Soy la princesa heredera al trono, pero a diferencia de otras princesas, yo soy la que todos odian, y todo por algo que no fue mi culpa, sino de mi madre, la reina Thais de Alaya, hay quienes dicen que ella fue una princesa dulce, gentil y amable, pero viendo el reino y el odio que todos nos dan, me cuesta creerlo.
Y todo ese odio se remota a una fecha específica, el día de su coronación como reina de Alaya y reina de todas las demás islas.
El día que mi madre forjo la Academia Colver yo descansaba en los brazos de Gaia, mi querida tía, mi madre se colocó al frente de toda la multitud y mantuvo la cabeza en alto, parecía que su próximo mandato no tendría lugar a discusiones.
-Hoy – dijo mi madre con voz fuerte, clara y decidida – Doy por inaugurada la Academia Colver, una academia de magia y guerra – anuncia.
Una mujer dio un paso al frente y mi madre la miro con demasiada curiosidad.
-Majestad – hizo una reverencia – Hay quienes no quieren luchar ni empuñar un arma – le dijo y mi madre enarco una ceja.
-La Academia no tiene opción de entrar o no – aclaro mi madre – Están obligados a entrenar para ser soldados del reino, de lo contrario, morirán – dijo y todos ahogaron grititos – No quiero que me digan que no lo desean, porque él no querer luchar no detuvo a los piratas para hacer lo que hicieron.
-Majestad – dijo un hombre – No puede hacer eso – negó con la cabeza – Tiene que darles la oportunidad de elegir.
- ¿Elegir? – repitió mi madre con ironía – No hay lugar para la elección en este reino, y el que esté en contra – extendió su mano y esta resplandeció con una luz morada, todos se tensaron y parecía que estaban muriendo, mi madre corto la magia y esbozo una sonrisa - ¿Les queda claro? – pregunto y todos asintieron – A la edad de quince años, después de sus presentaciones al fénix serán llevados a la Academia Colver, y no importa que no tengan poder, lo desarrollaran dentro.
- ¿Puede garantizar que no morirán? – pregunta una mujer y mi madre la mira como si acabara de decir la mayor estupidez.
-Es una academia de guerra, donde dentro lucharan cuerpo a cuerpo y con armas entre ellos – explica mi madre – Serán entrenamientos, pero eso no quita que se puedan matar entre ellos. Termino la junta – anuncia y se acerca a mí y por un instante, solo por uno vi a la mujer que todos dicen que un día existió – Perdóname – susurro en voz tan baja que hasta el día de hoy dudo que alguien más haya escuchado – Perdóname, te he dado un mundo roto, dañado y lleno de venganza, pero también te doy el poder de elegir qué hacer con él.
Yo cerré los puños de mis manos y la mire a los ojos, sin comprender nada, o bueno, al menos en ese momento, porque años después lo comprendería todo.