió suavemente de mi piel y flotó frente a nosotros, como si respondiera a un llamado invisible.
—¿Estás viendo esto? —susurró Meridia.
No hizo falta responder.
El colgante avanzó por el túnel y lo seguimos hasta una enorme puerta tallada en piedra oscura. Sus relieves eran inequívocos: formas dracónicas enroscadas entre sí, alas desplegadas, y en el centro… un eclipse perfecto.
Y allí estaba.
La cerradura.
Del tamaño exacto de mi dije.
No parecía una coincidencia.
Parecía destino.
—Yell, con cuidado —advirtió Eirian, tenso.
—No nos rendiremos ahora —dije, sosteniendo el colgante con firmeza—. Llegamos demasiado lejos.
Estaba a punto de encajarlo cuando una explosión estremeció la tierra.
El techo vibró. Polvo y fragmentos de roca cayeron sobre nosotros.
—Eso vino de arriba —dijo Luke.
No lo dudamos. Abandonamos la puerta y ascendimos con rapidez.
Cuando emergimos, el mundo que conocíamos ya no existía.
La Academia ardía.
Torres envueltas en llamas. El cielo teñido de negro por el humo. Gritos, estruendos, fuego descendiendo como lluvia infernal desde la torre central.
Meridia corrió sin pensarlo, desesperada por sus hermanas.
Luke la siguió de inmediato, protegiéndola.
Eirian se quedó a mi lado, rígido. Nunca lo había visto así. Vulnerable. Asustado.
Tomé su mano.
—Ya comenzó —susurré—. La ganaremos.
—¿Y si no? —preguntó, con una honestidad que me atravesó.
Acaricié su rostro.
—Entonces haremos que valga la pena.
Corrí detrás de los demás.
Los licántropos se agolpaban en el patio central, aterrados.
—La heredera Destino se ha desatado…
—Nos matará a todos…
Y entonces la vi.
Hesperia.
Caminaba hacia su manada con una calma devastadora. A cada paso, el suelo se ennegrecía. Las llamas la rodeaban como si le obedecieran.
—¿Hesperia? —grité—. ¿¡Qué demonios estás haciendo!?
Se volvió lentamente.
Sus ojos ya no eran verdes. Eran rojos. Rojos como brasas abiertas.
—Candace Yell… qué honor. Viniste a presenciar cómo arden ante la más poderosa.
—Detente. Esto no eres tú. ¿Por qué lo haces?
Una sonrisa torcida curvó sus labios.
—La reina dejó el trono. Me lo cedió.
Mi corazón se detuvo.
—Eso no es posible.
—La culpa la consumió —continuó—. Por haber matado a tu madre.
El mundo perdió sonido.
—¿Qué…?
—Fue tu culpa que se quitara la vida.
El aire desapareció de mis pulmones.
—¿Cómo sabes quién era mi madre?
Hesperia alzó la mano. De ella emergió un resplandor violento que tomó forma humana.
—Porque me tomé el tiempo de investigar.
La figura cayó al suelo.
—Mamá… —susurré.
Daphne.
La había traído allí.
—Yell, no la escuches —gritó Eirian, pero una burbuja de energía nos aisló. No podía oírlo. No podía moverme.