Academia Noctis

El aula de los Telares

Capítulo 6

El rumor sobre el Libro Vacío recorrió la academia con la misma rapidez que el viento atraviesa un bosque.

Aunque nadie se atrevía a mencionarlo delante de Elara, las miradas hablaban por sí solas.

Curiosidad.

Desconfianza.

Y, en algunos casos, miedo.

Aquella mañana, una campana de sonido cristalino anunció el inicio de una nueva asignatura.

Los alumnos caminaron hasta el Ala Oriental, una zona de la academia donde Elara todavía no había estado.

El edificio era diferente al resto.

Sus muros estaban cubiertos por enredaderas plateadas y enormes ventanales dejaban entrar una luz cálida que iluminaba el polvo suspendido en el aire.

Sobre la puerta principal podía leerse una inscripción grabada en mármol blanco.

"Todo destino comienza con una elección."

—Esta es el Aula de los Telares —explicó Caelan—. Aquí aprenderás a sentir los hilos antes de intentar comprenderlos.

El interior era tan sorprendente como el resto de la academia.

No había pupitres.

Ni pizarras.

La sala era completamente circular y, en el centro, doce telares de cristal flotaban unos centímetros sobre el suelo.

Cada uno estaba construido con un material transparente que reflejaba la luz como si estuviera hecho de hielo.

Del techo descendían cientos de finísimos hilos luminosos.

Ninguno tocaba el suelo.

Esperaban.

Como si supieran que pronto serían utilizados.

Una mujer alta, de cabello cobrizo recogido en un elegante moño y ojos verdes como la esmeralda, aguardaba junto al primer telar.

Vestía una túnica gris perla adornada con delicados bordados dorados.

Su presencia transmitía serenidad.

—Buenos días.

Soy la profesora Seraphine Valen.

Durante los próximos años aprenderéis conmigo el lenguaje de los hilos.

No basta con verlos.

Hay que escucharlos.

Los alumnos intercambiaron miradas de desconcierto.

Seraphine sonrió.

—Sí.

Los hilos hablan.

Solo que aún no conocéis su idioma.

La profesora levantó una mano.

Uno de los telares comenzó a girar lentamente.

Un hilo azul descendió del techo y quedó suspendido frente a ella.

—Este pertenece a un niño que, dentro de tres días, deberá tomar una decisión importante.

El hilo vibró con suavidad.

—¿Qué ocurrirá? —preguntó una alumna.

—No lo sabemos.

Los Tejedores jamás ven el resultado.

Solo perciben las posibilidades.

Porque el destino nunca está completamente escrito.

Seraphine dejó que el hilo desapareciera.

—La primera lección consiste en observar sin intervenir.

Esa será siempre vuestra mayor responsabilidad.

Uno a uno, los estudiantes ocuparon un telar.

Cuando llegó el turno de Elara, ocurrió algo inesperado.

No descendió un solo hilo.

Bajaron cinco.

Uno dorado.

Uno plateado.

Uno azul profundo.

Uno rojo intenso.

Y uno completamente negro.

Los cinco comenzaron a girar lentamente alrededor de ella.

La sala quedó en silencio.

Seraphine frunció el ceño.

—Eso no debería suceder...

La profesora se acercó despacio.

Nunca había visto un alumno conectado a varios hilos al mismo tiempo.

Mucho menos a uno negro.

—No los toques —ordenó con calma.

Pero era demasiado tarde.

Uno de los hilos dorados rozó la mano de Elara.

Y el aula desapareció.

Durante un instante, dejó de ver la academia.

Se encontraba en otro lugar.

Una enorme sala iluminada por miles de velas.

En el centro se alzaba un telar gigantesco, mucho más antiguo que el Gran Telar de Noctis.

Frente a él trabajaba una mujer envuelta en una capa blanca.

Sus manos se movían con una rapidez imposible mientras entrelazaba cientos de hilos luminosos.

No parecía estar creando un destino.

Parecía sosteniendo el mundo entero.

De pronto, la mujer levantó la cabeza.

Aunque su rostro permanecía oculto bajo la capucha, Elara sintió que la estaba mirando directamente.

—Llegas más tarde de lo esperado...

La voz era dulce.

Melancólica.

Como la de alguien que llevaba siglos esperando una respuesta.

Entonces ocurrió.

Unas manos surgieron desde la oscuridad.

Empuñaban unas pequeñas tijeras de plata.

Las mismas que Elara había visto en la torre.

Las hojas comenzaron a cerrarse sobre uno de los hilos dorados.

La mujer del telar gritó.

El sonido atravesó el pecho de Elara como un golpe.

Antes de que pudiera acercarse, la visión se hizo añicos.

Despertó tendida sobre el suelo del aula.

Todos los alumnos la rodeaban.

Caelan estaba arrodillado junto a ella.

—¿Estás bien?

Elara respiraba con dificultad.

—Lo vi...

—¿Qué viste?

Ella dudó.

Aún podía escuchar el eco del grito.

—Alguien intenta cortar los hilos...

La profesora Seraphine intercambió una mirada preocupada con Caelan.

—No.

Corrigió con voz muy baja.

—Alguien ya empezó a hacerlo hace mucho tiempo.

Cuando terminó la clase, Seraphine pidió a Elara que permaneciera unos minutos más.

Esperó a que todos abandonaran el aula.

Después cerró lentamente las puertas.

—Quiero hacerte una pregunta.

Elara asintió.

—Cuando tocaste el hilo...

¿Viste a una mujer junto a un telar?

Elara sintió un escalofrío.

—Sí.

La profesora guardó silencio.

Su rostro perdió toda expresión.

—Entonces debes prometerme algo.

—¿Qué cosa?

Seraphine caminó hasta una de las ventanas desde donde podían verse los jardines de Noctis.

—Si esa mujer vuelve a hablarte...

No le respondas.

Porque nadie sabe si intenta salvar el destino...

O terminar de destruirlo.




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