El sol ya empezaba a bajar cuando el partido en el parque terminó.
Los chicos estaban sentados en el suelo, cubiertos de polvo, respirando con dificultad después de casi una hora corriendo sin parar.
—Estoy muerto… —dijo uno de ellos mientras se dejaba caer de espaldas.
—Eso te pasa por intentar seguir a Kenji —respondió otro.
Kenji estaba de pie, girando la pelota con la punta del pie como si todavía tuviera energía para seguir jugando todo el día.
—¿Otra ronda? —preguntó.
—¡¿Estás loco?! —gritaron todos al mismo tiempo.
Los chicos empezaron a levantarse poco a poco para irse a sus casas.
Uno de ellos señaló hacia la reja.
—Oye… ¿ese tipo estaba antes?
Kenji giró la cabeza.
El hombre que los había estado observando seguía allí.
Ahora caminaba lentamente hacia el campo.
Vestía una campera deportiva azul y llevaba una carpeta negra bajo el brazo.
Cuando llegó al borde del campo, se detuvo frente a Kenji.
Los demás chicos se quedaron en silencio.
El hombre miró a Kenji de arriba abajo.
—¿Cómo te llamás?
Kenji respondió sin dudar.
—Kenji Nakamura.
El hombre asintió.
—¿Cuántos años tenés?
—Doce.
—¿Jugás en algún equipo?
Kenji negó con la cabeza.
—Solo juego acá con mis amigos.
El hombre levantó una ceja.
—¿Solo acá?
Miró el campo de tierra.
Luego volvió a mirar a Kenji.
—Eso es un desperdicio.
Los chicos se miraron confundidos.
—¿Un desperdicio? —preguntó uno.
El hombre abrió su carpeta.
Dentro había varias hojas con nombres y horarios.
—Mi nombre es Takeshi Morimoto —dijo con calma—.
—Soy entrenador del club juvenil Sakuragaoka FC.
Los chicos abrieron los ojos.
Ese club era famoso en la zona.
Muchos de los mejores jugadores jóvenes de la ciudad jugaban allí.
Morimoto volvió a mirar a Kenji.
—Te estuve observando.
Kenji inclinó la cabeza.
—¿En serio?
—Tenés buen control del balón, buen equilibrio y no tenés miedo de encarar a los rivales.
El entrenador hizo una pequeña pausa.
—Pero también sos egoísta.
Los amigos de Kenji se quedaron quietos.
Kenji parpadeó.
—¿Egoísta?
—Sí.
Morimoto cruzó los brazos.
—Hubo al menos tres jugadas donde podrías haber pasado la pelota y no lo hiciste.
Kenji recordó una de ellas.
Su compañero solo frente al arco.
—Yo… pensé que podía pasar a uno más.
—Lo sé —dijo Morimoto.
Luego señaló la pelota.
—Eso no está mal.
Kenji lo miró con atención.
—Los delanteros necesitan esa mentalidad.
El entrenador se acercó un paso más.
—Pero el fútbol no es un deporte de una sola persona.
Kenji guardó silencio.
Morimoto sacó un pequeño papel de su carpeta y se lo extendió.
—Mañana hay una práctica abierta en el club.
Kenji tomó el papel.
Era una dirección y un horario.
Sakuragaoka FC — Pruebas juveniles.
—Quiero que vengas.
Los amigos de Kenji empezaron a murmurar emocionados.
—¡Kenji, tenés que ir!
—¡Es un club grande!
—¡Podrías entrar al equipo!
Kenji miró el papel.
Luego levantó la vista.
—¿Por qué yo?
Morimoto respondió sin dudar.
—Porque si seguís jugando solo en este parque…
Cruzó los brazos.
—Tu talento se va a quedar estancado.
El viento sopló suavemente levantando el polvo del campo.
Kenji miró el arco viejo.
Miró la pelota.
Y luego el papel otra vez.
Su corazón empezó a latir más rápido.
Tal vez…
Ese era el primer paso.
Morimoto comenzó a alejarse.
—La práctica empieza a las cuatro —dijo sin darse vuelta—.
Luego levantó la mano en señal de despedida.
—Si de verdad amás el fútbol…
Su voz quedó flotando en el aire.
—Aparecé.
El entrenador salió del parque.
Los chicos rodearon inmediatamente a Kenji.
—¡Tenés que ir!
—¡Imaginate si entras al equipo!
—¡Después no te olvides de nosotros cuando seas famoso!
Kenji apretó el papel en su mano.
Miró el cielo naranja del atardecer.
Un pequeño paso.
Pero tal vez…
Ese era el comienzo de algo enorme.
Sin saberlo, el camino hacia su sueño acababa de abrirse.