Me remuevo sobre mi cama.
Hay una luz y un molesto ruido que me aturde.
Siento mi cabeza palpitando del dolor, y mis ojos tan pesados al intentar abrirlos.
Mi mente esta un poco confusa, y mis recuerdos un poco borrosos.
Mis ojos se abren ligeramente y vuelven a cerrarse.
De repente, todo viene a mi mente. La cosa extraña persiguiendome, mi inminente muerte, el bosque oscuro y profundo, mi brazo ensangrentado, esa mano fría en mi mejilla y esos cálidos ojos marrones viéndome y susurrando que me quedara tranquila.
Mi cuerpo parece recibir una extraña descarga de adrenalina, y mis ojos se abren completamente, me siento y viendo a mi alrededor como loca noto que estoy en una habitación que definitivamente no es la mía.
Parece una habitación antigua, pero reformada. Las paredes siguen siendo de un acabado rústico que parece piedra y los colores del resto de la habitación son muy neutrales haciendo juego con éstas. Hay un sofá pegado a un ventanal, un escritorio y un pequeño armario.
Yo estoy acostada en una cama enorme ubicada en el centro del lugar, con sábanas limpias y extrañamente suaves y cómodas.
Quito la sábana que me cubre y examino mi cuerpo. Tengo un pantalón de pijama, de color gris. Y una camisa del mismo color.
¿Quién carajos me cambio de ropa?, espera, MI BRAZO.
Alzo mi brazo derecho, que fue el que me razgo la cosa rara, y lo toco extrañada. Porque donde antes había una asquerosa y enorme lesión con piel y sangre, ahora hay una larga y muy curada cicatriz.
—Que carajos. —susurro.
¿Cuánto tiempo llevo aquí?
¿Y donde carajo estoy?
Tengo que levantarme y salir de aquí corriendo. Inmediatamente.
Me levanto rápidamente de la cama y camino hacia la puerta de madera, en otro momento me pararía a admirar toda la habitación, pero ahora, tengo que ir a mi casa.
Pongo mi mano en la perilla de la puerta y cuando estoy a punto de girarla, esta se abre de golpe. Por suerte alcancé a quitarme.
Y quedo frente a frente de un hombre. De mi altura, de cabello profundamente negro y ligeramente largo agarrado hacia atrás, unos mechones resbalan cayendo alrededor de su rostro, de tez morena que parece que brilla y ojos... marrones. Los mismos ojos que vi justo antes de desmayarme.
—Despertaste. —Dice, sin moverse un centímetro, en tal caso, su nariz rozaria con la mía. Su voz es fuerte, un poco grave. Pero me da una extraña sensación de confianza.
Detrás de él hay otro hombre, pálido, de cabello oscuro y ojos un poco claros, no alcanzo a notar su color. Pero si noto que me observa con un poco de aburrimiento.
Doy varios pasos atrás, siento muchos nervios, pero intento buscar toda la valentía de mi cuerpo para no demostrarlo.
—¿Donde estoy? ¿Quienes son ustedes y porque me secuestraron? —suelto con apuro.
Hago un puño con mi mano derecha. Recuerdo como me enseñó mi padre a acomodar los dedos para poder golpear a alguien sin fracturarme los dedos.
—Nadie te secuestro. —Dice el chico que esta atrás del ojos marrones de manera burlona.
El hombre de ojos marrones da un paso hacia el frente, y al notar que yo doy dos pasos atrás con desconfianza, el alza ambas manos, mostrándome éstas.
—Tranquila. Solo queremos ayudarte. —Me dice con calma.
Y me enoja que esas palabras por alguna razón me parecen honestas e internamente me calmo un poco.
—¿Dónde estoy?
Sigo viéndolos a ambos sin moverme de mi lugar.
Honestamente si son unos locos ninguno parece querer hacerme algo hasta el momento. Pero jamás está de más desconfiar de alguien.
—Estamos en la Academia Ātmā. Nosotros te salvamos la otra noche de un deshonrado. Estuviste a punto de morir, por suerte estábamos patrullando y llegamos a tiempo al escuchar tu grito. —En cada frase se acerca un paso más a mi, sin bajar sus manos aún. —Por suerte un brujo de sanación pudo curar la herida de tu brazo, lamentablemente fue muy fuerte y quedó una cicatriz.
—Las cicatrices son sexys. —Murmura el pálido detrás de él. Parece un poco divertido con mi desconfianza.
—Anir. —Suelta con un poco de molestia el de ojos marrones.
En cambio yo, no puedo creer lo que estoy escuchando.
Intento respirar con calma. Si antes los nervios estaban invadiendo mi cuerpo, ahora lo hace el pánico.
—¿Ātmā? ¿Un deshonrado? ¿Que carajos es eso? —una risa sale de mi boca. Pero son los nervios y el pánico presentándose sobre todas las emociones que me invaden. —¿UN BRUJO SANADOR?
Para este punto suelto la pregunta un poco alta, y lo que antes eran risas se convierten en carcajadas.
La cara de los dos hombres frente a mi, se torna todo un poema.
El pálido parece aunque más divertido, extrañamente preocupado. Y el de ojos marrones se ve descolocado, como cuando no sabes que hacer.
—¿Cómo te llamas? ¿Vienes de alguna otra academia? —Me pregunta ojos marrones.
Al fin bajó sus manos, y se acercó un poco más.
—Me llamó Karani. Y no se de que academia hablas —Le digo volteando a verlo. —¿Cómo dijiste que se llama esta institución psiquiátrica?
El pálido suelta una carcajada.
—No estás en una institución psiquiátrica, dulzura. —Me asegura con diversión.
En que otro lugar me podrían hablar de un BRUJO SANADOR entonces.
—Si no perteneces a ninguna academia entonces no comprendo como pudiste entrar a Naraka —El de ojos marrones parece profundamente confundido, y parece susurrar lo último para si mismo, pero alcanzo a escuchar.
—¿Naraka? —Repito.
Okey, ellos me deben estar jodiendo. Suena fácilmente a una institución psiquiátrica.
—Parece que vas a estar ocupado por un rato, hermano. —Dice el pálido, viendo a ojos marrones. —Ridan me estaba llamando. Hubo otro ataque, y quiere que vaya a investigar.
—¿Quién es Ridan? ¿El encargado del instituto?—Pregunto. Y ambos me ignoran épicamente.
—Esta bien. Yo me encargo aquí. —Le responde con calma.
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Editado: 28.07.2026