Academia de Sangre y Traición

LA PRINCESA ODIADA

La princesa odiada

El odio tiene peso.
No es una palabra ligera ni un rumor que se disuelve con el viento. El odio se siente en la piel, en la forma en que las miradas se clavan como agujas, en los silencios que gritan más fuerte que los insultos.

Lo descubrí el día que regresé del Fénix.

Caminaba por los pasillos de mármol del palacio de Alaya con el pulso aún temblando, con la magia ardiendo bajo mi piel como una herida recién abierta. El eco de mis pasos era el único sonido que se atrevía a acompañarme. Los sirvientes se apartaban al verme, bajaban la cabeza con una reverencia rígida, casi forzada, como si tocaran el suelo no por respeto, sino por miedo.

—Es ella…
—La hija de Thais…
—La maldita heredera…

No necesitaban susurrar. Yo los escuchaba igual.

Apreté los puños dentro de las mangas de mi vestido negro, el mismo que mi madre había elegido para mi presentación. Sobrio, había dicho. Digno de una futura reina.
Yo solo sentía que era demasiado pesado para alguien de quince años.

Había sobrevivido al Fénix.
Eso debería haber significado algo bueno.

El Fénix no acepta a cualquiera. Nunca lo ha hecho. Hay quienes salen ilesos, quienes salen rotos… y quienes no salen en absoluto. Cuando sus llamas me rodearon, cuando su mirada antigua —más vieja que los reinos, más sabia que los dioses— se posó en mí, el mundo se quebró por un instante.

Había visto cosas.
Futuro y pasado entrelazados como sangre en el agua.
Vidas que no conocía. Muertes que aún no ocurrían.

Y aun así, el Fénix me había aceptado.

—Vitalidad y profecía —habían anunciado los sabios, con voces temblorosas—. Bendecida dos veces.

No dijeron nada del tercer poder.
Ese secreto ardía solo para mí.

Llegué al salón del trono, donde mi madre me esperaba sentada en lo alto, con la espalda recta y la corona de Alaya brillando como una promesa rota. La reina Thais no sonrió al verme. Nunca lo hacía frente a otros.

—Has cumplido —dijo, sin levantarse—. Mañana partirás a la Academia Colver.

Así. Sin felicitaciones. Sin orgullo.

—Lo sé —respondí.

Mis palabras rebotaron en el mármol, pequeñas e insignificantes.

La Academia Colver.
El lugar donde los jóvenes del reino eran convertidos en armas.
Donde el miedo se llamaba disciplina y la sangre, lealtad.

El lugar que mi madre había creado… y que yo debía sobrevivir.

—Te odiarán más ahí —añadió, como si hablara del clima—. No por mí, sino por lo que representas.

La miré entonces. A la mujer que había forjado un reino a base de órdenes y terror. A la madre que me había dado un mundo roto como herencia.

—Siempre me han odiado —dije—. No será distinto.

Por primera vez, algo parecido a la duda cruzó su mirada.

—Ten cuidado, Elara Evanson —murmuró—. Incluso la vitalidad puede agotarse.

Me giré antes de que pudiera decir algo más. Antes de que su voz me alcanzara como una cadena.

Porque lo que mi madre no sabía —o fingía no saber— era esto:

No me temían por ser su hija.
Me temían porque, sin quererlo, yo era la posibilidad de que todo cambiara.

Y en un reino construido sobre la obediencia y la sangre…
el cambio era el mayor de los pecados.




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