Abyssborn

Epilogo

Un brote mágico emergió desde las raíces más profundas de Sylphira.

Nadie supo con exactitud cuándo apareció por primera vez. Algunos afirmaban que fue al alba, cuando el rocío aún cubría los prados reconstruidos; otros juraban que la tierra tembló suavemente la noche anterior, como si algo antiguo hubiese respirado bajo la superficie. Lo cierto era que, en el corazón del antiguo territorio real, una flor desconocida comenzó a crecer.

Irradiaba luz.

No una luz común, sino una pulsación viva, rítmica, casi consciente. Su tallo parecía forjado en cristal líquido y sus pétalos, translúcidos, despedían un fulgor dorado con vetas azuladas. El aire a su alrededor vibraba con poder arcano.

Pronto comenzaron los rumores.

Decían que quien tocara aquella flor sería sanado de toda herida. Que enfermedades incurables desaparecían con solo inhalar su aroma. Que soldados veteranos, marcados por cicatrices imposibles, habían sentido el dolor disiparse al arrodillarse ante ella.

La llamaron el Renacer de Sylphira.

Nosotros la llamamos error.

Durante una excursión académica organizada por la Academia Wesley, los estudiantes fuimos divididos en grupos para recolectar flores y bayas con propiedades mágicas. Era un ejercicio práctico de botánica arcana, nada fuera de lo habitual.

El bosque estaba en calma aquella mañana.

Meridia y Luke discutían animadamente en la distancia, como siempre. El resto de los alumnos avanzaba entre los árboles con cestas de mimbre y pergaminos para clasificar especies.

Candace caminaba a mi lado.

Cuando la vimos, supimos que no era una flor común.

Se alzaba en un claro, exactamente donde siglos atrás había caído la última barrera protectora del reino. Donde el velo entre mundos se había debilitado durante la Gran Guerra.

Nos acercamos.

El aire se volvió denso, eléctrico.

—¿La sientes? —susurró Candace.

Asentí.

Había algo familiar en aquella vibración. Algo que no pertenecía únicamente a esta vida.

Sin pensarlo —o quizá impulsados por una fuerza mayor— extendimos la mano al mismo tiempo.

Nuestros dedos rozaron los pétalos.

Y el mundo estalló.

Miles de recuerdos atravesaron nuestras mentes como relámpagos. No eran imágenes sueltas, sino vidas enteras condensadas en instantes. La guerra. El colgante. La carta. El lecho de muerte. La Academia siglos después. Las promesas no cumplidas.

El pasado y el presente colapsaron en un único latido.

Vi mi coronación.
Vi su caída.
Vi mi muerte.
Vi este mismo bosque en ruinas.

Sentí el peso de cien años de culpa. Sentí el frío de mi último aliento. Sentí la certeza de haberla amado más allá del tiempo.

Cuando la luz se disipó, caímos de rodillas.

—No puede ser… —murmuré, con la voz quebrada.

Candace respiraba agitadamente, sus ojos anegados no de confusión, sino de comprensión.

—¿Cómo es que aún tenemos nuestros nombres? —pregunté, incapaz de entender cómo nuestras identidades habían persistido a través de las eras.

Ella me miró con una serenidad que ya no pertenecía solo a esta vida.

—Eso no es lo importante… —respondió con gravedad—. Nos olvidamos de sellarla.

El aire se enfrió.

—¿A quién? —pregunté, aunque en el fondo ya lo sabía.

Sus labios apenas se movieron cuando pronunció el nombre que atravesaba siglos como una herida abierta.

—A Hesperia.

El bosque pareció apagarse.

El brote mágico, que momentos antes irradiaba luz sanadora, comenzó a oscurecerse en el centro, como si una sombra emergiera desde su núcleo. Comprendimos entonces la verdad: aquella flor no era un milagro.

Era un sello debilitado.

Un brote nacido de la energía que alguna vez contuvo algo más antiguo que la guerra misma. Algo que habíamos encerrado… pero no destruido.

—Ella saldrá del Umbra —continuó Candace, su voz firme pese al temblor en sus manos—. Y viene con sed de venganza.

El Umbra.

La dimensión intermedia. El vacío entre mundos donde las entidades derrotadas eran confinadas cuando la muerte no era suficiente castigo.

Habíamos sellado a Hesperia allí.

Pero el sello se había alimentado de nuestra memoria fragmentada, de nuestras vidas inconclusas, de nuestra reencarnación imperfecta.

Y ahora estaba rompiéndose.

El brote estalló en una columna de luz oscura que atravesó el cielo de Sylphira.

Los demás estudiantes gritaban a lo lejos, ajenos aún a la magnitud de lo que presenciaban.

Candace tomó mi mano.

Esta vez no había duda en su mirada.

No éramos víctimas del destino.
Éramos la consecuencia de una historia que nunca terminó.

Y mientras la sombra comenzaba a filtrarse entre los árboles, comprendí que el renacer no era un regalo.

Era una advertencia.

La guerra no había sido el final.

Solo el prólogo de lo que estaba por venir.




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