Abyssborn

Capítulo 20

Los cielos comenzaron a llorar.

No era una lluvia suave. Era un diluvio furioso, pesado, como si las nubes se desgarraran sobre nuestras cabezas. Truenos eléctricos rasgaban el firmamento y cada relámpago iluminaba el rostro de Hesperia, deformado por el poder que la consumía.

Ella no se detenía.

Y yo solo quería proteger a los míos.

—¡Ahora! —ordené.

Nos movimos como manada.

Luke atacó primero. Con el cuerno aún brillante de energía, cargó contra ella con un rugido que hizo vibrar la tierra. Impactó directo en su costado, pero Hesperia giró sobre sí misma y descargó una explosión de mana oscuro. El choque fue brutal. El sonido del cuerno partiéndose en dos se mezcló con el trueno. Luke salió despedido varios metros, rodando entre piedras y barro.

Meridia invocó corrientes imposibles. El aire húmedo respondió a su llamado y columnas de agua se elevaron como serpientes marinas, azotando a Hesperia desde ambos flancos. Por un segundo creímos que la habíamos contenido.

Error.

Hesperia extendió los brazos y el agua se evaporó al instante. Un latigazo de energía impactó contra la aleta de Meridia, rompiéndola con un crujido seco. Su grito atravesó la tormenta mientras caía al suelo.

Eirian apareció detrás de ella, veloz, preciso. Su espada descendió envuelta en luz plateada y logró herirla en la espalda. La sangre oscura salpicó el suelo y donde cayó, la tierra se marchitó.

Hesperia sonrió.

Con un movimiento violento del brazo liberó una descarga que golpeó de lleno a Eirian. El impacto lo lanzó contra un árbol, partiéndolo al medio. Su espada cayó lejos. Su brazo quedó herido, inmóvil.

Sentí el miedo recorrerme la espalda.

Éramos cuatro.

Y estábamos perdiendo.

Descendí desde el aire con mis alas desplegadas, envolviendo mi cuerpo en mana puro. Formé una lanza luminosa y la lancé directo a su pecho. La explosión iluminó todo el claro. La onda expansiva me hizo retroceder varios pasos, las rodillas clavándose en el barro.

Pero ella seguía en pie.

Más fuerte.

Más alimentada por nuestra resistencia.

Entonces recordé las palabras del fantasma.

"Para detener lo que fue sellado… deberás sacrificar aquello que más amas."

Mi corazón.

Mi vida.

Mi futuro.

Dudé un segundo.

Y ese segundo fue suficiente.

Hesperia apareció frente a mí en un parpadeo y me atravesó con un golpe directo al abdomen. Sentí el aire abandonarme. Me elevó del suelo y me lanzó contra una roca. El impacto me dejó sin visión por un instante.

Logré dispersar parte de su energía antes de que me rematara, pero no fue suficiente.

Ya no quedaban fuerzas en los demás.

Solo en mí.

Sabía lo que tenía que hacer.

Abrí mis alas por completo. La tormenta respondió. El mana comenzó a arder bajo mi piel, recorriendo cada vena como fuego líquido.

Caminé hacia ella.

No para atacarla.

Para abrazarla.

Hesperia intentó apartarse, pero la sujeté con todas mis fuerzas. Sentí su energía desgarrándome por dentro, quemando mis alas, rompiendo mi piel.

La única capaz de detenerla… era yo.

—No… ¡YELL! —gritó Eirian, intentando levantarse.

Cerré los ojos.

Liberé todo.

El mana explotó desde mi interior como un sol naciente. La luz fue absoluta. El sonido desapareció. Solo calor. Solo blanco.

Destruirla a ella.

Y destruirme a mí.

El estallido arrasó con todo.

Cuando la luz se disipó, el silencio fue lo primero en regresar.

Los cuerpos comenzaron a moverse entre los escombros. Luke tosió. Meridia despertó entre lágrimas. Eirian arrastró su cuerpo hacia mí.

Hesperia yacía inconsciente, debilitada. Los licántropos que habían llegado como refuerzo no perdieron tiempo. Le colocaron un collar inhibidor de mana alrededor del cuello. El metal oscuro absorbía cualquier intento de energía.

Frente a ella, abrieron un portal.

Oscuro.

Profundo.

El Abismo.

Una prisión destinada a los más peligrosos.

La arrastraron hacia él.

Y yo…

Yo apenas respiraba.

Sentí las manos de Eirian sosteniéndome, temblando.

—¡Yell! Despierta, por favor… ¡No te vayas! No de nuevo… —su voz se quebraba.

Sonreí con lo poco que me quedaba.




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