—¿Te perdiste, Grimaldi? ¿O viniste a pedir un alargue para que vuelva la corriente en tu sucucho? —dijo la que parecía liderar el grupo, una chica de rasgos afilados y ojos que la escaneaban con asco.
—Vine a hablar con Joon-ho —respondió Ales, tratando de que su voz no temblara, pero sin lograrlo. Se sentía tan pequeña alrededor de ellas, y eso que ni las conocía…
—¿Hablar? —las chicas soltaron una carcajada estridente que rompió el clima de la canción—. Él no habla con gente que tiene olor a fritura. Pero si sos tan "profesional" como decís, ¿por qué no nos hacés una demostración? Dale, subite. Queremos ver todo tu “talento”.— la acorralan entre todas y una le alcanza un micrófono.
Alessandra apretó los puños. Las chicas empezaron a aplaudir con una ironía hiriente, llamando la atención de los pocos clientes que tomaban tragos exóticos con gesto serio.
—¡Que cante la tana! ¡Vamos, mostranos esas canciones mediocres que vos cantás! —gritaban, empujándola suavemente hacia el escenario.
Joon-ho terminó la última nota del piano. El silencio que siguió fue tenso. Él levantó la vista y sus ojos se clavaron en los de Alessandra. No había alivio en su mirada, solo una chispa de furia contenida. Se levantó del taburete con una elegancia mecánica y bajó del escenario, ignorando los comentarios de sus amigas.
Pero interiormente, le hervía la sangre ¿Por qué se metió acá si no es para nada su estilo? ¿Qué hacía ahí?
—Joon-ho, por favor... —empezó ella, llamándolo con respeto.
Él pasó por su lado como si fuera aire. Se detuvo en la barra, pidió un vaso de agua con gas y se quedó de espaldas a ella, revisando su teléfono. La ignorancia fue peor que cualquier insulto. Las chicas volvieron a reír, celebrando el desplante.
—Ves, ni te registra. Volvé a tu cocina, nena —le soltó la líder, dándole un empujoncito en el hombro.
Fue el límite. La rabia le encendió la sangre. Alessandra no volvió a la puerta. En lugar de eso, caminó con paso firme hacia el escenario. El pianista de la casa, un hombre mayor que acompañaba a Joon-ho, la miró sorprendido. Ella le preguntó en susurro con mucho respeto si conocía la canción de “Valentino - de Luz Gaggi.” los de la banda asintieron con la cabeza y ella se dió la vuelta, con el micrófono en mano y miró directamente al grupo de chicas.
El hombre, intrigado por el fuego en los ojos de la chica. Empezó a tocar el tema. Alessandra tomó el micrófono. Se olvidó de la Alianza Goryeo, se olvidó de las deudas de su padre y del miedo que le daban esos ventanales tan grandes.
Empezó a cantar.
— Quedé colgando de luna...— voz salió con una potencia que hizo que las copas de cristal de la barra vibraran. — Apenas yo te vi.— Era un lamento ronco, cargado de rock y de calle. Joon-ho, que seguía de espaldas, se quedó inmóvil. Lentamente, dejó el vaso sobre el mármol y se giró. Sus ojos negros se abrieron con una mezcla de sorpresa y algo parecido al hambre. Alessandra lo miraba fijo mientras cantaba, desafiándolo a ignorarla ahora. — Lo fácil que me hará decir… que sí.— continúa cantando le a él, con mirada provocadora. — Valentino… dice que quiere estar conmigo…— las chicas susurran entre ellas. La voz de Alessandra es preciosa. Ellas no lo imaginaban, sólo sabían que tocaba la batería y debido a eso se la imaginaba más… bruta o sin voz.
Cuando terminó la canción, el bar estaba en un silencio absoluto. Las chicas de la barra se habían quedado mudas, con las caras largas y la soberbia guardada en el bolsillo. Alessandra bajó del escenario sin dejar de mirar a Joon-ho. Se detuvo a centímetros de él.
—Ahora, ¿Te puedo hablar? —preguntó ella, todavía respirando agitada.
Joon-ho hizo una seña a sus amigas para que se retiraran al fondo del local. Se quedó a solas con ella bajo la luz violeta de un neón que zumbaba sobre sus cabezas.
—Tenés cinco minutos, Alessandra. Hablá rápido antes de que mi viejo se entere de que estás acá.— dice con voz calma. Sin aparentar que se puso un poco nervioso.
—Quiero hablar con él. Con tu papá.— pide amablemente Ales.
—Ni lo pienses. Mi padre no habla con gente.— niega rotundamente.
—Entonces hacelo vos —insistió ella, dando un paso más, invadiendo ese espacio que él protegía con tanta frialdad, saca el sobre que le habían entregado a su padre y se lo extiende en el pecho.—. Si realmente sos el heredero, si tenés tanto manejo de esta situación como decís, animate a manejar las cosas entre nosotros dos. Que la competencia sea nuestra. De la música, de los tragos, de quién atrae más gente. Dejen a mi viejo tranquilo, Joon-ho. — le dice todo aquello que había ensayado y se aleja un poco en cuanto Joon-ho sostiene el sobre de su pecho. — Él no tiene nada que ver. Todo esto fue idea mía. El escenario es mío, la banda es mía. Yo soy la que quiere este futuro. Si te la tenés que agarrar con alguien, que sea conmigo.— está vez no suena con intención de intimidar sino como si fuese un pedido de misericordia.
Joon-ho la miró impactado. Podía ver el pulso acelerado en el cuello de Alessandra, pero sus ojos no retrocedían.
—Sos una inconsciente —siseó él, su voz volviéndose peligrosa—. ¿sabés que significa devolver esto?— dice enseñando el sobre. — Seguramente no tenés idea de con quién te estás metiendo. — advierte.
—Lo que pasa es que vos no te animás —lo pinchó ella, hiriendo su orgullo con la precisión de un bisturí—. No tenés los huevos para decirle a tu papá que te deje encargarte a vos, porque todavía sos el nene que baja la cabeza cuando el dueño del imperio entra a la habitación…— dice pero Joon-ho la interrumpe.
— No me conoces de nada. — contesta enojado.
— ¿Me equivoco? — continúa. — Me amenazás a mí porque es más fácil que enfrentar a tu propio padre.—
El rostro de Joon-ho se transformó. La mandíbula se le tensó tanto que los músculos del cuello se le marcaron como sogas. En un movimiento violento y repentino, la tomó del brazo y la empujó hacia un rincón oscuro, cerca de la salida de emergencia, quedando a milímetros de su cara. Alessandra podía sentir el olor a menta de su aliento y el calor que emanaba de su cuerpo, una energía oscura que la hacía temblar por dentro.