Llegando a una calle bastante transitada, en el centro más conocido del pueblo de Viamonte. Allí donde algunos turistas pasean seguido, donde la gente de ciudad viene a experimentar esa energía de interactuar con la amabilidad y simpatía de los pueblerinos que, obviamente, los reciben de brazos abiertos. Esa es una excelente descripción de la familia Grimaldi, personas buenas que intentan sobrevivir económicamente y saben que deben aprovechar la situación del turista.
Ellos, padre e hija, llegan a la calle que se hace peatonal y estaciona su camioneta blanca, pick up, toda cargada de cajas y herramientas.
De aquella camioneta baja Alessandra del asiento acompañante, torpemente y con complicaciones por haber llevado una falda roja y corta de volados curvos ajustada a la cintura… que accidentalmente se le trabó en el asiento y terminó sacudiendo su vestimenta al lograr tocar el suelo con sus pies. Su remera negra, de espalda descubierta y con un corazón bordado en el centro no sufrió ningún percance, pero aun así la acomodó con aquella mano en la que traía las baquetas que usa para tocar la batería, mientras con su mano libre, cerró la puerta de la camioneta familiar. Hija única de los Grimaldi, con 17 años y una energía que le rebalsa por donde sea que vaya. Una chica a la que difícilmente se le borra la sonrisa, la mirada curiosa y aquellos ojos grises que nunca pierden el brillo.
Su cabello largo y castaño cae por su espalda con leves curvas en las puntas mientras deja colgar aquellos auriculares puestos en su MP3. Por más que toda su composición se dirija hacia abajo, porque muy alta no es, su energía revela lo contrario, su sonrisa levanta y alegra a cualquiera que cruce la mirada con ella. Sus dientes incisivos están algo chuecos, tiene un par de curitas emparchando sus dedos descuidados, los zapatos que usa están rotos y solo tiene pecas en su mejilla derecha.
Sus ojos achinados por el sol, observan hacia adelante, hacia aquel bar abandonado que habían comprado sus padres hace unos meses. Recién había finalizado la temporada de vacaciones… y por más que esté por empezar la semana de carnavales, la familia Grimaldi se había propuesto terminar en este momento la restauración de un resto-bar con comida italiana para llegar abrir durante la próxima temporada de vacaciones y dejar que los turistas gasten lo suyo, logrando poder recuperar el gran gasto que fue comprar el pequeño terreno.
— Pa…— dice Alessandra al oír como la puerta del conductor se cierra pero aún se mantiene observando hacia las puertas de madera, altas y anchas, cerradas.
Basilio, su padre, baja tranquilamente. Un joven de 38 años, vestido con una colorida camisa de mangas cortas abierta, dejando ver la remera negra musculosa debajo, y con un jean azul ancho. Su físico es fuerte, delgado pero musculoso, tiene un par de arrugas alrededor de sus ojos negros al igual que su cabello, diferente a su hija, pero si comparten la sonrisa contagiosa y hermosa.
— Si…— dice acomodándose la gorra de color jean sobre su cabeza para protegerse del sol mientras se acerca al lado de Alessandra para contemplar el bar abandonado frente suyo.
— Dijiste que no le hacía falta mucho… — dice Alessandra girando su cabeza para mirar a su padre llegar a su lado.
— Una gran motivación para que vengas...— le responde guiñándole el ojo derecho.
Alessandra retiene la risa que le creó su padre al guiñar el ojo, tramposo, y le extiende su mano libre con la palma hacia arriba, moviendo los dedos impacientemente. Basilio busca en su bolsillo delantero con dificultad y logra sacar de él, dos llaves clásicas hechas de acero y unidas gracias a un llavero con forma de Piolín, el pajarito de sus caricaturas favoritas, para luego apoyar las llaves suavemente sobre la mano limpia de Alessandra.
Ella le contesta con una sonrisa y se acerca contenta hacia las puertas gigantes y de madera pesada para intentar abrirlas con las llaves de Piolín.
— Tenemos un par de misiones por completar igual…— dice Basilio relajado, esperando a que Alessandra, ansiosa, abra la puerta.
Cuando logra pasar ambas llaves, empuja un poco las puertas y logra abrirlas a ambas de par en par. Su boca se cae y se gira con una mirada asesina hacia su padre.
— ¿Un par? — pregunta sarcástica con las cejas alzadas y sonrisa de costado.
— Si… vamos a necesitar ayuda. — dice Basilio asomando la cabeza hacia adentro del lugar y riendo divertido.
Ambos entran al lugar, amplio, piso de madera nogal y techo con algo de humedad pero bastante alto. En la izquierda, una barra de mármol negro pero con la pintura desgastada, unos muy lindos estantes antiguos también de madera detrás de esta barra marca una especie de falsa elegancia con la cantidad de telarañas y polvo sobre él. Alguna que otra banqueta de madera había, pero muchas estaban rotas, a lo largo del lugar habían mesas y sillas sueltas que Basilio no pensaba conservar. Aquella pared izquierda donde al comienzo estaba la barra… continuaba, permitiéndole el lugar a una puerta que parecía giratoria y a un gran ventanal con vidrios rotos que dejaba ver el patio de 6x6 con el pasto demasiado alto. Aquel patio era lo suficientemente grande y parecía cómodo, de un lado había un par de peldaños aferrados a la pared que llevaban al techo plano de cemento. Al volver a entrar al bar, los Grimaldi pudieron observar mejor la pared derecha… donde habían espejos y cuadros muy viejos, toda pintada de negro, oscura, dejando espacio para otra puerta giratoria en el medio, opaca y aburrida, pero la luz exterior dejaba notar una especie de escalón al final de todo, una subida pegada a la pared del fondo hecha de ladrillos y a la pared derecha con cuadros aburridos, en aquella esquina elevada… Alessandra había visualizado todo un futuro.
— Pa… es un escenario. — dice tironeando de la camisa de su padre hacia abajo, emocionada mirando hacia aquella esquina oscura, sucia y polvorienta. Basilio frunce los ojos para ver bien hacia aquel escalón que simulaba una subida de escenario, asintiendo con la cabeza, mira a su hija.