El sol de las tres de la tarde caía a plomo sobre el lago Azul, un espejo de agua escondido entre las colinas, a unos cuarenta minutos de la ciudad. Era un lugar conocido por los jóvenes de la zona: un paraíso natural al que se iba a nadar, a beber cerveza, a escapar de la vigilancia de los padres. Ese sábado, un grupo de ocho amigos (cuatro chicas y cuatro chicos, entre dieciocho y veintidós años) había llegado en dos coches, con neveras, toallas, una bocina portátil y una botella de ron que circulaba de mano en mano.
La risa de Vanessa se oía por encima de la música. Era la más extrovertida del grupo, una chica de veinte años, de cabello rubio teñido, ombligo perforado y una seguridad que a veces incomodaba a las demás. Estaba de pie en la orilla, con el agua hasta los tobillos, haciendo un bailecito provocador mientras los chicos silbaban.
—¡Vanessa, estás loca! —gritó Marcela desde la manta, riendo con una cerveza en la mano—. ¡Te van a grabar y mañana estás en todas las redes!
—¡Que graben! —respondió Vanessa, girando sobre sí misma y chapoteando—. ¿Acaso no es hermoso mi cuerpo? Dios me lo dio para lucirlo, no para esconderlo.
—¡Amén! —dijo Diego, uno de los chicos, con una carcajada—. Si todas pensaran como tú, el mundo sería un lugar mucho más feliz.
Marcela rodó los ojos, pero sonreía. Era la sensata del grupo, la que siempre llevaba el botiquín, la que decía "no se alejen demasiado". A su lado, Carla y Fernanda cuchicheaban y se hacían selfies, con el agua brillándoles en la piel bronceada. Los chicos (Diego, Alex, Mauricio y Kevin) jugaban a lanzarse una pelota de playa, bebiendo y riendo, con esa despreocupación de quienes creen que la juventud es eterna y que la muerte es una palabra lejana.
—Oigan, ¿y si nos metemos desnudas? —soltó Vanessa de repente, con una sonrisa pícara—. Total, no hay nadie. Solo nosotros. Sería como volver al paraíso, Adán y Eva, pero sin la serpiente.
Se hizo un silencio breve. Luego, las risas estallaron.
—¡Vanessa, tú estás demente! —dijo Marcela—. ¿Y si viene alguien? ¿Un guardabosques, un policía, un cura?
—Pues que mire. La vista es gratis. —Vanessa se encogió de hombros y empezó a desabrocharse el bikini con una lentitud calculada—. Chicos, ¿quieren o no quieren?
Los chicos se miraron entre sí, entre divertidos e incrédulos. Diego fue el primero en reaccionar:
—¡Yo sí quiero! Pero no me hago responsable de lo que pase después, ¿eh?
—Ni nosotros —dijo Mauricio, con una sonrisa boba—. Esto es una trampa, seguro. Nos desnudamos y luego ustedes salen corriendo con la ropa.
—Nadie va a correr —dijo Fernanda, y para sorpresa de todos, se quitó el top y lo lanzó a la orilla—. Si Vanessa se anima, yo también.
Carla y Marcela se quedaron mirando, indecisas. Marcela negaba con la cabeza, pero la presión del grupo y el calor, y quizás un poco de envidia de la libertad ajena, pudieron más. Se quitó el bikini con torpeza, sintiendo que el corazón le latía más rápido, no solo por la desnudez sino por la sensación de estar cruzando un límite que nunca antes había cruzado.
—Dios mío, esto es una locura —murmuró Marcela, metiéndose al agua de prisa para cubrirse.
Las cuatro chicas se adentraron en el lago, riendo a carcajadas, salpicándose, sintiendo la frescura del agua en la piel desnuda. Los chicos, animados por la escena, también se quitaron la ropa y se metieron detrás, con esa mezcla de juego y deseo que flotaba en el aire. El agua era profunda en el centro, y las chicas nadaban hacia una zona donde apenas hacían pie.
—¡Vengan, aquí es hondo! —gritó Vanessa, flotando de espaldas, con los pechos al sol—. ¡Esto es vida! ¡Esto es libertad!
—¡Vanessa, no te alejes! —gritó Marcela, que se había quedado en una zona menos profunda, abrazándose a sí misma, incómoda—. ¡Regresa!
Vanessa no respondió. Se dejó llevar por el agua, con los ojos cerrados y una sonrisa de satisfacción. Los chicos se acercaron, algunos buceando, otros nadando de prisa. Diego se sumergió y salió justo frente a Marcela, haciendo que esta soltara un gritito.
—¿Te asusté? —dijo Diego, riendo.
—¡Idiota! —Marcela le salpicó agua en la cara—. Te odio.
—No me odias. Me amas. Lo que pasa es que no lo sabes todavía.
—Eso es lo que tú crees.
La conversación se disolvió en risas y chapoteos. El sol empezaba a bajar, y la luz se volvía dorada, casi mágica. Nadie notó cuando Vanessa desapareció. Fue algo silencioso, inesperado. En un instante estaba flotando, y al siguiente, ya no.
—¿Dónde está Vanessa? —preguntó Carla de pronto, mirando a su alrededor con el ceño fruncido—. Hace un segundo estaba aquí.
—Se habrá sumergido —dijo Kevin, restándole importancia—. Le gusta bucear.
—No, Kevin. Lleva como dos minutos sin salir. Eso no es normal.
El grupo entero se quedó quieto. La música de la bocina seguía sonando en la orilla, pero en el agua el silencio se volvió denso, opresivo. Diego fue el primero en zambullirse, abriendo los ojos bajo el agua, buscando a Vanessa. Luego los demás, uno a uno, se sumergieron también, hasta que la superficie del lago quedó vacía.
Diego salió a respirar, sacudiendo la cabeza.
—¡No está! ¡No la veo! ¡Vanessa!
—¡Vanessa! —gritaron todos, en un coro de voces alteradas.
El pánico se apoderó del grupo. Salieron del agua como pudieron, buscando a su amiga con la mirada, con las voces, con las manos temblorosas. Marcela se puso la toalla alrededor del cuerpo, sintiendo que el miedo le enfriaba la piel más que el agua. Fue entonces cuando uno de ellos, Kevin, señaló hacia la orilla opuesta, donde el bosque se cerraba sobre el lago como una cortina verde.
—¡Ahí! ¡Miren! —gritó—. ¡Vi algo moverse entre los árboles!
Todos se giraron. En efecto, las ramas se movían, como si alguien acabara de internarse en la espesura. Diego, sin pensar, echó a correr.
—¡Vanessa! ¡Vanessa, si estás jugando, ya no es gracioso!