Academia Noctis

La ceremonia del Primer hilo

Capítulo 4La ceremonia del Primer Hilo

La noticia se extendió por la academia antes de que terminara el día.

El Gran Telar había reaccionado ante una alumna.

No era un rumor.

Decenas de estudiantes lo habían presenciado.

Los pasillos, normalmente silenciosos, se llenaron de miradas discretas y conversaciones en voz baja cada vez que Elara pasaba junto a ellos.

Ella, sin embargo, solo deseaba entender qué estaba ocurriendo.

Aquella noche, el sonido de una campana grave resonó siete veces por toda la Academia Noctis.

Todos los alumnos abandonaron sus habitaciones y caminaron en silencio hacia el Patio de las Constelaciones.

Elara siguió a Caelan entre corredores iluminados por faroles de cristal.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

—La Ceremonia del Primer Hilo.

—¿Es para los nuevos alumnos?

—Sí. Es el momento en que el Gran Telar reconoce oficialmente a cada Tejedor.

—¿Y si no lo hace?

Caelan la miró unos segundos antes de responder.

—Nunca ha ocurrido.

Aquellas palabras no lograron tranquilizarla.

El Patio de las Constelaciones era un inmenso jardín circular rodeado por columnas de mármol blanco.

En el centro había un lago completamente inmóvil cuya superficie reflejaba un cielo lleno de estrellas, aunque la luna permanecía oculta tras las nubes.

Alrededor del agua se encontraban todos los profesores y estudiantes.

La rectora Lyria Edevane ocupaba el centro del círculo.

A su lado descansaba un pequeño bastidor de plata, tan delicadamente tallado que parecía una obra de arte.

—Acercaos.

Los nuevos alumnos obedecieron.

Eran doce.

Doce jóvenes llegados desde distintos lugares del mundo, unidos por un mismo don.

Lyria comenzó a hablar.

—Cada vida nace unida al Gran Tapiz.

Cada decisión fortalece un hilo.

Cada elección puede entrelazar destinos... o separarlos para siempre.

Por eso, antes de aprender a tejer, debéis conocer vuestro Primer Hilo.

La rectora levantó una pequeña aguja de cristal.

No tenía punta metálica.

Parecía estar hecha de luz sólida.

—Cuando pronunciemos vuestro nombre, colocaréis vuestra mano sobre el bastidor.

El Telar decidirá.

Uno a uno, los alumnos fueron avanzando.

Cada vez que una mano tocaba la madera plateada, aparecía un hilo diferente.

Azules.

Verdes.

Plateados.

Algunos brillaban con intensidad.

Otros eran casi transparentes.

Cada color despertaba murmullos entre los profesores.

—Hilo del Conocimiento.

—Hilo de la Memoria.

—Hilo del Valor.

—Hilo de la Compasión...

Elara comprendió que cada Tejedor nacía con una afinidad distinta.

Cuando llegó su turno, el silencio cayó sobre el patio.

—Elara.

Respiró profundamente y avanzó.

Al posar la mano sobre el bastidor no ocurrió nada.

Durante varios segundos, el objeto permaneció inmóvil.

Algunos estudiantes comenzaron a intercambiar miradas.

Entonces el agua del lago empezó a vibrar.

No era el bastidor.

Era el propio lago el que reaccionaba.

Una luz dorada ascendió desde las profundidades y envolvió lentamente la mano de Elara.

El bastidor crujió.

No por romperse.

Sino porque algo dentro de él parecía despertar.

Un hilo apareció.

Después otro.

Y otro.

No eran uno.

Ni dos.

Decenas de hilos comenzaron a surgir del bastidor.

Dorados.

Plateados.

Azules.

Escarlatas.

Verdes.

Cada uno representaba una afinidad distinta.

Los profesores retrocedieron.

Aquello era imposible.

Ningún Tejedor podía estar vinculado a todos los hilos.

De pronto, todos comenzaron a unirse.

Los colores desaparecieron hasta formar un único hilo.

Completamente blanco.

Tan brillante que obligó a todos a cubrirse los ojos.

El lago reflejó una imagen fugaz.

Una figura encapuchada tejía un inmenso tapiz mientras miles de estrellas descendían del cielo.

Después la visión desapareció.

El hilo blanco se deshizo en incontables partículas de luz.

El bastidor quedó completamente vacío.

Nunca había registrado nada semejante.

La rectora permanecía inmóvil.

Su serenidad habitual había desaparecido.

Observaba a Elara como quien contempla un recuerdo que jamás quiso volver a encontrar.

—¿Qué significa? —preguntó uno de los profesores.

Lyria tardó unos instantes en responder.

—No lo sé...

Pero en realidad sí lo sabía.

Su expresión la había delatado.

Caelan también lo comprendió.

Había miedo en los ojos de la mujer más poderosa de Academia Noctis.

Y eso era mucho más inquietante que cualquier respuesta.

Cuando la ceremonia terminó, los estudiantes regresaron lentamente a sus residencias.

Nadie hablaba.

Nadie se atrevía siquiera a mirar a Elara durante demasiado tiempo.

Solo Caelan caminó a su lado.

—Creo que acabas de romper varias reglas... sin saber siquiera cuáles eran.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Empiezo a pensar que soy un problema.

—No.

Caelan levantó la vista hacia el cielo.

Los hilos del destino seguían brillando sobre la academia.

Pero uno de ellos, muy por encima de todos los demás, acababa de cambiar de dirección.

—Creo que eres el comienzo de algo que llevaba siglos esperando suceder.

A lo lejos, oculto entre las sombras de la torre más alta de la academia, alguien observaba la escena.

Una figura cubierta por una larga capa oscura.

En su mano sostenía unas pequeñas tijeras de plata antigua.

Con un movimiento lento y preciso, acercó las hojas a uno de los hilos luminosos que cruzaban el cielo.

Sin llegar a cortarlo.

Solo rozándolo.

Y sonrió.

—Por fin has llegado...

La partida acaba de comenzar.




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