Mi corazón salta con alegría mientras camino a una habitación en donde en casi todo el día no da la luz solar, siendo guiada por el chico de las vendas.
Yo camino en silencio, sabiendo bien que él no estaba nada contento con lo que se decidió hacer conmigo. La tensión que él, por su cuenta, provoca entre nosotros me hace sentir realmente incómoda.
Miro a mi alrededor con los ojos entrecerrados y el cuerpo tenso. Suspiro mientras camino siguiendo los pasos del chico. Él me mira de reojo por un milisegundo cuando me escucha suspirar, pero él mismo suelta un suspiro propio, resignado con la situación actual.
—¿Cómo hiciste para que Sanemi confiara en ti? —preguntó mirando al frente, mientras dobla en una esquina.
—¿Por qué preguntas eso? —lo miré seria por un momento— Pensé que serías más severo con las preguntas.
—Puedo ser peor de lo que crees —dijo mirándome de reojo— Pero no lo haré.
—Me pregunto por qué.
—No tengo opción —dijo mirándome por el rabillo del ojo, pero se frena frente a una puerta y la abre— Esta es tu habitación. Si tenemos alguna misión para ti, te avisaremos y te asignaremos un cuervo mensajero —dijo mirándome con la cabeza ligeramente levantada, ya que yo era un poco más alta que él— Por ahora, descansa y recupera toda tu fuerza.
—Si no me cortas la cabeza mientras duerma —digo divertida mientras entro en la habitación.
Sus labios no se ven gracias a las vendas, pero sus ojos muestran cierta suavidad en el momento en que decido bromear con él.
—Veremos —me levanta las cejas por un milisegundo, mostrándome que me estaba siguiendo el juego— Compórtate y todo saldrá bien.
Sonrío y asiento. Este me dirige una última mirada y cierra la puerta cuando decide irse y dejarme sola en mi nueva habitación.
"Si hay alguna misión, de todos modos tendré que salir al anochecer. No tiene sentido no recuperar fuerzas", pensé mientras me quitaba los molestos zapatos que siempre llevo. Siento un alivio en los pies y suspiro mientras flexiono los dedos.
Me acuesto cómodamente en la cama y suspiro. Mis ojos se cierran momentáneamente, pero se abren cuando escucho tres toques en la puerta.
—¡Adelante! —grité para que pasara.
La puerta se abre y Sanemi entra, escaneando la habitación con rapidez, intentando ver todos los detalles de la habitación, aún en la oscuridad.
—Esto es más oscuro de lo que creí —dijo dejando la puerta abierta para lograr ver mejor en la oscuridad.
—Es raro verte aquí —dije acostándome de mi lado derecho mientras lo miro por un momento— ¿Sucede algo?
—No, nada —dijo este mientras se sentaba en el suelo al lado de mi cama— Solo me fijo que nadie te corte la cabeza mientras duermes.
Una sonrisa aparece en mi rostro y le doy la espalda.
—Esfuérzate, quiero volver a abrir los ojos —le dije mientras me acomodaba boca abajo en la cama.
Cierro los ojos y poco a poco me quedo totalmente dormida.
NARRA SANEMI:
Me acomodo en el suelo sin molestarme en moverme de aquí por un rato. Sabía perfectamente que T/n dormía muy pocos minutos o muchas horas, dependiendo mucho del cansancio físico y mental que tuviera en ese momento.
Giro levemente la cabeza y veo cómo ella duerme plácidamente en la cama. Lo que más me sorprende es lo rápido que logra dormirse. Simplemente habían pasado, aproximadamente, tres minutos antes de sentir cómo su respiración se volvía más regular.
Me relajo ligeramente y apoyo mi cabeza en la cama, sintiendo cómo ella se mueve ligeramente en esta para encontrar una posición más cómoda.
Entrecierro los ojos mientras la miro desparramada en la cama, durmiendo mejor que nunca en los dos años que nos dijo que lleva transformada.
Miro hacia la puerta cuando logro ver la figura de alguien en la sombra de luz que da la puerta. Cuando miro, los ojos de Rengoku se conectan directamente con los míos mientras me mira con una mirada cómplice.
—Así que tú tuviste la misma idea que yo —dijo con la voz baja, pero lo suficientemente alto como para que lo escuche— Solo que llegaste antes.
—Bueno, algo así —dije haciéndome el indiferente, pero que alguien más quisiera cuidarla era un alivio.
—Nunca te he visto así —dijo este sentándose a mi lado.
—¿Así cómo? —pregunto haciéndome el tonto. Sabía bien a lo que se refería— ¿A qué te refieres?
—Me refiero a que siempre has odiado a los demonios —dijo serio esta vez. Era raro ver a Rengoku perder su sonrisa cuando habla. Solo sucedía cuando para él realmente era importante hablar de ese algo— Pero con ella te ves diferente. Más confiado. Incluso no dudaste de ella allá afuera cuando te cortaste el brazo.
—Sí, bueno... —dije levantando mi cabeza de la cama— Por alguna razón me siento ciertamente relajado con ella, tanto que me pone nervioso.
—¿Nervioso? —dijo esta vez mirándome fijamente.
—No de esa manera, idiota —dije mientras me acomodaba en el suelo— Bajar tanto la guardia me pone nervioso, como si pudiera suceder algo en cualquier momento.
—Ella no parece querer traicionarte —dijo este mirándola dormir plácidamente— Cuando la sostuve en el viaje, conmigo estaba tensa mientras dormía, pero contigo era una cosa diferente —él mira al frente de nuevo— Su cuerpo estaba completamente relajado, como si supiera que nada le pasaría contigo.
—Aun así...
—Sanemi, deja de sufrir —dijo con voz firme y más serio que nunca— Ella tiene razón. No te hagas pasar un infierno por lo que pasó en el pasado —dijo este acomodándose en el suelo.
Mi cabeza cae de nuevo en la cama y siento cómo ella, en mitad de su sueño profundo, se acerca a mí. Siento su respiración en mi oído y cierro los ojos, relajándome aún más. La miro de reojo sin mover la cabeza. Sus ojos están cerrados y sus labios ligeramente abiertos. Sin embargo, ella no está respirando por la boca, sino por la nariz, mientras logro ver cómo su cuerpo se eleva ligeramente con cada respiración.