Aciago Relatos de Horror

El silencio roto

La llovizna fría se aferraba a la cota de malla de Sir Alaric como un sudario helado, una caricia traicionera después de los soles abrasadores de Oriente. Su caballo, un corcel curtido en mil caminos, relinchó bajo él, sus cascos chapoteando sobre el barro. Alaric no recordaba los caminos de Gallow-Wood tan blandos, tan engullidos por la humedad y el gris. Hacía diez inviernos, cuando partió hacia la Cruzada, el valle era un lienzo de verdes vibrantes y los cantos de los labriegos resonaban hasta el cielo. Ahora, el único sonido era el goteo monótono del agua y el crujir de las ramas desnudas.

Levantó la antorcha que portaba con la mano enguantada. Su llama, un pulso anaranjado en la vasta penumbra, luchaba por perforar la densa niebla que se arrastraba desde el bosque de roble como un aliento gélido. Los árboles, antaño majestuosos, ahora se alzaban como esqueletos retorcidos, sus ramas nudosos entrelazándose para formar una bóveda lúgubre sobre el sendero. Los troncos gruesos, cubiertos de musgo y líquenes, parecían tener rostros pálidos y vacíos grabados en su corteza, observando con ojos sin vida el paso del caballero

El aire olía a tierra mojada, a hojas en descomposición y a un matiz sutil, casi imperceptible, de algo más... algo rancio y metálico que helaba la sangre en las venas. La aldea de Valdemar debía estar a un tiro de piedra, pero ni una brizna de humo se alzaba hacia el cielo, ni el ladrido de un perro rompía la opresión del silencio. Era como si el tiempo se hubiera detenido, o peor aún, como si se hubiera revertido a una era anterior al hombre.

​— ¿Hola? —La voz de Alaric, habituada a dar órdenes en el fragor de la batalla, sonó hueca y perdida, absorbida al instante por la niebla—. ¡Hay alguien ahí!

No hubo respuesta, solo el eco muerto de su propia pregunta. El corcel resopló inquieto, girando su cabeza como si percibiera una presencia invisible. Alaric apretó el agarre de su espada, aunque sabía que el acero de poco serviría contra el enemigo que sentía acechar, un enemigo sin forma ni sustancia.

Y entonces, desde las profundidades de la niebla, desde el corazón mismo del bosque que se extendía a ambos lados del camino, llegó un sonido. No era un gruñido ni un lamento, sino un susurro. Una voz.

​— Alaric...

No era una voz cualquiera. Era la voz de su madre, dulcemente melodiosa, llamándolo desde la oscuridad, como lo hacía en su niñez cuando el sol se ponía y era hora de volver a casa. La misma voz que había silenciado la muerte hacía diez largos inviernos.




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