Era un domingo como cualquier otro en el bosque de Eldareen, donde las especies convivían en un equilibrio tejido durante siglos. Y en el corazón de esa comunidad, una casa de madera florecía literalmente de la tierra. Sus paredes estaban cubiertas de enredaderas cargadas de flores nocturnas, y los alféizares rebosaban de macetas con hierbas aromáticas y plantas mágicas cuyos pétalos se movían siguiendo brisas invisibles.
En una habitación del segundo piso, iluminada por los primeros rayos de sol que se filtraban entre las cortinas de hojas secas, un joven elfo de cabello marrón dormía profundamente, roncando levemente. Oliver Amaphénix soñaba con un extraño castillo abandonado, cuando de repente comenzó un martilleo en la puerta que hizo temblar las macetas colgantes.
—¡OLIVER! ¡DESPIERTA Y VEN A DESAYUNAR! —rugió una voz grave desde el otro lado.
La puerta se abrió de golpe, revelando a un joven alto de piel morena clara, con cabello, alas y cola de un blanco níveo, y ojos celestes tan claros que parecían hielo. Alejandro, el hermano mayor de Oliver, cruzó los brazos mientras sus alas de fénix albino se plegaban contra su espalda.
—¿Acaso no era hoy que te irías a esa academia? Con esa pereza se nota que te quedarás —dijo, girando los ojos dramáticamente.
Oliver abrió los ojos como si lo hubieran electrocutado.
—¿Eh? ¿Qué? ¿Ya es—?
Se incorporó de golpe y cayó de la cama con un golpe sordo, aterrizando en un montón de sábanas.
—¡Ay! Mi espalda... y mi cabeza...
—¡YA VOYYY! —gritó desde el suelo—. ¡DILE A MAMÁ QUE ME VOY A BAÑAR!
Alejandro chocó su mano contra su frente y dejó escapar un suspiro que hacía vibrar ligeramente las plumas de sus alas.
—Espero que te bañes rápido... Bella Durmiente.
Un fuego blanco y frío lo envolvió por completo. En menos de un segundo, su forma humana se transformó en la de un fénix albino majestuoso, con plumas que brillaban como perlas bajo el sol matutino. Con un fuerte aleteo que esparció diminutas partículas de escarcha mágica por la habitación, salió por la ventana abierta y voló hacia abajo.
Oliver, aún aturdido, se arrastró hasta su armario, sacó una toalla y su cepillo de dientes, y salió disparado hacia el baño.
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Mientras tanto, en la cocina de la planta baja, una mujer elfa de cabello tan blanco que parecía tejido con hilos de luna cortaba verduras con movimientos precisos. Emma Amaphénix tenía la piel pálida y luminosa, ojos celestes que habían visto crecer a dos generaciones de criaturas del bosque, y una serenidad que calmaba hasta a las plantas más nerviosas.
Escuchó el aleteo familiar y, sin levantar la vista de los tomates que estaba picando, preguntó con voz serena:
—Hijo mío, ¿Oliver sigue sin despertarse?
Alejandro aterrizó suavemente en el suelo de piedra de la cocina, el fuego blanco envolviéndolo nuevamente mientras recuperaba su forma humana.
—Ya lo desperté, mamá. A ese enano se le olvidó que hoy sería su primer día en la academia.
Emma sonrió, y las flores en los alféizares parecieron inclinarse hacia ella.
—Él siempre es tan olvidadizo... Por cierto, ¿ya llegó Alberto?
—Ahmm... no, pero lo llamé y decía que vendrá pronto. Se le olvidó algo en el trabajo.
—Oh, está bien. ¡Ya el desayuno está listo!
Alejandro suspiró levemente.
—Ush... ¿Oliver sigue sin cambiarse?
Comenzó a caminar hacia las escaleras, pero justo en ese momento apareció Oliver, vestido con ropa estilo preppy en tonos verdes, negro y marrón claro, bajando las escaleras de dos en dos.
—Ya era hora —dijo Alejandro, girando los ojos nuevamente.
—¡Ya estoy listo! —anunció Oliver, sonriendo con una mezcla de emoción y ansiedad.
Emma los miró con felicidad.
—Alejandro, Oliver, vayan a desayunar. Yo esperaré a su padre.
—Ay... papá siempre es tan impuntual —murmuró Alejandro, pero ya seguía a Oliver hacia el comedor.
Los dos hermanos se sentaron a la mesa de roble y comenzaron a comer como si les hubieran puesto un hechizo de prisa.
—¡Más despacio, cariño, te vas a atragantar! —advirtió Emma desde la cocina.
—¡Vaya, de verdad ya quieres ir a la academia! —se rió Alejandro.
Fue entonces cuando, por la ventana abierta de la cocina, entró como un meteoro un fénix en llamas clásicas que iluminó toda la habitación por un instante. El fuego giró alrededor de la forma aviar y se condensó en la figura de un hombre moreno y alto, con ojos amarillos como llamas y cabello rojo y naranja que parecía estar en movimiento constante. Alberto Amaphénix aterrizó con elegancia.
—¡Ya llegué, familia! —anunció con entusiasmo y una sonrisa amplia.
—Ya era hora, papá —dijo Alejandro, pero se levantó para abrazarlo brevemente antes de volver a su asiento.
Los cuatro se sentaron finalmente a la mesa familiar y comenzaron a desayunar entre charlas y risas. Emma preguntaba sobre los preparativos, Alberto contaba anécdotas de su trabajo como guardián de nidos fénix en las montañas, y Alejandro bromeaba sobre cómo extrañaría tener que despertar a su hermano menor cada mañana.
Cuando los platos estuvieron casi vacíos, Alberto miró a Oliver con ojos brillantes.
—Ay... mi hijito ya está creciendo y irá a una de las academias más famosas y prestigiosas de todo el mundo. ¡Tus primos y tíos quedarán con la boca abierta cuando se enteren!
Pequeñas chispas doradas bailaban en el aire alrededor de su cabeza.
Emma limpió suavemente las comisuras de su boca con una servilleta.
—Creo que ya deberíamos ir terminando. Al fin y al cabo, Oliver se irá hoy. Por cierto, Oliver... ¿qué hora es? ¿No era a las 8:00 que se abría el portal?
Mientras hablaba, hizo un gesto sutil con la mano, y todos los platos flotaron ordenadamente hacia el fregadero, donde comenzaron a lavarse solos.
Oliver sacó su celular del bolsillo y lo encendió. Su expresión cambió de calma a pánico en medio segundo. Los ojos se le abrieron como platos.