Eirian
Habían transcurrido tres años desde la Gran Guerra. Tres inviernos completos desde que el estruendo de los cielos se apagó y con él, la risa de Candace. La contienda no solo arrasó fortalezas y ejércitos; se llevó consigo la única luz que había logrado abrirse paso en mi vida marcada por el deber.
Meridia regresó a su reino y, junto a sus hermanas, levantó de entre las ruinas una nueva Atlántis en la superficie. Las crónicas hablan de su hazaña como un milagro político y mágico: mares contenidos, cúpulas restauradas, alianzas selladas con sangre antigua y esperanza renovada. Luke, por su parte, fue nombrado caballero real de la guardia de Eryndor. Nuestra madre, como monarca, asumió la ardua tarea de reconstruir Sylphira, piedra por piedra, decreto por decreto, devolviéndole a la capital su antiguo esplendor.
Y yo… yo permanecí aquí.
Príncipe heredero de dos reinos exhaustos, reducido a la quietud de una oficina donde el polvo se acumulaba más rápido que las victorias. Firmaba tratados, revisaba informes, escuchaba disputas territoriales y balances de cosechas. Gobernaba con eficiencia impecable y con el corazón ausente. Era el rostro de la estabilidad, el símbolo de la continuidad… y, sin embargo, vivía atrapado en el mismo instante en que la perdí.
Los dragones regresaron a nuestras tierras aquel primer verano tras la guerra. Surcaron los cielos restaurados como presagio de renacimiento. Las crónicas lo llamaron “el Segundo Aliento”. Yo lo llamé esperanza. Porque si criaturas que habían sido dadas por extintas podían volver, tal vez ella también lo haría.
El colgante que Candace me entregó antes de partir —aquel amuleto cuya piedra latía con una luz casi imperceptible— fue durante años mi único vínculo tangible con su recuerdo. Creí que era una llave. Que ocultaba un portal, un hechizo sellado, una promesa inconclusa. Pasé incontables noches estudiándolo, descifrando runas, consultando a los sabios de ambas cortes.
Y finalmente, las puertas se abrieron.
Pero no condujeron a otro mundo.
No había un reino etéreo ni un umbral hacia la eternidad. Lo que encontré fue una habitación intacta, suspendida en el tiempo. El que alguna vez habría sido su cuarto.
Una cuna tallada con símbolos protectores. Cortinas claras mecidas por una brisa inexistente. Retratos de la reina Vidalia enmarcados con delicadeza, su mirada serena observándolo todo desde las paredes. El aire estaba impregnado de una quietud sagrada, como si el pasado se negara a avanzar.
Sobre una pequeña mesa de madera reposaba una carta.
Temblando, la abrí.
“Mi niña.
Cuando leas esta carta, no estaré contigo. Mi deber fue protegerte de este mundo. Sé que cuando logres vencer a Leocadia comprenderás el sacrificio que hice por ti.
Quiero que tengas hijos y los críes como yo no pude criarte a ti, mi niña preciosa.
Te amo.”
Las palabras se desdibujaron bajo mis lágrimas.
Candace jamás leyó aquella carta. Jamás supo que su madre había planeado para ella un futuro de paz. Jamás pudo cumplir el anhelo que guardaba en silencio: formar una familia, romper el ciclo de guerras heredadas, amar sin miedo.
Me arrodillé en el centro de aquella habitación que era a la vez santuario y tumba de lo que pudo ser. Comprendí entonces que el colgante no era una llave hacia otro mundo, sino hacia la verdad. Hacia la vida que le fue arrebatada incluso antes de comenzar.
El heredero de dos reinos, el estratega que sobrevivió a la guerra, el príncipe que sostuvo ejércitos… era incapaz de sostener su propia culpa.
Perdón, Candace.
Perdón por no haber sido lo suficientemente fuerte.
Perdón por no haber llegado a tiempo.
Perdón por seguir respirando cuando tú ya no puedes hacerlo.