Academia Noctis

Donde nacen los Tejedores.

Primera parte: Los hilos invisiblesCapítulo 3Donde nacen los Tejedores

El gran portón de hierro se abrió sin que nadie lo tocara.

No emitió un solo chirrido.

Sus hojas se deslizaron con una elegancia solemne, como si hubieran estado aguardando ese instante durante siglos.

Elara cruzó el umbral con el corazón acelerado.

Apenas dio unos pasos, sintió que el aire cambiaba. Era más ligero, impregnado del aroma de los cipreses, la lavanda y los viejos libros. La niebla que cubría el exterior desapareció poco a poco, revelando un lugar tan hermoso como imposible.

Academia Noctis.

No era un castillo oscuro ni una fortaleza amenazante.

Era un inmenso conjunto de edificios de piedra blanca y gris plateada, unidos por galerías de arcos ojivales, patios silenciosos y puentes suspendidos sobre jardines donde crecían flores que parecían brillar bajo la luz del sol.

Altas torres se alzaban hacia el cielo, coronadas por relojes astronómicos cuyos mecanismos giraban lentamente.

En los ventanales de cristal emplomado se reflejaban miles de destellos dorados.

Al principio creyó que eran rayos de luz.

Después comprendió que eran los Hilos del Destino.

Miles.

Millones de ellos.

Atravesaban el cielo como delicadas constelaciones vivas, descendiendo hasta cada persona, árbol, piedra y edificio.

Todo estaba unido.

Todo pertenecía al mismo inmenso tejido.

—Es hermoso... —susurró.

—Y extremadamente frágil.

La voz provenía de un joven que permanecía apoyado contra una columna de mármol.

Vestía el uniforme de la academia: una chaqueta azul noche con bordados plateados que imitaban constelaciones, camisa blanca, pantalón oscuro y una capa ligera sujeta por un broche con forma de telar.

Su cabello era negro como la tinta y sus ojos tenían un extraño tono gris azulado, como un cielo antes de una tormenta.

Sonrió con naturalidad.

—Supongo que tú eres Elara.

Ella dio un pequeño paso atrás.

—¿Cómo sabes mi nombre?

—Porque llevamos una semana esperándote.

—¿Una semana?

—Aquí el tiempo tiene la mala costumbre de comportarse de forma diferente.

El muchacho se acercó despacio y realizó una elegante inclinación de cabeza.

—Soy Caelan Ardent. Alumno del último curso... y uno de los encargados de recibir a los nuevos Tejedores.

Elara estrechó su mano.

En el instante en que sus dedos se rozaron, ambos vieron lo mismo.

Un hilo dorado apareció entre ellos.

No era como los demás.

Brillaba con una intensidad imposible.

Caelan retiró la mano de inmediato.

Su expresión cambió.

Por primera vez parecía realmente sorprendido.

—Eso... no debería haber ocurrido.

—¿Qué significa?

Él tardó unos segundos en responder.

—No lo sé.

Y aquella respuesta parecía preocuparle más que cualquier otra.

Mientras caminaban por los pasillos, Elara no podía dejar de observar la academia.

Las paredes estaban cubiertas por antiguos tapices donde aparecían personas tejiendo inmensas redes de luz.

Las escaleras cambiaban discretamente de dirección cuando nadie las miraba.

Las lámparas no tenían fuego.

Brillaban gracias a pequeños hilos suspendidos en su interior.

Los alumnos recorrían los corredores con tranquilidad.

Algunos movían apenas los dedos mientras finos hilos luminosos danzaban alrededor de ellos formando figuras geométricas.

Otros parecían concentrados en seguir un único hilo que desaparecía tras una puerta o descendía por una escalera.

Nadie levantaba la voz.

Todo transmitía calma.

Disciplina.

Respeto.

Como si cada movimiento pudiera alterar el delicado equilibrio del lugar.

Finalmente llegaron a una inmensa sala circular.

Su techo era una cúpula transparente desde la que podían verse las estrellas... aunque todavía era de día.

En el centro flotaba un gigantesco telar construido con un metal plateado que Elara jamás había visto.

No había manos moviéndolo.

Los propios hilos se entrelazaban solos, creando un tejido vivo que cambiaba a cada instante.

Alrededor del telar aguardaban decenas de jóvenes.

Todos vestían el mismo uniforme.

Todos guardaban silencio.

Una mujer de cabello blanco recogido en una larga trenza descendió lentamente por una escalera de piedra.

Su porte imponía respeto sin necesidad de pronunciar una sola palabra.

Llevaba una túnica color marfil bordada con finísimos hilos de plata.

Cuando llegó junto al telar, todo el salón quedó completamente inmóvil.

—Bienvenidos a Academia Noctis.

Su voz era serena, pero llenaba cada rincón de la estancia.

—Mi nombre es Lyria Edevane.

Soy la Rectora de esta Academia y la Guardiana del Gran Telar.

Su mirada recorrió a los nuevos estudiantes hasta detenerse en Elara durante apenas un instante.

Fue suficiente para que la joven sintiera un escalofrío.

Como si aquella mujer pudiera leer cada uno de sus pensamientos.

—Muchos creéis haber venido aquí para aprender a controlar vuestro don.

Os equivocaríais.

Aquí aprenderéis algo mucho más importante.

Aprenderéis cuándo no utilizarlo.

El silencio se volvió aún más profundo.

—Los Hilos del Destino no pertenecen a los Tejedores.

Nosotros solo somos sus guardianes.

Jamás olvidéis esta verdad.

Porque la ambición ha destruido imperios...

Pero alterar un solo hilo puede destruir el mundo entero.

En ese mismo instante, el Gran Telar emitió un leve resplandor.

Uno de sus hilos dorados vibró con fuerza.

Después otro.

Y otro más.

Todos comenzaron a moverse en dirección a Elara.

Los presentes observaron la escena sin comprender lo que estaba ocurriendo.

La Rectora frunció el ceño por primera vez.

Aquello no había sucedido nunca.




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