Academia de Rebeldes

16

Hubiese sido más fácil un gran desmayo, despertarme en mi habitación y que me cuenten los pormenores de la situación que se había desencadenado por mi imprudencia. Sería un gran alivio que el resto resolviera todos los vestigios de mi poca capacidad de controlar mi poder; sin embargo, sería demasiado idílico y fantasioso de mi parte pretenderlo. Lo que sucedió marcó un antes y un después en mí.

Caí del caballo sintiendo el duro suelo adoquinado que bañó mi piel. Kelhus me ayudó a ponerme en pie y entrar al refugio, mientras Dimys llevaba a Atyra en brazos a la mesa y la recostaba allí.

Kel era muy suave y considerado. Mis heridas no eran la gran cosa, pero sentía aún el fuego dentro de mis manos; quemaba, y las yemas de mis dedos estaban inflamadas con un tono blanco hueso. Miré horrorizada mi piel, tratando de rememorar en qué momento explotó todo.

Tamar entró en la habitación con la mirada más gélida que nunca. No llegamos a explicar la situación, pero algo parecía leer en su expresión. Se acercó a Dimys.

—En el segundo cajón de mi escritorio hay tijeras, gasas limpias y una botella blanca que es para limpiar la herida. Córtale la ropa y limpia la piel alrededor del corte —dijo con voz segura, autoritaria y helada.

Luego de eso, miró hacia la silla donde me encontraba. Kelhus estaba en cuclillas junto a mí con unas vendas en sus manos, dispuesto a cubrirme los dedos. Sentía como si el mundo se fuese cerrando a mi alrededor; todo comenzaba a dar vueltas, mi respiración agitada no cesaba y mis manos parecían cada vez más monstruosas.

—Y tú beberás un tónico para hidratarte y arreglarás lo que tu impulsividad hizo —sentenció.

No podía siquiera ponerme en pie. Dimys solo tenía ojos para Atyra, pero podía sentir el peso de su mirada sobre mí en busca de una explicación. Su cabello trenzado estaba atado improvisadamente para que ningún mechón rozara la piel expuesta de la herida. Cuando abrió la chaqueta de ella con desespero, vimos su camisa blanca empapada en sangre. Parecía mucho peor de lo que imaginamos.

—No puedes obligarla a hacer algo así ahora —intervino Kelhus, levantando sus cejas color caramelo con preocupación.

Yo no lograba dar crédito de lo que estaba sucediendo. Las luces se hacían borrosas y mis mejillas comenzaban a arder, pero no eran mis dones lo que lo provocaba. ¿Era ira? ¿Era miedo? No podía serenarme y eso sí me asustaba.

—Yo no pienso tocar a Atyra —sentenció ella con sus manos entrelazadas sobre el abdomen de su túnica blanca, adornada con bordados perfectos en plata.

En ese momento pareció helar en la habitación. Un silencio sepulcral lo llenaba todo; solo se oía la respiración entrecortada de mi amiga.

—Se me ocurren un montón de formas de obligarte a hacerlo —dijo Dimys sin apartar sus manos de la labor que ella le había asignado. Observé la piel desnuda y cómo un corte le atravesaba la cintura; no la había atravesado por completo, pero abarcaba todo su costado derecho.

—¿Cómo esperas que lo haga? —reclamó Kelhus en un grito mientras se ponía en pie.

—Iré a buscar a Theon —agregó Dimys, tirando las gasas a un cesto con tanta violencia que este cayó. Lo pateó lejos y cruzó la habitación en busca de un abrigo.

—Está en el Templo de las Musas distrayendo a mi tía, si es que no están de camino hacia acá por el fuego que lancé a los soldados —dije aferrándome a la silla como si el piso se balanceara en un navío en tempestad. Los recuerdos pasaban ante mis ojos: el asco, el enojo, el miedo de vernos expuestas ante esos hombres.

—¿Qué hiciste qué?

Nunca había visto tal ferocidad en los ojos de Dimys. Parecía que iba a devorarme entera, como una bestia herida.

—Yo... no sé. —Me escondí detrás de mis manos rogando que esto simplemente se apagara, pero no iba a pasar—. En un momento nos estaban rodeando, Atyra estaba lastimada y, al siguiente, un jinete con su caballo hechos fuego comenzaron a quemar todo a su paso... por mi culpa.

—Theon se quedará para distraerla o vendrán todos juntos —reflexionó Kel, aún sin vendarme las manos.

—Con más razón, haz tu trabajo —dijo Dimys señalando a Tamar con el dedo índice, casi acusándola. Sin embargo, ella solo levantó una ceja de su rostro pétreo.

¿Acaso me odiaba tanto? ¿Qué habré hecho para que elija esta situación para torturarme? Nunca había cosido la piel de nadie; de hecho, yo era la que salía corriendo primero al ver sangre. De solo imaginar lo que había debajo de esa camisa, mi estómago comenzó a retorcerse.

—Yo le diré qué hacer, pero no pienso ir paso a paso detrás de ella enmendando lo que hace mal porque ustedes no la consideran capaz —sentenció con la serenidad de quien habla de lo que va a cocinar más tarde.

—No ahora, no hoy, Tamar —rogó Kelhus. En ese momento supe con pánico que ella no iba a cambiar de opinión.

—¿Vas a decidir por ella?

—No sabemos si en sus dones está la sanidad. No puedo creer que en estos momentos decidas ser tan osada y enseñarle; tuviste todo este tiempo y decidiste mantenerte al margen —gritó Dimys, que ya no podía contenerse.

—Theon no estaría de acuerdo, Tam, y lo sabes —añadió Kel.




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