La mañana siguiente amaneció envuelta en una ligera neblina plateada.
Desde la ventana de su habitación, Elara contempló cómo los primeros rayos del sol atravesaban los jardines de Academia Noctis. Los Hilos del Destino brillaban sobre los árboles como finas hebras de cristal suspendidas en el aire. Parecían moverse al ritmo de una melodía silenciosa que solo unos pocos podían percibir.
No había dejado de pensar en la ceremonia de la noche anterior.
El hilo blanco.
La visión.
La reacción de la rectora.
Y aquella misteriosa figura escondida en la torre.
Todo indicaba que había llegado a la academia por una razón que nadie quería revelar.
Un suave golpe en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—¿Lista para tu primera clase? —preguntó Caelan con una sonrisa.
Elara tomó su cuaderno y salió al pasillo.
—¿Qué vamos a aprender hoy?
—La asignatura más importante de toda la academia.
—¿Tejer destinos?
Caelan negó con la cabeza.
—Conocerlos.
Caminaron durante varios minutos atravesando galerías cubiertas por altos ventanales. A medida que descendían por una escalera de caracol, el aire se volvía más fresco y el silencio más profundo.
Finalmente llegaron ante dos inmensas puertas de madera negra.
No tenían cerradura.
Solo un relieve tallado representando un árbol cuyas ramas estaban formadas por miles de hilos entrelazados.
Cuando Caelan apoyó la mano sobre el tronco, las puertas comenzaron a abrirse lentamente.
Elara contuvo la respiración.
Jamás había imaginado un lugar semejante.
La biblioteca era inmensa.
Estanterías de mármol blanco ascendían hasta perderse entre las sombras de una bóveda abovedada donde flotaban pequeñas luces doradas.
Puentes suspendidos comunicaban los distintos niveles.
Escaleras móviles recorrían las paredes sin necesidad de raíles.
Miles de libros llenaban los anaqueles, algunos encuadernados en cuero, otros con cubiertas metálicas o cristalinas que cambiaban de color al ser observadas.
Pero lo más extraordinario no eran los libros.
Entre las estanterías flotaban cientos de hilos luminosos.
Entraban y salían de los volúmenes como si cada historia estuviera unida a un destino diferente.
—Bienvenida a la Biblioteca de los Mil Destinos —dijo Caelan.
—¿Todos estos libros hablan del futuro?
—No exactamente.
Una voz grave respondió antes de que él pudiera continuar.
—Hablan de las posibilidades.
Frente a ellos apareció un anciano de barba plateada y ojos tan claros que parecían hechos de hielo.
Vestía una larga túnica azul oscuro cubierta de símbolos bordados con hilo de plata.
Llevaba un manojo de llaves antiguas colgado del cinturón.
—Soy Maese Orion.
Custodio de esta biblioteca desde hace cuarenta y ocho años.
Inclinó ligeramente la cabeza.
—Es un placer conocerte, Elara.
Ella sonrió con cortesía.
—¿Cómo sabe quién soy?
Orion soltó una leve carcajada.
—Después de lo ocurrido anoche, creo que toda la academia conoce tu nombre.
Mientras caminaban entre los interminables pasillos, el anciano iba señalando diferentes secciones.
—Aquí se guardan las Biografías del Destino.
Libros que narran la vida completa de una persona... hasta el instante presente.
Más adelante se encuentran las Crónicas de los Reinos.
Y en el ala oriental conservamos los Libros de las Posibilidades.
Elara frunció el ceño.
—¿Posibilidades?
—Cada decisión crea nuevos caminos.
Algunos desaparecen.
Otros se fortalecen.
Nosotros registramos todos aquellos que podrían llegar a existir.
Llegaron entonces a una sala circular mucho más pequeña.
En el centro descansaba un único libro sobre un pedestal de piedra blanca.
Su cubierta era completamente lisa.
Sin título.
Sin adornos.
Solo un fino hilo plateado atravesaba el lomo.
—Ese libro permanece vacío —explicó Orion—. Espera al Tejedor capaz de escribir una historia que todavía no existe.
Elara sintió una extraña atracción.
Se acercó lentamente.
—¿Puedo verlo?
El anciano dudó.
—Jamás nadie ha conseguido abrirlo.
Ella extendió la mano.
En cuanto sus dedos rozaron la cubierta, el hilo plateado comenzó a brillar.
El libro se abrió por sí solo.
Las páginas pasaron una tras otra impulsadas por un viento invisible.
No había palabras.
Solo dibujos de miles de hilos entrecruzándose.
De repente, las hojas se detuvieron.
Una única frase apareció lentamente, escrita con tinta dorada.
"La Tejedora ha regresado."
El silencio invadió la sala.
Orion palideció.
Caelan permaneció inmóvil.
Antes de que Elara pudiera reaccionar, la tinta desapareció.
Las páginas volvieron a quedar completamente en blanco.
El libro se cerró con un golpe seco.
Como si nada hubiera ocurrido.
Aquella misma noche, en lo más profundo de la Torre del Consejo, la rectora Lyria observaba un antiguo mapa formado por hilos de plata.
Uno de ellos acababa de iluminarse con una intensidad desconocida.
Sin apartar la vista del mapa, habló con voz baja.
—Ya no hay marcha atrás.
Una segunda figura emergió de las sombras.
Era el anciano Orion.
—El Libro Vacío ha despertado.
Lyria cerró los ojos.
—Entonces la antigua profecía era cierta.
—¿Se lo diremos?
La rectora negó lentamente.
—Todavía no.
Porque si Elara descubre demasiado pronto quién fue la primera Tejedora...
También descubrirá quién intentó borrar su existencia.