El sol comenzaba a esconderse detrás de los árboles cuando Selene escuchó el tintineo de campanillas. No era un sonido común, ni siquiera armonioso, pero tenía algo encantador en su irregularidad. Como si alguien muy particular hubiera intentado afinar unas cucharas con un serrucho.
Al levantar la vista del camino, vio una carreta colorida, arrastrada por un burro de orejas exageradas que parecía estar en guerra con el ritmo. En el pescante, sentada como si fuera reina de un desfile invisible, estaba la mujer más extraña que Selene había visto en su vida.
Llevaba un sombrero gigantesco, más grande que una rueda de molino, decorado con faroles de papel, lazos, cuentas brillantes y hasta una pequeña jaula con un canario dormido. Sus ropas eran una combinación imposible de flores, rayas y lentejuelas. A su lado, en la carreta, se amontonaban faroles de todo tipo: de hierro, de cristal, de tela, de madera tallada. Algunos prendidos, otros apagados, y varios que parecían murmurar secretos al caer la tarde.
—¡Buenas sombras, joven! —saludó la mujer, haciendo una reverencia tan exagerada que casi cae del asiento—. Soy la señora de los faroles, viajera de luces, portadora de reflejos, especialista en brillos indecisos. ¿A dónde va usted, con esa cara de poema inacabado?
Selene se rió sin querer.
—Voy al próximo pueblo. Solo eso. ¿Y usted?
—¡También! —exclamó la mujer, como si fuera la revelación del siglo—. ¡Qué coincidencia tan brillante! ¿Qué le parece si viajamos juntas? Le prometo conversación extravagante, bocadillos a medio camino, y quizá… respuestas no solicitadas.
Selene dudó por un momento, pero había algo en esa presencia que le recordaba a las canciones que flotaban en su interior: impredecibles, dulces, a veces absurdas, y otras veces, poderosas.
—Acepto —dijo, trepando con cuidado a la carreta, entre los faroles tambaleantes.
El camino se volvió mágico con la compañía de la señora. Cada tanto, el burro se detenía solo, como para apreciar la puesta de sol, y la mujer le susurraba algo como si fuera un sabio testarudo.
—¿Cómo se llama su burro? —preguntó Selene.
—Don Crisantemo Tercer Duque de las Tinieblas.
—¿Tinieblas?
—¡Por supuesto! Siempre se detiene cuando más oscuro se pone. Le tiene respeto a la sombra.
Hablaron de todo y de nada. Selene le contó poco sobre su viaje, y la señora llenó los silencios con historias ridículas pero conmovedoras: que un farol una vez iluminó el primer beso de dos abuelos, que otro había salvado a un gato de caerse a un pozo, que uno más —el más quebrado— había proyectado sombras que contaban cuentos por sí solas.
—¿Y por qué lleva tantos faroles? —quiso saber Selene.
—¡Ah, porque la gente olvida que la oscuridad no se pelea con espadas! —respondió con los ojos brillantes—. Se combate con luz. Y con risas. Pero sobre todo con faroles, porque los faroles saben el camino, incluso cuando uno no lo recuerda.
Llegaron al pueblo ya caída la noche. Pero algo andaba mal.
Las calles estaban sumidas en una penumbra azulada. Las farolas del pueblo estaban todas… rotas. Cristales quebrados, mechas apagadas, postes torcidos. Y lo peor de todo: la gente la esperaba.
—¡Ahí está! —gritó un hombre con una lámpara colgando de un palo—. ¡Ella es! ¡La mujer de los faroles! ¡Desde que apareció, todo se rompió!
—¡Las luces dejaron de encenderse!
—¡Mi gato se perdió en la oscuridad!
—¡Mi suegra se cayó en un pozo!
La señora de los faroles bajó con solemnidad de la carreta, su enorme sombrero resplandeciendo bajo la luna.
—¡Qué maravilla! —exclamó—. ¡Un pueblo entero a oscuras y con sed de culpables! ¿No es poético?
—¡Esto no es poesía, señora! ¡Esto es tragedia!
Selene quiso intervenir, pero la señora levantó una mano.
—Escuchen —dijo—. La luz no se apaga porque alguien la lleva consigo. Se apaga porque el mundo olvida cómo cuidarla. Yo no apagué sus faroles. Ustedes los abandonaron.
Un silencio tenso flotó por un instante. Y justo entonces, sin saber por qué, Selene comenzó a cantar:
“Una señora iba muy de paseo, rompiendo los faroles con su sombrero.
Al ruido de los vidrios salió el gobernador a preguntarle a la señora por qué ha roto ese farol.
Y la señora dijo: pues yo no he sido, ha sido mi sombrero por distraído.
—Si ha sido su sombrero, una multa pagará, para que aprenda su sombrero a pasear por la ciudad.”
La melodía flotó como un viento leve. Los ojos de la gente comenzaron a brillar. Algunos se sonrieron. Otros, simplemente, bajaron la mirada. Una niña se acercó a la carreta y tomó uno de los faroles. Lo sacudió un poco, lo acarició… y se encendió.
Uno a uno, otros hicieron lo mismo. No todos funcionaban. Algunos simplemente chispearon y murmuraron una luz tibia. Pero el pueblo volvió a encenderse, no por culpa ni por magia, sino por recuerdo.
Selene se quedó quieta, observando. El poder de una canción podía ser tan real como la madera de la carreta, tan sutil como el miedo, tan caprichoso como la luna.
Y pensó:
"¿Cuánta magia puede contener una melodía? ¿Cuánta debe contener? ¿Hasta dónde es un don… y cuándo empieza a ser una carga?"
La señora se le acercó y le ofreció un farol pequeñito, del tamaño de una nuez.
—Este es para ti, viajera de caminos inciertos. Llévalo cuando no tengas palabras, y deja que él hable por ti.
Selene lo guardó en su bolso, sin saber si alguna vez lo necesitaría. Pero sintió que sí.
Al amanecer, cuando dejó el pueblo, Selene miró una última vez hacia atrás. Las farolas parpadeaban aún, con una luz irregular pero viva.
La carreta de la señora ya se perdía en otro camino, con su sombrero ondeando como una bandera imposible.
Y la canción… seguía flotando en su mente:
“Una señora iba muy de paseo,
rompiendo los faroles con su sombrero…”
Ella sonrió.Y siguió caminando hacia su próximo destino.