Academia Noctis

El camino hacia Academia Noctis

Primera parte: Los hilos invisiblesCapítulo 2El camino hacia Academia Noctis

Elara apenas durmió aquella noche.

La carta descansaba sobre la mesilla junto a su cama, pero cada vez que apartaba la vista de ella, tenía la extraña sensación de que había cambiado de lugar. Como si esperara pacientemente el momento adecuado para volver a llamar su atención.

A la mañana siguiente intentó convencerse de que todo había sido fruto del cansancio.

Sin embargo, cuando abrió la librería, la carta ya no estaba sobre la mesilla.

La encontró dentro del bolsillo de su abrigo.

No recordaba haberla guardado allí.

Respiró hondo.

—¿Qué eres...? —susurró mientras la sacaba de nuevo.

En ese instante, el sello plateado volvió a brillar.

Del borde del sobre emergió el mismo hilo dorado que había visto la noche anterior. Esta vez era más intenso, como si hubiera cobrado fuerza durante la madrugada.

El hilo atravesó la puerta de la librería y continuó calle arriba.

No parecía flotar.

Parecía señalar un camino.

Durante varios minutos, Elara luchó contra el impulso de seguirlo.

Tenía una vida sencilla. Un trabajo. Una casa. Un abuelo que la había criado desde niña.

Todo aquello era suficiente.

¿O quizá nunca lo había sido?

Al cerrar la librería esa tarde, encontró a su abuelo sentado en el viejo banco del jardín trasero. Observaba el cielo con la tranquilidad de quien lleva demasiados años esperando una despedida.

—Sabía que llegaría este día —dijo sin mirarla.

Elara sintió un escalofrío.

—¿Sabías lo de la carta?

Él sonrió con tristeza.

—No sabía cuándo. Solo que algún día vendrían a buscarte.

—¿Quiénes?

El anciano permaneció unos segundos en silencio.

—Las personas que conocieron a tus padres.

El mundo pareció detenerse.

Elara apenas conservaba recuerdos de ellos. Habían desaparecido cuando ella era muy pequeña y nadie supo explicarle qué había ocurrido.

—Siempre me dijiste que murieron...

—Eso era lo único que podía decirte.

El abuelo bajó la mirada y sacó de su bolsillo una pequeña caja de madera oscura.

—Esto debía entregártelo cuando llegara la carta.

Dentro había un colgante de plata con forma de telar. En su centro brillaba un diminuto cristal atravesado por un fino hilo dorado.

—Era de tu madre.

Elara lo sostuvo entre las manos.

Al tocarlo, el hilo de la carta vibró con intensidad.

Como si ambos objetos se reconocieran.

—¿Qué es Academia Noctis? —preguntó.

El anciano negó lentamente con la cabeza.

—No puedo responder a esa pregunta. Hay promesas que pesan más que una vida.

—¿Entonces me estás pidiendo que siga un hilo luminoso hasta un lugar del que nadie ha oído hablar?

—No.

La miró con los ojos humedecidos.

—Te estoy pidiendo que descubras quién eres realmente.

Elara comprendió que no obtendría más respuestas.

Aquella misma noche preparó una pequeña maleta.

Un par de mudas.

Su cuaderno de notas.

Una vieja pluma.

Y el colgante de plata.

Antes del amanecer salió de casa sin hacer ruido.

El hilo dorado la esperaba frente a la puerta.

Avanzaba lentamente entre las calles aún vacías del pueblo, cruzó el antiguo puente de piedra y se internó en un bosque que Elara jamás había visto, aunque siempre había creído conocer aquellos caminos.

Los árboles crecían tan altos que ocultaban el cielo.

La niebla cubría el suelo como un río silencioso.

Cuanto más avanzaba, más extraña se volvía la realidad.

Los pájaros dejaron de cantar.

El viento parecía cambiar de dirección a cada paso.

Algunas ramas se apartaban antes de que ella pudiera tocarlas, como si el bosque supiera que estaba destinada a atravesarlo.

Tras horas de caminata, llegó a un claro.

En el centro había un arco de piedra cubierto de enredaderas plateadas.

No existía ningún muro.

Ninguna puerta.

Solo el arco.

El hilo dorado se detuvo justo delante.

Entonces comenzó a entrelazarse consigo mismo.

Un hilo.

Luego otro.

Y otro más.

En apenas unos segundos, cientos de filamentos luminosos formaron un inmenso tapiz suspendido en el aire.

Las hebras brillaban con miles de colores, moviéndose como si estuvieran vivas.

Cada una mostraba fugaces imágenes: un niño riendo, una anciana abrazando a su nieta, una pareja despidiéndose en un puerto, una corona cayendo al suelo, una ciudad naciendo entre montañas.

Eran vidas.

Destinos.

Historias entrelazadas.

Elara permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada.

Una voz serena resonó al otro lado del tapiz.

—Solo quienes son capaces de ver los hilos pueden cruzar.

El tejido comenzó a abrirse lentamente, revelando una inmensa avenida de piedra blanca iluminada por faroles de cristal.

A lo lejos, entre montañas cubiertas por la niebla y torres de estilo gótico bañadas por la luz del amanecer, se alzaba una academia de una belleza imposible.

No parecía construida.

Parecía tejida.

Sobre el gran portón podía leerse una única inscripción, grabada en plata:

ACADEMIA NOCTIS

Donde el destino no se adivina... se crea.

Elara dio un paso al frente.

Y el mundo que había conocido quedó atrás.




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