Acordes del destino

El molino que cantaba

Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan...
Piden pan, no les dan,
Piden queso, les dan hueso,
Y se ponen a llorar…

El sendero que tomaba Selene esa tarde estaba envuelto en una quietud espesa, como si el tiempo se hubiera detenido a tomar un descanso. Las hojas crujían bajo sus botas, el aire olía a madera y savia, y en la lejanía, un molino viejo giraba lentamente al ritmo de un canto olvidado.

La rueda del molino no se movía con fuerza, sino con cadencia. Cada vuelta emitía un sonido peculiar, como si la madera contara una historia antigua con cada crujido: aserrín… aserrán…

Selene llegó a la entrada, donde un hombre de avanzada edad tallaba una figura en un tronco de ciprés. Tenía las manos manchadas de tinte natural, un sombrero agujereado, y una barba que le rozaba el pecho. Era Don Jacobo.

—¿Te trajo la música? —preguntó sin mirarla.

Selene asintió, algo desconcertada.
—No sabía que la madera podía cantar.

—Oh, niña… canta, llora, ríe. La madera guarda las memorias. Solo que hay que saber escucharlas.

Don Jacobo la invitó a entrar al molino. Adentro, el aire era cálido, con un aroma a resina y manzanas secas. Había estantes llenos de juguetes: trompos, caballitos, muñecas, soldados con espadas de palo, y pájaros de madera suspendidos del techo. Pero había algo más: los juguetes no eran inmóviles.

Una marioneta giró la cabeza lentamente hacia ella. Un tambor golpeó solo su parche con un ritmo lejano. Un pequeño tren avanzó sin rieles, y al pasar junto a Selene, dejó escapar un silbido de vapor.

—Hace años que esto ocurre —explicó Don Jacobo—. Desde que mi nieta se marchó. Ella solía cantarles una melodía con su vocecita clara, y los juguetes dormían tranquilos. Pero un día, canté otra canción… una equivocada, demasiado rota. Desde entonces, la magia está enredada. Ya no duermen.

Esa noche, Selene no pudo dormir. Se recostó sobre un camastro junto a la rueda del molino, y escuchó los lamentos de la madera. Era un quejido suave, como si los tablones susurraran entre sí. Y luego… los pasos.

Los juguetes bajaban lentamente por las escaleras de madera. No marchaban con violencia, sino con nostalgia. Como si buscaran algo que habían perdido. El tambor marcaba el compás: pum… pum… pum…

Una muñeca vestida de azul se acercó a Selene y le tendió una flor seca. Tenía los ojos tristes, de vidrio opaco. Selene la tomó con cuidado, y al hacerlo, sintió que su corazón se llenaba de una dulzura antigua. Como si una canción le brotara desde dentro.

Entonces lo recordó.
La canción.
La voz de su padre, cuando la subía a sus hombros y la hacía cantar:
“Aserrín, aserrán, los maderos de San Juan…”

Selene comenzó a tararearla en voz baja. Su voz llenó el molino como un rocío invisible. Los juguetes se detuvieron. El tambor cesó. Incluso la rueda del molino, que nunca dejaba de girar, pausó por un instante… para escuchar.

Don Jacobo, al pie de las escaleras, observaba con lágrimas en los ojos.

—Es ella —susurró—. Es su voz… o su recuerdo.

La melodía curó lo roto. Uno a uno, los juguetes regresaron a sus estantes, y por primera vez en años, el molino se quedó en silencio.

A la mañana siguiente, el sol entró tibio por las rendijas del tejado. El molino ya no crujía como antes. Ahora sus sonidos eran suaves, redondos, como un suspiro satisfecho.

Don Jacobo le regaló a Selene un colgante tallado con forma de rueda, pequeña y perfecta.

—La música no es buena ni mala, niña. Es el alma que la canta la que define su destino.

Selene caminó nuevamente por el sendero, con el molino detrás y el canto aún vibrando en su pecho. Sabía ahora que incluso lo inanimado podía tener memoria. Que la magia de una canción podía dormir o despertar, curar o romper.

Y se preguntó, una vez más, cuánto de esa magia debía traer consigo en su viaje. Y cuánto debía guardar solo para aquellos que sabían escuchar.

Don Jacobo le regaló a Selene un colgante tallado con forma de rueda, pequeña y perfecta.

—La música no es buena ni mala, niña. Es el alma que la canta la que define su destino.

Selene caminó nuevamente por el sendero, con el molino detrás y el canto aún vibrando en su pecho. Sabía ahora que incluso lo inanimado podía tener memoria. Que la magia de una canción podía dormir o despertar, curar o romper.

Y se preguntó, una vez más, cuánto de esa magia debía traer consigo en su viaje. Y cuánto debía guardar solo para aquellos que sabían escuchar.

Esa noche, al detenerse a descansar bajo un manzano viejo, Selene abrió su cuaderno y escribió, con letra suave y tinta violeta:

“Hay canciones que reparan lo que el silencio dejó a medias.”



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En el texto hay: amor, canciones dedicadas

Editado: 27.08.2026

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