Acordes del destino

Pio, pio, pio

El sol había salido entre nubes esponjosas, y el aire olía a pasto mojado y a pan recién horneado. Tras varios días de viaje, Selene divisó una granja en medio de los campos dorados, rodeada por un cerco de madera ladeado, con gallinas caminando con elegancia digna y un espantapájaros que parecía guiñarle un ojo.

—¿Lo hizo a propósito…? —murmuró Selene, alzando una ceja ante el espantapájaros que ahora parecía indiferente.

En la entrada la recibió una mujer de mejillas rosadas, delantal floreado y voz de trueno maternal: Doña Clarina.

—¡Una forastera! ¡Y qué flaquita! Vení, que te cebamos un mate con torta frita antes de que te me desarmes como hoja seca.

Y así, sin más preguntas, Selene fue arrastrada dentro de la casa. Allí conoció al resto de la familia: el señor Don Nicanor, de ojos pequeños y sonrisa eterna, y sus tres hijos menores: Marianito, Lulita y Bauti, que no hablaban… ¡cantaban! Literalmente.

—Los pollitos dicen pío, pío, pío… —entonaron al unísono cuando la vieron entrar, mientras movían sus brazos como alas.

Selene no supo si reír o aplaudir. Eligió ambas.

—Cuando tienen hambre, cuando tienen frío… —continuaron los niños, mientras una gallina entraba por la puerta y se subía a la mesa como parte del número.

—Ella es Pichirrica —dijo Doña Clarina, sin inmutarse por la gallina caminando entre los platos—. Cree que es una artista. Yo no le discuto, con esa postura.

Selene se instaló esa noche en el altillo de la casa, donde el viento silbaba entre las tejas y el olor a maíz cocido subía desde la cocina. Desde allí podía escuchar los murmullos de los niños, y el suave cacareo de las gallinas como un arrullo.

Por la mañana, fue despertada por una orquesta insólita: un gallo que cantaba fuera de ritmo, un tambor improvisado con una olla, y las voces de los niños:

—¡A levantarse, pollita dormilona! ¡Que el sol se va a enojar!

Apenas bajó, ya estaba participando de un “desfile de pollitos”, con una corona de papel y una capa hecha con el mantel de la mesa.

—¡La Princesa Gallinita! —anunció Marianito con solemnidad.

—¡Larga vida a la Reina de los Huevitos Fritos! —gritó Bauti, levantando una sartén vacía como escudo.

—¿Y qué hay del Ministro de los Maíces? —agregó Don Nicanor desde el fondo, con una mazorca en la cabeza.

—¡Presente! —gritó Doña Clarina, sacando un bizcochuelo del horno como si fuera un decreto real.

Selene reía sin poder contenerse. Cada rincón de esa casa parecía haber olvidado el gris del mundo. Por unas horas, todo era juego, risa, harina voladora y canciones infantiles desafinadas.

En el corral, los niños le presentaron a su animal más querido: Don Pepo, un chancho viejo que creía ser un caballo. Cuando lo acariciaban, relinchaba.

—Está un poco confundido desde que se cayó al pozo y salió pensando que era Pegaso —dijo Lulita con total seriedad.

Al atardecer, Selene se sentó junto al corral. Las luces del campo comenzaban a titilar. Escuchó a los niños cantando bajito mientras intentaban dormir a una camada de pollitos recién nacidos.

—Pío, pío, pío… tienen hambre y frío…

Selene sintió que algo le ablandaba el alma. No sabía si era el canto, la calidez del hogar, o la ternura de ver a esos pollitos en su nido de trapo, bajo una lámpara colgante hecha con un tarro de miel.

Pensó en su padre, en Helios, en los días sin miedo. En la inocencia como un fuego que nunca debería apagarse del todo.

Se quedó allí un buen rato, respirando el perfume de los duraznos y el heno. El cielo parecía una gran frazada azul oscuro.

—Quizás no hay que ser fuerte todos los días —susurró para sí—. Quizás hay días en que ser niño otra vez es una forma de seguir adelante.

Al día siguiente, partió al amanecer con una bolsa de pan casero, un ramo de albahaca, y una carta firmada con dibujos por cada uno de los niños, donde le decían:

> “Gracias, Princesa Gallinita. Volvé cuando quieras a gobernar nuestro Reino de los Pollitos.”

Selene sonrió mientras se alejaba por el camino de tierra. Una brisa suave la acompañaba, y en su corazón, resonaba una vez más:

—Pío, pío, pío…



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En el texto hay: amor, canciones dedicadas

Editado: 27.08.2026

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