Acordes del Corazón (libro 1. зоrа)

Cap. 41 El hijo del demonio

Una vez que Jesse se había quedado solo, comenzó a caminar por la habitación inspeccionándolo todo. Lógicamente Jesse jamás en su vida había estado rodeado de tanto lujo, de manera que era natural que sintiese curiosidad y sorpresa ante todo. Cuando abrió la puerta del baño, emitió un silbido ante la magnificencia de las lozas, los espejos y las esponjosas toallas. Abandonó el baño y caminó hacia la cama donde vio un pijama tan pulcramente extendido que pensó que lo habían planchado allí mismo, pasó la mano por la suave tela antes de levantarlo y luego lo acercó a su cuerpo.

  • Bueno, esto sin duda me viene grande, jefe  --  dijo recordando las críticas de Dèjan con relación al tamaño de sus ropas

Caminó hacia la puerta y notó que la cerradura carecía de pasador, porque era de llave y la misma no estaba insertada en ella. Buscó durante unos minutos sobre las diversas mesas y aparadores que había en la habitación y como no encontró nada parecido a una llave, empujó una silla y aseguró la puerta con ella. Después de eso se sacó la ropa, se puso el pijama que como había pensado le iba grande y se metió bajo las suaves mantas.

  • De modo que así vive la gente rica  -- dijo hablando consigo mismo  --  no está nada mal

Se quedó mirando a su alrededor durante unos minutos y ante la enormidad de todo, Jesse se sintió pequeño y fuera de lugar. Sin embargo, el cansancio finalmente lo venció y se quedó dormido sin siquiera apagar la luz de la veladora.

Le parecía que apenas acababa de dormirse, cuando despertó sobresaltado y se sentó con rapidez en la cama recordando repentinamente lo que había dicho Kerim y preguntándose qué era lo que lo había despertado. No obstante, un par de segundos después se dio cuenta que lo que lo había sacado tan bruscamente del sueño era que había alguien intentando entrar a la habitación. Así que se levantó y corrió hacia la puerta.

  • ¿Quién anda ahí?  -- preguntó
  • Disculpe  --  escuchó una voz femenina al otro lado  --  solo venía a dejar su ropa

¿Mi ropa? Pensó Jesse mirando con rapidez hacia la orilla de la cama donde la había dejado.

  • Creo que está equivocada, tengo mi ropa conmigo
  • No lo creo  --  dijo la voz  --  el señor Zazvic me ordenó traérselas

Jesse arrugó el entrecejo e hizo una mueca de fastidio, pero decidió que aquella chica no tenía la culpa de que su jefe fuese tan necio y solo hacía lo que le habían ordenado, de modo que quitó la silla y abrió apenas un poco la puerta extendiendo la mano fuera.

  • Lamento haberlo molestado  --  dijo la doncella
  • No hay problema y gracias, eh

La chica se alejó y Jesse volvió a asegurar la puerta, caminó de vuelta a la cama pero en realidad se le había espantado el sueño, así que dejó las ropas sobre la misma, caminó hacia la ventana y vio que unos tibios rayos de sol se colaban por entre las nubes y se imaginó que la temperatura del otro lado del cristal debía ser helada, así que se alegró de estar de este lado. Con un suspiro que era mitad de resignación y mitad de disgusto por no poder seguir durmiendo, se metió al baño. Abrió la llave de la ducha y como le sucedía casi a diario, se estremeció con lo helada que estaba, pero antes de meterse bajo el agua se fijó en la otra llave recordando que si bien ellos no podían darse esos lujos, sin duda en este lugar sí, de modo que la abrió y esperó.

Jesse no sabía cuanto tiempo había estado bajo el agua, pero aquella gloriosa sensación del agua tibia sería algo difícil de olvidar. Cuando salió y se miró al espejo que reflejó unas mejillas sonrosadas y su cabello aun goteando, pensó que Dèjan estaría aterradoramente satisfecho. Se secó el cabello con energía y luego procedió a vestirse. Entre lo que la doncella le había traído, venía ropa interior que por el tamaño estaba seguro le quedaría bien y eso lo llevó a preguntarse de dónde habían sacado aquello a esa hora, pero como evidentemente no tenía una respuesta para eso, lo hizo a un lado y continuó vistiéndose. Los pantalones, la remera y la camisa también eran de tallas más adecuadas a su tamaño, lo que lo fastidió mucho, de modo que después de colocárselo todo desechó la chaqueta que venía con todo el conjunto colocándose la que había llevado el día anterior. Examinó con ojo crítico su imagen ante el espejo y volvió a torcer el gesto, porque pensó que Dèjan tenía razón. Su piel era pálida y sus mejillas se veían en aquel momento rosadas como las de un bebé; sus ojos que siempre había considerado demasiado grandes y le recordaban a canicas azules, estaban bordeados de largas y rizadas pestañas; su boca era demasiado pequeña y sus labios muy finos; de modo que todo esto hacía que su cara se pareciese en forma odiosa a un anime. Apretó la boca, juntó las cejas y no se molestó en peinarse dejando los rebeldes rizos que ya comenzaban a secarse, caer en forma desordenada alrededor su rostro.

Antes de salir recogió cuidadosamente las ropas que había vestido el día anterior y estaba buscando su gorra, pero recordó que no la había llevado y eso lo hizo sentir de algún modo desnudo. Caminó hacia la puerta, quitó la silla colocándola de nuevo donde había estado originalmente y salió. No vio a nadie en el pasillo y como no sabía dónde había dormido Mihailo, se encaminó hacia las escaleras.

  • Buenos días  --  lo saludó Wilfrid al llegar abajo
  • Hola  -- respondió él  --  Emm… ¿será posible encontrar una bolsa?  --  le preguntó y el hombre elevó ligeramente las cejas  --  Es para meter esto  --  dijo señalando las ropas que llevaba en las manos
  • Naturalmente  -- le dijo  --  ¿Me permite?
  • No, está bien. Solo consígamela que yo me hago cargo
  • Muy bien




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