Las gotas de la lluvia golpeaban las ventanas de un vehículo mientras los neumáticos se encontraban cubiertos por el barro; el aullido de los lobos y el sonido de los truenos erizaban la piel. La carretera estaba medianamente deslumbrada por los escasos focos titilantes y las hojas de los árboles sonaban por la brisa.
Nuestra historia comienza con un muchacho al volante. A ambos lados dela desconocida carretera se alzaban unas largas rejas y entre sus barrotes se divisaban unas colinas de casas con las luces apagadas. El vehículo seguía rodando; parecía no tener fin. El chico intentaba alcanzar un frasco de pastillas para calmar sus nervios cuando, de repente, un relámpago lo cegó. El suelo, mágicamente, se transformó en césped y empezaron a aparecer incontables árboles.
El chico movía el volante con desesperación, preguntándose qué había sucedido mientras las ramas de los árboles golpeaban el parabrisas. A lo lejos, divisó una roca gigantesca. Intentó frenar, pero el mecanismo no respondió y, sin poder evitarlo, chocó contra la piedra. El vehículo volcó con un estruendo brutal, deslizándose sobre la desagradable textura del barro hasta detenerse. El muchacho abrió la guantera para sacar una linterna y un tubo metálico, y comenzó a patear la ventanilla hasta salir; la oscuridad y la torrencial lluvia le nublaban la vista. De pronto, un sonido extraño resonó a su espalda. Se giró velozmente en esa dirección a la vez que encendía la linterna, pero la luz solo enseñaba más árboles. El chico corrió a esconderse detrás de un tronco. Desde allí, observó de reojo un portón de hierro cuyas dos mitades se abrían como alas. Al percatarse de que no había nadie merodeando, avanzó hacia allí y empujó las rejas que estaban entreabiertas. En ese instante, un nuevo rayo iluminó el lugar, revelando ante él una arquitectura imponente.
Frente a él estaba aquel palacio que le había mencionado su hermano. Era gigantesco y hermoso, de color blanco platino, con tres niveles de balcones y ventanas. En el primer piso se observaba una estrecha terraza y, en la parte superior del edificio, un reloj cuyas manecillas apuntaban a las tres de la mañana. En el medio del patio central se erigía una fuente escultural. Sobre el tejado ondeaba una bandera de color carmesí con el emblema de un águila de alas desplegadas; en la parte inferior, entre las garras del ave, se cruzaban dos espadas con las puntas hacia arriba. En el lado izquierdo del patio se encontraba un árbol en el cual dos serpientes enroscadas dormían junto a unas cabezas de pescado que colgaban de los troncos.
Giró la mirada hacia la derecha para observar, a lo lejos, las cordilleras cubiertas por una espesa neblina y los relámpagos las iluminaban deforma intermitente, dándoles un aspecto escalofriante. El chico continuó caminando, pero de pronto desvió la vista hacia la izquierda y redujo el paso con expresión confusa. Allí, en la distancia, estaba una figura colosal y extraña: un espiral azul con la forma de un caracol. Al detenerse frente a las grandes puertas, divisó a la izquierda un cartel de madera clavado en la hierba y empapado por la lluvia. Un nuevo rayo iluminó el letrero, revelando el nombre de "Acalúria". Las manos le temblaban, pero su mente le insistía en que no se dejara vencer por el miedo. Armándose de valor, comenzó a empujar las puertas con la yema de los dedos, dejando que una intensa luz dorada se filtrara entre las rendijas antes de decidirse a entrar.
Estaba boquiabierto, mirando de arriba a abajo de manera minuciosa como era internamente ese palacio, sintiéndose en un paraíso. Del lado izquierdo estaba una escalera de imperial color crema, junto a dos puertas de color blanco en ambas alas. La escalinata tenía una alfombra larga de color vino tinto la cual se notaba impecable, dando una intuitiva evidencia que la lavaban a diario. Las ventanas eran de dos aberturas verticales en forma arco, y en ellas se observaba la lluvia correr por los cristales. Él se acercó para observar a través de ellas, posando su mano abierta sobre la ventana helada, percatándose que no estaba soñando, alejándose para continuar con la búsqueda de su hermano.
En esa sala había diversos cuadros colgados de distintos tamaños, dos gigantescos muebles color vino tinto en el lado izquierdo junto a la mesa repleta de incontables libros. Decidió chequear aquellos libros, pero ninguno de esos autores los conocía o había escuchado de ellos, tenían nombres extraños. Las lámparas de techos eran en forma de araña y bañadas en oro; esas lámparas lo transportaban a un cuento de hadas.
En el lado derecho estaba la entrada de un pasillo delgado y largo. Él caminaba con sigilo por ese pasillo, observando precavido a medida que se acercaba al vestíbulo. Las gotas del agua le bajaban por el cuello y el frío hacía que su piel se erizara. Llegó al otro gigantesco salón, era mucho más grande que el anterior, allí podrían estar muchas personas y aun así habría espacio. Había echado un vistazo al tejado, puntiagudo y de cristal, mirando los rayos iluminar el cielo estrellado. Enfrente estaba otra escalera imperial, observando que arriba estaba una entrada en forma de arco y que lo conduciría a un corredor. Se acercó a la puerta del lado izquierdo y esta estaba cerrada por un candado, luego detalló la segunda del lado derecho, observando que igualmente estaba cerrada, pero tenía un anuncio superior que decía "Cocina". El chico decidió investigar el primer nivel, subiendo la escalinata, detallando las puertas en ambas direcciones, observando que cada una tenía un número asignado, sin sentir la curiosidad de averiguar que habría adentro. Estaba exhausto, pensando inmediatamente que en ese piso no hallaría a su hermano. Al llegar al final de ese corredor, se había encontrado con otra escalera imperial que, por lo que marcaba el número superior en relieve, lo conduciría al segundo piso.
Comenzó a subir la escalinata, con el corazón acelerado, deteniéndose en uno de los escalones, deteniéndose y soltando un suspiro de frustración. Había otro corredor, y este también estaba repleto de más puertas, así que decidió voltearse a la escalera imperial que lo llevaría al tercer y último nivel. El muchacho había colocado su pie en el tramo del tercer piso, hasta que, de pronto, comenzó a surgir el sonido de una melodía. Él comenzó a correr velozmente hacia el primer piso, percatándose que la melodía venía del vestíbulo. El sonido había cesado en medio del corredor, y de repente, su mirada se giró hacia la puerta que marcaba el número cuarenta y cinco. En la rendija inferior estaba saliendo una luz, él había alzado el tubo, tomándolo con ambas manos y colocándose en posición de defensa, caminando con pasos temerosos hacia la puerta, extendiendo su mano hacia la manija, tomándola y comenzando a girarla lentamente. Una vez más, estaba sonando de nuevo aquella melodía placentera; el sonido de un piano. Corrió en dirección, bajando la escalinata y escuchando que el sonido venía de la puerta del lado izquierdo, observando que no estaba el candado hasta patearla.
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Editado: 31.07.2026