El sonido del piano todavía vibraba en el aire cuando Emily soltó el último “amén” del servicio dominical. El salón principal de la Iglesia Bautista “Roca Eterna” se iba vaciando despacio, con ese rumor de voces que se mezclan, las risas de los jóvenes, los apretones de manos de los ancianos, el llanto de algún bebé. Emily se quedó unos segundos más en la banca, con los ojos cerrados, saboreando lo que acababa de vivir. Le gustaba hacer eso cada domingo: dejar que el sermón reposara en su corazón, que la música se asentara en sus huesos.
—¿Otra vez volando, Emily? —la voz de Katerine sonó justo a su lado, con ese tono suave y un poquito burlón que solo puede tener una mejor amiga.
Emily abrió los ojos de golpe y sonrió, pasándose una mano por su largo cabello castaño claro, ese que tanto le gustaba soltar cuando no estaba su mamá cerca para decirle que se lo recogiera.
—No, no volando. Estaba… no sé, absorbiendo —dijo, y soltó una risita.
Katerine se sentó a su lado en la banca de madera pulida. Tenía el mismo cabello negro azabache de siempre, recogido en una trenza impecable, y su vestido azul marino hasta las rodillas le daba un aire de señorita mayor, aunque solo tuviera diecisiete años, la misma edad que Emily. Katerine siempre parecía mayor. Quizás porque cargaba con esa mezcla de dulzura y seriedad que a veces a Emily le parecía admirable y a veces le parecía agotadora.
—“Absorbiendo” —repitió Katerine, arqueando una ceja—. ¿Y qué absorbías exactamente? Porque el pastor Saúl sí que se lució hoy. Eso del “yugo desigual” lo explicó con una claridad que hasta los niños de la escuela dominical lo entendieron.
Emily suspiró. Sí, el pastor Saúl había predicado sobre Segunda de Corintios capítulo seis, versículo catorce: “No os unáis en yugo desigual con los incrédulos”. Había hablado del noviazgo, del matrimonio, de cómo una pareja cristiana debía estar unida no solo en el amor humano sino en la fe, en los valores, en la visión del mundo. Emily había escuchado cada palabra, por supuesto, pero había algo en su interior que se revolvía un poco con el tema. Algo que no terminaba de encajar con lo que el pastor decía, o más bien con cómo le hacía sentir a ella.
—Sí, estuvo muy bueno el sermón —admitió Emily, algo evasiva, mientras se alisaba la falda floreada que le llegaba justo encima de las rodillas, y su mamá ya le había advertido que mejor la cambiara por una más larga—. El pastor Saúl siempre predica como si te estuviera hablando a ti personalmente, ¿no crees? A veces hasta me da cosa, como si supiera lo que una está pensando.
Katerine asintió lentamente.
—Es que el Espíritu Santo le da discernimiento. Y también es que todos necesitamos escuchar ciertas cosas. A mí me tocó justo aquí —dijo llevándose la mano al pecho—, porque a veces una se distrae pensando en tanta tontera del mundo, y olvida lo importante.
—¿Tú? ¿Distraída tú? —Emily soltó una carcajada suave—. Kat, si tú eres la cristiana perfecta. Lees la Biblia todos los días, oras como una hora, no ves series malas, no dices groserías… Eres un caso perdido de perfección.
Katerine puso los ojos en blanco, pero se notaba que el comentario la halagaba y la incomodaba al mismo tiempo.
—Ay, Emily, no digas eso. No soy perfecta, para nada. Solo trato de ser fiel. El Señor me ha dado tanto, ¿cómo no le voy a entregar todo? Pero no creas que no tengo mis luchas, también tengo mis cosas. Todos tenemos.
—Bueno, sí, pero tus luchas serán como muy santas —insistió Emily, ahora con un brillo juguetón en los ojos verdes—. “Ay, Señor, perdóname porque hoy leí la Biblia muy rápido”, o “Señor, ayúdame porque me reí en un momento inapropiado”. En cambio yo… —se detuvo un instante, se mordió el labio inferior. Justo ahí, en ese silencio, estaba la puerta a lo que quería decir.
Katerine la miró con atención. Conocía a Emily desde que tenían seis años, cuando las dos habían entrado a la misma clase de escuela dominical. Juntas habían pasado por todo: las primeras oraciones, el bautismo a los doce años, los campamentos de verano, los retiros de jóvenes, las confidencias en las pijamadas. Sabía leer los silencios de Emily.
—¿En cambio tú? —preguntó con voz suave pero firme—. A ver, Em, dime qué te pasa. Hoy has estado rara. En el culto te vi distraída un par de veces, mirando hacia atrás. Y no me digas que estabas mirando a la hermana Margarita, porque la pobre está en el coro y no es precisamente un imán de miradas.
Emily soltó una risita nerviosa y se encogió de hombros. La iglesia se estaba quedando casi vacía. Solo quedaba el hermano Cipriano en la puerta, barriendo un poco, y un grupito de jovencitas que cuchicheaban cerca de la salida. Emily sintió que ese era el momento, el lugar seguro para sacar lo que traía atorado desde hacía semanas.
—Kat, ¿tú nunca has pensado en tener novio?
A Katerine no pareció sorprenderle la pregunta. Tal vez porque era una pregunta que flotaba en el aire de cada reunión de jóvenes, en cada suspiro de las chicas de su edad. Pero sí pareció tomarse un momento para responder, como quien calcula bien las palabras.
—Pues… claro que lo he pensado, Em. No soy de palo. Una a veces ve a los jóvenes del grupo, o incluso a muchachos de otras iglesias, y se imagina cómo sería. Pero es solo un pensamiento, no una necesidad. Porque entiendo que el noviazgo es algo serio, y que no es para cualquier momento.
Emily se giró un poco en la banca para quedar completamente de frente a su amiga. Sus ojos brillaban con una emoción que intentaba contener.
—Pero, ¿tú no sientes a veces que quieres ya, ahora, alguien? O sea, no hablo de casarme mañana. Hablo de un novio. Alguien que te mande mensajes bonitos, que te tome de la mano, que te mire como si fueras la cosa más linda del mundo. Alguien que esté ahí para ti. ¿No te gustaría?
Katerine bajó la mirada a sus manos, entrelazadas sobre la falda. Suspiró.