Actuando Con El CorazÓn || T.S #1

III

EVOLET

 

¿Esa señora porque la miraba como si estuviese apreciando la cosa más desagradable de su existencia?

Es que, ni oliendo algo en descomposición había visto una cara tan trastornada.

Ni su abuela la había apreciado de esa manera, y esa adorable señora sí que le había dedicado cientos de gestos llenos de desprecio.

—Señora —la llamó, y pese a que esta no cambió de gesto al ser descubierta eso no la frenó —. Al parecer está oliendo algo desagradable, que no puedo notar —en su profunda ingenuidad aspiró con fuerza invadiéndose de la esencia a rosas que invadía la estancia —. A menos de que sea yo, y no me haya dado por enterada —levantó los brazos olfateándose las axilas evaluándose decente —. Cosa que explicaría por qué me está mirando como si fue la peor basura que hubiese advertido en su vida —esta arrugó el ceño en respuesta haciendo lo imposible, pero no le respondió solo se dirigió a cerrar las cortinas por las que estaba entrando el fresco de la tarde al estar cayendo la noche, visiblemente tiritando al no tener la ropa adecuada para sortearlo, porque continuaba con la de viaje, y en el proceso presentarse.

Haciendo todo sin volver a mirarle.

Agradeciéndolo mentalmente, pues hasta parecía un sacrilegio retribuirle el gesto de humanidad para con su persona.

—Soy Mera, y haré las veces de su doncella y dama de compañía — ¿Qué? Así de linda era su suerte que le estaban poniendo prácticamente de carabina a la hija perdida de su abuela —. Le asistiré en todo lo que pueda, y evitaré que un nuevo inconveniente como el de su llegaba vuelva a ocurrir —resopló intentando no reírse de sus grandes aspiraciones.

Quitándole la tensión que estaba en el ambiente a causa de su exposición.

—Suerte con eso —lo dijo en voz baja, pero la señora escuchó.

Tenía oído de tísico.

 Hasta le dio escalofrío cuando giró la cabeza de una manera inhumana, escrutándola como si fuera el anticristo.

Diciéndole todo lo que despreciaba sus comentarios sin siquiera abrir la boca.

¿Eso se podía?

En todo caso, se encogió de hombros esperando la reprimenda tarareando la primera sonata que vino a su cabeza.

Tenía acostumbrado hacer sus regaños más amenos, no prestando atención a ninguno de estos.

Poseyendo entrenamiento con la amiga de su abuela, y la misma cuando la lengua le iba más rápido que la sensatez.

Y eso era pan de cada día.

—¿A qué familia pertenece? —le interrogó sacándola de sus cavilaciones, haciendo que pestañease desorientada y respondiera desubicada.

—Wrigth Frensby —la miró esperando algo más de ella que no supo dilucidar.

—¿Título nobiliario, muchacha? —bufó exasperada la doña, remarcando la impaciencia con uno de los pies.

Denotando que no era la primera vez que lanzaba la interrogante.

Debió arrojarle una almohada en la cara, resultaría más efectivo que chistarle como si fuese un perrito sin domesticar.

—Mi familia es dueña de los pozos petroleros de América —y parte de Europa, pero eso no tenía por qué saberlo.

Y al parecer no le importaba, ya que siguió con su mirada desdeñosa acotando algo que si le incomodó no lo dejó ver.

—Ni volviendo a nacer serás como mi niña Amelia —que grosera.

De todas formas, no quería ser ella.

Se encogió de hombros mientras fraguaba algo ingenioso en su cabeza, que tenía incluidas las palabras tiesa y fría, pero la puerta cedió dejando a medias su contestación.

Pues una mata de cabello pelirrojo se adentró a la estancia como un ciclón, quedando sobre la cama, caminado arrodillada para tenerla a su alcance.

—Aun no te han curado —le tomó del mentón sin darle tiempo a replicar examinándola con mirada analítica, haciendo que entrecerrara los ojos esperando a que acotara algo más —¿Dónde estará Prudence cuando más se le necesita? —bufó enfocando a la señora mayor a su lado haciéndose la asustada, mientras se mandaba la mano al pecho consternada al notar su presencia —. Te asignaron a la momia —no pudo evitar reír, porque estaba pensando a lo que se le parecía en todo ese tiempo, y si no fuera por ingenio de la muchacha seguiría dedicándole tiempo a ese tema —. Suele aparecerse a medianoche con una muñeca en los brazos, mientras la mima pensando que es la innombrable —eso sí era escalofriante —. Una vez la desperté tirándole una zapatilla en la cabeza, que casi hace que me lleven a un monasterio —¿Qué? —. En mi defensa, le advertí amablemente que no entrara a mis aposentos.

—Le repito Milady, que merezco respeto y que es de mala educación levantarme falsos —la chiquilla bufó, y volvió a mirarle como si fuese un animal exótico.

Seguramente su cara había quedado desfigurada.

—¿Así de mal quedé? —preguntó, consiguiendo que ladease la cabeza mientras intentaba darle un veredicto, que fue cortado por una nueva intromisión, cuando la puerta fue tocaba y acto continuo cedió.




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