Acordes del destino

La dalza del agua

El cielo se cerró con un suspiro largo y gris. Nubes espesas avanzaron desde el oeste, cubriendo lentamente el horizonte como un telón de terciopelo apagado. Selene apuró el paso. Aquel sendero de tierra, serpenteante entre campos abiertos, se transformó en barro bajo sus botas justo cuando el primer trueno cruzó el cielo.

Encontró refugio en un viejo granero abandonado, con la puerta de madera casi vencida por el tiempo y el musgo trepando por los muros. Adentro, el aire olía a paja húmeda, a madera dormida y a historias olvidadas.

El cielo se oscureció por completo. Gotas gruesas comenzaron a caer sobre el techo del granero con el ritmo suave de un tambor de corazón. La lluvia no era violenta, sino constante, casi maternal. Selene la observaba desde la abertura de la puerta, envuelta en una manta, sintiendo que cada gota lavaba algo antiguo dentro de ella.

Y entonces, como si el universo entero conspirara para abrir sus recuerdos, surgió la melodía.
“Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva…”
La canción de su infancia, de sus días más puros.

Recordó a su padre corriendo bajo la tormenta, extendiendo los brazos como alas. Recordó a Helios, su cabello empapado, descalzo, bailando en los charcos con ella como si el mundo no doliera. Recordó a su madre joven, riendo a la distancia, antes de que las decisiones la volvieran rígida y elegante.

Y recordó el día en que todo cambió.

—Selene —había dicho su madre, sin mirarla a los ojos—. Este compromiso es lo mejor para ti. Es un buen hombre. Tiene futuro.
—Pero yo no lo amo —había susurrado Selene.
—Eso no importa ahora.

Las palabras aún dolían. Pero esta lluvia, esta noche, le enseñaba algo más: que las raíces del pasado no debían ser cadenas, sino tierra fértil. Que el agua podía empapar su historia, pero también hacer brotar algo nuevo.

Se incorporó, dejó la manta a un lado y dio un paso hacia la lluvia.

Bajo el aguacero, estiró los brazos como hacía su padre, giró como lo hacía Helios, y por primera vez en mucho tiempo, rió. Rió con la garganta abierta, sin miedo a que alguien la oyera, sin temor al juicio ni al deber.

La tierra bajo sus pies estaba blanda, la ropa se le pegaba al cuerpo, y aun así, era libre. Como si el alma se deshiciera de viejas costras, Selene danzó.

La danza del agua.

Y mientras giraba, una idea floreció:
La música también era naturaleza. A veces traía consuelo, a veces caos. No toda magia es buena ni toda melodía salvadora. Había que saber cuánto de ella cargar. Cuánta permitir. Cuánta compartir.

Cuando la lluvia amainó, el cielo se tiñó de un gris suave y perlado. Los pájaros volvieron a cantar, tímidos. Selene respiró hondo, mojada, temblorosa, pero nueva.

Volvió al granero con los pies descalzos y el alma liviana. Se envolvió otra vez en la manta y se recostó sobre la paja, mientras las gotas caían con la dulzura de una nana lejana.

“Que llueva, que llueva…”

Y esta vez, no dolía.
Esta vez, era promesa.
Esta vez, era comienzo.



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En el texto hay: amor, canciones dedicadas

Editado: 27.08.2026

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