Al contrario de Gael. Emilia Rivas no aprendió a cantar para ganar.
Aprendió a cantar por simple curiosidad.
Tenia seis años cuando descubrió que la voz salía con naturalidad.
Su madre cantaba mientras cocinaba. No afinaba perfecto, la verdad no importaba.
Cantaba boleros antiguos, canciones viejas de radio, cualquier cosa que llenara la casa de alegría.
-La música no se canta Emilia -le decía mientras la peinaba -La música se siente.
Su padre no era musico, pero imitaba a artistas como si estuviera en un concierto en un teatro lleno. Exagerado en expresiones, dramático, divertido.
La casa para nada era silenciosa, todo lo contrario, era demasiado sonora.
Risas, cucharas golpeando ollas, radio encendida, paso sobre el piso. Ella no entendía de escenarios, entendía simplemente de diversión.
Cuando canto por primera vez fue en el cumpleaños de su abuela, sin micrófono, sin pista.
Solo su voz de pequeña intentando seguir la guitarra de su tío, cuando termino, nadie guardo silencio.
La abrazaron y felicitaron, ese fue el día que Emilia entendió que la música no era competencia era un vínculo.
Dos días antes de cumplir sus diecisiete, su madre enferma.
Nada escandaloso al principio, solo cansancio, luego hospitales, quimioterapia y por último miedo.
Emilia llevaba su guitarra a la habitación blanca del hospital donde estaba su mama, cantaba bajito.
No para los médicos, para su madre. Para que no tuviera miedo.
Su madre sonreía, aunque estuviera agotada.
-Promete que no vas a dejar de cantar cuando yo no este.
Emilia nunca pensó en el “cuando yo no este”
Hasta que llego el día. El día que murió.
Emilia no grito.
Agarro su guitarra y empezó a cantar, una canción que escribió en la sala de espera mientras sonaban detrás d la puerta las maquinas que indicaban los signos vitales.
No hablaba sobre la muerte, hablaba de quedarse, ese fue el día que decidió que sería ‘cantante, no por fama. Por honrar a su madre.
Años después cuando entro a la industria, choco con algo que no conocía:
Ranking
Estrategias
Contratos
Le pidieron que suavizara sus letras, que fueran más comerciales.
Que no mencionara dolor, que la tristeza no vendía, si no era elegante.
Emilia aprendió a defenderse, no con gritos o golpes. Con honestidad.
Es por eso que odiaba a Gael, porque el representaba lo que ella detestaba del sistema.
Perfección medida.
Imagen controlada.
Éxito estratégico.
Por eso cuando cantaban juntos, el no sonaba vació, sonaba real, verdadero.
Y eso la confundía mucho.
La noche antes del streaming Emilia volvió a escuchar la grabación del ensayo, cerro los ojos.
En la parte donde sus voces se encontraban, recordó la habitación blanca del hospital, la forma que su madre apretaba su mano cuando una nota la calmaba.
La música como refugio, no como batalla.
Y por primera vez desde que empezó esta colaboración, se pregunto si estaba luchando contra el o protegiendo algo más.
Su celular sonó y vibro.
Mensaje de Gael
“Mañana necesitamos terminar el verso”
Emilia lo leyó dos veces.
No era arrogante, era directo.
Respiro y Respondió.
“El verso está bien no necesita que agreguemos algo más”
Tardo un minuto en responder.
“Entiendo, entonces así será.”
Emilia sonrió, no porque fuera romántico.
Sino que era la primera vez que un intercambio de palabras no estaba lleno de ironía.
A la mañana siguiente, antes de salir al ensayo general, tomo la guitarra y canto.
“Te fuiste en silencio, sin decir adiós
te guardaste el dolor, como un eco en tu voz”
“Nos dejaste preguntas, que nadie sabrá responder
Pero sabemos, Mama, que no dejaste de querer.”
No sabía si esta canción que fue la última que le compuso a su mama, saldría alguna vez.
Editado: 19.02.2026