Jamás pude volver a ser quien había sido.
Cumplía con mis deberes con una disciplina casi mecánica. Pasaba largas horas en la sala real escuchando las súplicas de los aldeanos, resolviendo disputas menores, firmando decretos de reconstrucción y otorgando audiencias a quienes buscaban justicia. Mi voz era firme, mi juicio impecable. Nadie podía señalar una falla en mi gobierno.
Pero nunca regresé al lugar donde la había perdido.
Aquel campo devastado, aquella grieta en el mundo donde su presencia se desvaneció, quedó sellado no por magia, sino por mi cobardía. Goberné reinos, restauré alianzas, negocié tratados con clanes antiguos… pero jamás tuve el valor de enfrentar el vacío que dejó su ausencia.
Busqué respuestas en los libros.
Durante décadas recorrí las bibliotecas de Sylphira, Eryndor y los archivos sumergidos de la renovada Atlantis. Leí tratados prohibidos, códices élficos sobre reencarnación, manuscritos dracónicos acerca de la transmigración del alma. Consulté a sabios, oráculos y custodios de reliquias ancestrales.
Nada.
Ni una sola línea que hablara de retorno.
Ni una sola profecía que prometiera segundas oportunidades.
El tiempo siguió su curso.
Cien años transcurrieron como una lenta condena. Para los elfos, alcanzar esa edad no era una tragedia sino un cierre natural; para mí fue una tortura extendida. Cada década era una capa más de polvo sobre un corazón que se negaba a latir con plenitud.
Nunca tomé esposa.
Nunca tuve hijos.
¿Cómo podría prometer protección si había fallado en aquello que más amaba? ¿Cómo traer una nueva vida al mundo cuando no fui capaz de salvar la que juré cuidar?
En mi lecho de muerte no hubo corte ni descendencia que llorara mi partida. Solo estaba ella: mi pequeña aprendiz. Una joven brillante, disciplinada, a quien instruí en artes políticas y arcanas, quizá intentando redimirme a través de su futuro.
La habitación olía a hierbas medicinales y a invierno.
Cerré los ojos con serenidad forzada. No hubo súplica en mis labios. No pedí otra oportunidad. No invoqué dioses ni antiguas fuerzas.
Simplemente esperé el final.
Y cuando volví a abrirlos…
No había penumbra.
No había silencio.
No había muerte.
El murmullo de voces jóvenes llenaba el aire. La luz entraba amplia por ventanales altos. El aroma a tinta fresca y pergamino reemplazaba al de las hierbas.
Estaba en la Academia Wesley.
Quinientos años después.
Por un instante creí que el tránsito hacia el más allá adoptaba formas extrañas. Que mi mente, antes de apagarse, recreaba memorias distorsionadas. Todo parecía demasiado nítido para ser un sueño, demasiado tangible para ser una ilusión.
—Alumnos —anunció una voz firme al frente del aula—, quiero que reciban a la nueva estudiante. Candace. Se ha transferido desde Sylphira. Espero que la hagan sentir como en su casa.
Mi respiración se detuvo.
Sylphira.
Aquel reino que, siglos atrás, había quedado abandonado tras la pérdida de su heredera. Aquella tierra que sobrevivió apenas gracias a los clanes remanentes del linaje dragón. La joven que cruzó el umbral del aula era presentada como una de las pocas sobrevivientes de aquel clan, adoptada y venerada casi como una santa debido a sus extraordinarios dones mágicos.
El mundo se inclinó bajo mis pies.
—Siéntate con Meridia Sean —continuó el profesor.
Meridia reía distraídamente mientras Luke, a su lado, le susurraba algo que la hacía sonrojarse. Eran pareja desde niños, inseparables incluso en esta nueva era.
Antes de que pudiera contenerme, las palabras salieron de mi boca:
—Puedes sentarte conmigo.
El aula quedó en silencio.
Varias miradas se giraron hacia mí con sorpresa. Yo no era precisamente conocido por mi iniciativa social.
Ella me observó.
Sus ojos.
Eran los mismos.
—Muchas gracias —respondió con una sonrisa serena—. Soy Candace, un gusto.
El sonido de su nombre atravesó siglos de memoria.
—El gusto es mío, Yell —dijo, leyendo la inscripción en mi pupitre.
—¿Yell? —repetí, confundido.
—Perdona… me confundí.
Intenté recomponer mi expresión. No debía asustarla. No debía proyectar sobre ella una historia que, quizás, nunca existió. Tal vez todo aquello —los cien años, la guerra, el colgante— había sido únicamente un sueño extraordinariamente vívido.
Yo había elegido seguir la rama de la realeza, como veinte generaciones antes que yo. El deber seguía marcando mi camino, aunque ya no buscaba amor ni gloria. No deseaba el trono. No anhelaba poder.