El cielo estaba despejado y los manzanos dormían en silencio. El viento susurraba apenas entre las ramas, como si no quisiera interrumpir la calma que envolvía a Selene. Había caminado durante horas, y al encontrar un pequeño claro bajo un manzano florecido, decidió recostarse con su cuaderno entre las manos.
Murmuró, casi sin pensarlo:
—Estrellita, ¿dónde estás, me pregunto sin cesar…
Su voz se fue apagando, y el sueño la abrazó con suavidad.
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Primero sintió el perfume a mermelada caliente. Estaba en la cocina de su infancia, esa que olía a azúcar y a cariño. Su madre revolvía una olla mientras tarareaba una melodía antigua. La ventana abierta dejaba entrar una estrella que parpadeaba como un farol curioso.
Selene, niña otra vez, se acercaba descalza y feliz. Su madre se daba vuelta y la tomaba en brazos.
—Mirá, Selene —le decía—. Si alguna vez estás perdida, buscá esa estrella. Ella te va a recordar quién sos.
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Un crujido, un giro del mundo, y la escena cambiaba.
Ahora era de noche, y Selene corría por un campo de trigo dorado. Detrás de ella iba Eliot, de niño, riendo a carcajadas. Jugaban a atrapar luciérnagas en frascos, como si guardaran constelaciones.
—¿Sabés qué quiero ser cuando sea grande? —le decía Eliot—. El que te cuide siempre, aunque vos no quieras.
—¿Y si yo no quiero que me cuiden? —respondía Selene entre risas.
—Entonces seré el que se ría con vos. Eso no me lo podés prohibir.
La estrella titilaba arriba. Los dos niños se acostaban sobre el pasto, mirándola en silencio. Todo parecía eterno.
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La imagen se deshacía como papel mojado. Aparecía el jardín de la abuela. Rosales, hortensias y una hamaca de madera. Selene estaba sentada sobre una manta mientras su abuela tejía. Al fondo, su padre leía un libro en voz alta, haciendo diferentes voces para cada personaje.
La abuela murmuraba bajito:
—Tu padre siempre fue un soñador. Pero vos sos viento, nena. Y los vientos no se atan.
Selene sonreía sin entender del todo, pero guardando cada palabra en su corazón.
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Ahora era la habitación con techos altos. La luna entraba por la ventana y su padre le cantaba, con voz suave:
Estrellita, ¿dónde estás, me pregunto sin cesar…
En el cielo o en el mar, un diamante de verdad.
Selene lo miraba con los ojos brillantes.
—¿Vos también te perdés a veces, papá?
Él sonreía, cansado, con la sombra de la enfermedad en su rostro.
—Claro que sí. Pero siempre me encuentro cuando te veo dormir.
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La estrella guiaba cada escena, como si fuese una linterna del alma. Mostraba fragmentos, susurros, instantes que habían quedado guardados. El calor de una manta, una canción compartida, las manos grandes de su padre envolviendo las suyas. La voz de su madre cuando todavía le decía mi luna. El primer dibujo que hizo para Eliot. Las cartas que le escribía a su abuela cuando se sentía sola.
Todo regresaba. Todo dolía un poco. Todo brillaba.
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La última imagen fue Selene, de niña, mirando al cielo con los ojos llenos de preguntas.
—Estrellita… ¿dónde estoy?
La estrella titiló fuerte. Y, por un momento, descendió. No era una estrella de verdad, sino una luz cálida, suave, que parecía tener voz.
—Estás justo donde debés estar —respondió.
Selene la observó con asombro.
—Pero a veces me siento tan lejos de mí.
—A veces hay que alejarse para verse mejor —dijo la estrella—. Como yo, que brillo desde lejos para que no te olvides de mirar hacia arriba.
—¿Y si me pierdo otra vez?
—Entonces cantá —susurró la estrella—. Cantá como lo hacías de niña. Tu voz te va a encontrar antes que nadie.
Selene extendió la mano, y la estrella se posó sobre su palma un instante.
—Gracias —murmuró.
—Gracias a vos por no olvidar que los sueños también tienen memoria —dijo la estrella antes de elevarse, despacito, como flotando entre pétalos invisibles.
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Selene despertó al amanecer. La luz del sol filtraba entre los manzanos como dedos dorados. El cuaderno seguía entre sus manos, y una estrella estaba dibujada en la última hoja, como si ella misma la hubiese trazado dormida.
Susurró, aún medio dormida:
—Gracias por volverme a mí.
Y escribió en su cuaderno:
“A veces, para encontrarse, hay que soñar primero.”