La música retumbaba dentro de la casa como un corazón desbocado. Luces de colores parpadeaban en las ventanas, y el aire olía a sudor, perfume barato y alcohol. Valeria Salazar, de diecinueve años, salió por la puerta trasera con un cigarrillo sin encender en los labios y una mueca de hastío en el rostro. La fiesta había dejado de divertirla hacía más de una hora, cuando su amiga Camila se fue con un tipo al que acababa de conocer y la dejó sola en medio de la pista de baile, rodeada de desconocidos.
—¿Y ahora qué? —murmuró Valeria para sí misma, mirando hacia la calle—. Otro sábado desperdiciado.
Dio una calada a un cigarrillo que no encendió, como un gesto mecánico, y se ajustó la chaqueta de mezclilla sobre el vestido corto. Hacía frío, ese frío húmedo que se mete en los huesos y anuncia madrugada. Valeria revisó su teléfono: nada de Camila, solo tres notificaciones de Instagram y un mensaje de su madre preguntando si volvería a dormir. Ni siquiera se molestó en responder.
Detrás de ella, la puerta se abrió y salió un grupo de muchachos. Eran cuatro, todos con botellas de cerveza en la mano, riendo a carcajadas. Valeria no los conocía, pero los había visto dentro, bebiendo en una esquina y mirándola con insistencia durante toda la noche. Ahora la rodeaban sin prisa, como lobos que no tienen necesidad de apurar el ataque.
—Oye, preciosa —dijo el más alto, con una sonrisa torcida y los ojos vidriosos—, ¿ya te vas tan temprano? La noche apenas empieza.
—Tengo sueño —respondió Valeria, sin mirarlo, tratando de sonar firme pero sintiendo cómo el pulso se le aceleraba—. Además, mi casa queda lejos.
—Pues yo te llevo —dijo otro, y el grupo soltó una carcajada que sonó a burla—. Tengo coche. Bueno, es de mi primo, pero funciona.
—No, gracias. Prefiero caminar.
Valeria echó a andar por la acera, con la esperanza de que la dejaran en paz. Pero los muchachos la siguieron, flanqueándola, hablando en un tono falsamente amable que no lograba disimular la amenaza.
—No seas así, muñeca. Solo queremos conocerte. ¿Cómo te llamas? Yo soy Kevin, este es Brayan, el otro es Jordan y aquel es Pipo.
—Mucho gusto —dijo Valeria, acelerando el paso—. Ahora, si me disculpan, me voy.
—¿Qué prisa tienes? —insistió Kevin, el alto, interponiéndose en su camino con una agilidad que desmentía su borrachera—. Mira, te vamos a ser sinceros. Eres la chica más linda de la fiesta. Todos te vimos entrar. Y pensamos… por qué no la pasamos bien juntos, los cinco. Sin compromiso.
Valeria se detuvo en seco y por primera vez los miró directamente a los ojos. Eran ojos hambrientos, depredadores, sin rastro de ternura. La misma mirada que había visto en otros hombres, en otras fiestas, en otras noches demasiado largas. Sintió asco, miedo y rabia al mismo tiempo.
—Déjenme pasar —dijo, y su voz salió más aguda de lo que quería—. No me interesa. Busquen a otra.
—Oye, tranquila —dijo Brayan, levantando las manos en un gesto de rendición fingida—. No te estamos obligando. Solo proponemos. Tú decides. Pero piénsalo: cuatro chicos jóvenes, con ganas de pasarla bien. ¿Cuándo se te va a repetir una oferta así?
Valeria sintió el estómago revuelto. Quería correr, pero las piernas no le respondían. Estaba atrapada entre las risas estúpidas de aquellos cuatro y la oscuridad de la calle vacía. De pronto, recordó algo que su padre le decía siempre: "Si te sientes en peligro, no demuestres miedo. Grita, patalea, haz un escándalo. Los cobardes se asustan del ruido."
Así que lo hizo. Sin pensarlo más, Valeria abrió la boca y soltó un grito que no fue solo un grito, fue un aullido desgarrado, animal, que rompió el silencio de la madrugada y rebotó contra las fachadas de las casas.
—¡Fuera! ¡Lárguense, desgraciados! ¡Auxilio! ¡Auxilio!
Los muchachos dieron un paso atrás, sorprendidos. Kevin alzó las manos con una sonrisa nerviosa.
—Loca de mierda, ¿qué te pasa? Solo estábamos vacilando.
—¡Auxilio! ¡Que alguien llame a la policía! ¡Auxilio!
—¡Cállate, imbécil! —siseó Jordan, mirando hacia las ventanas, donde ya empezaban a encenderse algunas luces—. Vámonos, viejo, esta tipa está loca.
Los cuatro se alejaron a paso rápido, maldiciendo entre dientes, y Valeria no esperó a comprobar si volvían. Se giró y echó a correr calle abajo, con el corazón golpeándole las costillas y las sandalias resbalando en el pavimento. Corrió sin rumbo, dobló una esquina, luego otra, hasta que la casa de la fiesta quedó lejos, perdida entre el laberinto de calles residenciales. Se detuvo junto a un poste de luz, jadeando, con las manos en las rodillas. No había nadie. Estaba sola.
—Estupidos de mierda —susurró.
El barrio por el que caminaba ahora era más oscuro, más solitario. Las casas tenían rejas oxidadas y jardines descuidados. La calle desembocaba en un callejón estrecho que Valeria conocía de memoria: era el atajo para llegar a su casa en la urbanización contigua. Muchas veces lo había cruzado de día, sin problemas. De noche era otra cosa, pero después del susto no quería dar un rodeo de media hora. Quería llegar a casa, meterse en su cama y olvidar esa noche horrible.
Respiró hondo, se arregló el vestido y se adentró en el callejón. La penumbra era espesa, solo rota por el resplandor lejano de un farol parpadeante. Valeria avanzó con pasos rápidos, atenta a cada sombra, maldiciéndose por no haber aceptado el coche de su padre. Diez metros, veinte, treinta. La salida del callejón estaba cerca, solo faltaban unos pocos metros.
Entonces escuchó unos pasos.
No eran los pasos de los muchachos de la fiesta. Eran otros. Más lentos, más pesados, como si alguien arrastrara los pies con deliberada parsimonia. Valeria se detuvo en seco y miró hacia atrás. Al final del callejón, justo donde ella había entrado, se recortaba una silueta masculina. Alta, ancha de hombros, inmóvil. No la llamó. No se movió. Solo estaba allí, observándola.