Actuando Con El CorazÓn || T.S #1

XXII

ARCHIVALD

 

«No pudo aguantar más.

Las sensaciones en su sistema se habían hecho insoportables cuando la tenía al alcance de sus manos.

El no verle durante días, para después vislumbrarla como una belleza americana en toda la extensión de la palabra anuló cualquier tipo de razonamiento, terminando de acabar con su autocontrol cuando apareció el imbécil alemán, en busca de la mujer que no se le había perdido, y para colmo de males proponiéndole que fuese su amante.

Por eso el razonamiento había quedado anulado, y ahora estaba devorando sus labios.

Calmando la sed de su alma, entendiendo que cada segundo que pasaba sin probarla se estaba consumiendo.

Cuando sus lenguas se tocaron el vacío en el estómago se intensificó, hasta quedar lleno por completo.

Sentía todo el cuerpo repleto de una corriente eléctrica que lo hacía estremecer, y lo único que necesitaba para que todo estuviese en orden y que se sintiese bien era ella.

Sus dedos enredados en su cabello.

Su cuerpo tembloroso bajo el suyo.

Sus pequeños jadeos ahogados por su boca, a causa de las embestidas que no cesaban.

Su aliento cálido que lo hacían sentir en casa, pese a que se apreciaba como si estuviese muy lejos del suelo.

—¡Archivald! —su nombre dicho con esos labios, y esa vocecilla le indicaban que el paraíso estaba a solo un paso de distancia, gritándole que lo tomara.

Que hiciera con este lo que quisiera.

Por eso dejó sus labios, y bajó por la columna de su cuello hasta llegar al inicio de sus pechos soplando sobre estos con devoción tras besarlos por un momento, sin llegar a traspasar los límites.

Alzó la vista topándose con que Evolet portaba los ojos cerrados, dejándose llevar por el placer mientras se mordía el labio con fuerza, dándole la señal de que tenía permiso de seguir sin necesidad de preguntarle.

Lo deseaba tanto como él.

Y eso iba a hacer, dejando las consecuencias y los golpes de pecho para después, pero el carruaje frenó, y aunque no se dio cuenta la voz del cochero les avisó que habían llegado a Montrose House, y ese fue el regresó a la realidad que necesitaba Evolet para respingar, y tomándolo con la guardia baja le empujó.

No sin antes darle un rodillazo a su virilidad, logrando que se apartara, volviendo a su pose inicial antes de su saqueo quejándose de su agresión, a duras penas notando que saltaba del coche con las ganas a tope de querer huir de él, no sin antes soltarle una disculpa y un gran y especifico: «Me agradecerá después»  

Solo pudiendo sisear antes de seguir doliéndose un:

—Esto apenas está iniciando, porque no te permito que me dejes en este estado»

::

Y tras esa noche, ahora se hallaba intentado buscar el momento para abordarle porque seguía huyéndole pese a los días transcurridos, continuando con su rutina de salir temprano y llegar tarde como si tuviera trabajo extenuante que hacer, porque la misma Freya le dijo según los informes de Madame Curie, que solo pasaba un tiempo en el local, y para el final de la tarde ya estaba emigrando sin dar indicios de hacia dónde se dirigía.

Ni el cochero asignado sabia, pues a este siempre le huía, regresando a la hora indicada como si nada hubiese pasado, haciéndole creer que el trabajo la estaba consumiendo hasta el cansancio.

Como si no imaginara a quien le estaba dedicando su tiempo.

Habsburg.

El mismo que como el cobarde que era no había aparecido esa noche en la velada promovida por el Marqués de Londonderry, que aparentemente por fin se había abierto al mercado matrimonial.

O eso era lo que se especulaba.

Porque fuertes rumores aseguraban que el inalcanzable Lord James Smith, Marqués de Londonderry había dispuesto todo para encontrar una esposa en la brevedad.

¿Las razones de su afán?

Se ignoraban.

Ni sus propios allegados sabían que bicho le picaba.

En todo caso, ese no era su asunto cuando Evolet continuaba sin darle espacio a dialogar.

Como en esos momentos, que después de evitarlo en el carruaje, aprovechando que estaba su madre con ellos, sirviendo de distracción a la tensión entre ambos, no conforme con eso apenas pisó el salón de la residencia de los Smith, fue en busca del grupo con el que hizo migas, ignorándolo al completo.

Dejándolo con la palabra en la boca.

Por suerte el alemán no se hallaba en su campo de visión, porque no podría soportar otro baile entre ambos iniciando la velada.

Ya todos especulaban de su relación.




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