Academia de Sangre y Traición

LA PRESENTACIÓN AL FÉNIX

Quince años después

El día de mi presentación al fénix amaneció con un cielo demasiado claro, como si el mundo se negara a reflejar lo que estaba a punto de ocurrir.

Quince años.

Esa era la edad en la que dejábamos de ser niños y nos convertíamos en propiedad del reino.

Caminé por los pasillos del templo con la espalda recta y el mentón en alto, como me habían enseñado desde que aprendí a caminar. No por orgullo, sino por supervivencia. En Alaya —y en todas las islas— mostrar debilidad era una invitación al desprecio.

Y a mí ya me despreciaban suficiente.
Sentía las miradas clavadas en la nuca: cargadas de rencor, miedo y algo peor… expectativa. Como si todos aguardaran que fallara. Como si esperaran que el fénix me rechazara y así confirmar lo que siempre habían creído.

Que yo era un error.

—Ahí va —susurró alguien.

—La hija de la reina —dijo otra voz, con veneno—. La princesa maldita.

No giré la cabeza. No valía la pena.

Las palabras ya no dolían como antes; ahora eran cicatrices secas, recordatorios de lo que debía soportar.

El templo del fénix se alzaba ante mí, majestuoso y antiguo, construido de piedra blanca que parecía absorber la luz. En el centro, el símbolo del ave ardía grabado en el suelo, no con fuego real, sino con magia viva: pulsante, expectante.

Mi madre, la reina Thais de Alaya, estaba de pie junto al altar.

No la miré de inmediato.

Había aprendido que mirarla demasiado despertaba preguntas que no quería responder. Porque la mujer que gobernaba con puño de hierro no era la misma que, según los murmullos, alguna vez fue dulce. Y porque en sus ojos siempre había algo que no sabía si era culpa… o resignación.

—Elara Evanson —anunció la sacerdotisa—. Princesa heredera de Alaya y de todas las islas. Adelántate para ser presentada a la fuente de la magia.

Di un paso. Luego otro.

Cada uno pesaba como una sentencia.

Al llegar al círculo central, el aire cambió. Se volvió denso, caliente, casi irrespirable. Mi piel se erizó y mi marca —aún dormida— ardió bajo la tela de mi vestido.

—Extiende tus manos —ordenó la sacerdotisa.
Lo hice.

Y entonces el fuego apareció.

No surgió de golpe. Primero fue un susurro, un murmullo antiguo que se coló en mis oídos como un idioma olvidado. Luego, una chispa. Después, una llamarada que tomó forma.

El fénix emergió frente a mí.
Sus alas eran enormes, hechas de fuego dorado y carmesí. Sus ojos, dos soles antiguos que parecían haber visto el nacimiento y la muerte de mundos enteros. Cuando me miró, sentí que nada de mí podía esconderse: ni mis miedos, ni mi rabia, ni el amor que aún no sabía que existía.

Caí de rodillas.
No porque me obligara, sino porque mi cuerpo entendió antes que mi mente que estaba frente a algo que no podía desafiarse.

—Elara —resonó la voz del fénix, no en el aire, sino dentro de mí—. Hija de la ruptura y del anhelo.
Un murmullo recorrió el templo.

Tragué saliva.

No aparté la mirada.

—Naciste del alma corrompida —continuó— y del deseo desesperado de pureza. Eres contradicción. Eres herida.

Sentí cómo el fuego rodeaba mis manos, mis brazos, mi pecho. No quemaba. Dolía de otra forma: como si me arrancara capas invisibles.

—¿Aceptas la magia?
—¿Aceptas la vida que no pediste?
—¿Aceptas cargar con las consecuencias de elegir?

Pensé en el odio.
En la Academia Colver.
En los niños obligados a empuñar armas.
En mi madre… y en la bebé que fui, sostenida por brazos ajenos mientras el mundo se rompía.

—Sí —susurré.

El fuego rugió.
Mi marca apareció.
Un resplandor azul brotó de mi piel, limpio, intenso. Vitalidad. Vida pura fluyendo como un río indomable. Sentí la fuerza latir en mis venas, la capacidad de sanar, de sostener, de impedir que la muerte reclamara lo que aún no debía partir.

Pero no terminó ahí.
El color cambió.

Entre el azul surgieron destellos plateados, casi blancos, como hilos de luz que se entrelazaban con el fuego.

El templo quedó en silencio absoluto.

—Profecía —murmuró la sacerdotisa, aterrada.

El fénix inclinó la cabeza, solemne.

—Y algo más —dijo—. Algo que no debía despertarse aún.

El fuego se apagó de golpe.

Caí hacia adelante, jadeando, con el corazón desbocado y las manos temblando.

Cuando levanté la vista, mi madre me observaba.
Por primera vez… no vi dureza en sus ojos.
Vi miedo.

Y en ese instante lo supe, con una certeza que me heló la sangre y me encendió el alma al mismo tiempo:

No me odiaban solo por ser la hija de la reina.
Me odiarían porque el fénix me había elegido.
Y porque, algún día, yo tendría que decidir
qué debía vivir…
y qué debía morir.




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