Actuando Con El CorazÓn || T.S #1

XLVII

Tarde, pero llegó, no estaba en casa.

siento la demora.

 

EVOLET

 

Y casi no la cuenta.

No midió las consecuencias, y hasta pensar le hacía doler el cabello.

Aunque eso era lo que menos quería hacer en esos momentos.

Tenía de hermano a satanás personificado.

Por eso decía que tenía conexiones especiales con el inframundo.

Su abuelito sí que era un coscolino.

Mira que, si se ponía a meditarlo seguía sin comprender como seguía siendo tan fértil a su edad.

Porque esos mil años que portaba antes de morirse no podían venir solos.

Lo que la hacía pensar en su nuevo estado.

¡ESTABA EMBARAZADA!

Y ella que ni siquiera podía mantenerse sin una caída al día.

Le dolió de nueva cuenta la cabeza.

Y ella que no quería pensar, y véanla, dejando fluir las ideas cuando la lengua se estaba tomando un arduo descanso.

Se ubicó mejor en la cama, mientras Aine y Prudence la procuraban sin darle tregua.

Agradeciendo que Alistair les pidiese privacidad para poder revisarla.

Encontrándose de esa manera rememorando esos ojos esmeraldas, que en las horas anteriores la habían estado merodeando sin mediar palabra, de alguna manera desquiciándola.

¿Es que no iba a decir nada al respecto?

¿Ni siquiera le iba a negar el bebé?

Era una infiel.

O en primera estancia eso pensó.

Por lo menos la duda debió cruzar su mente, pero ni siquiera hizo atisbo de saludarla, o acercarse.

La estaba evitando de una manera extraña.

Es que, que ahora que lo pensaba eso la ponía de una manera irascible, que hacía que las personas se acercasen con prevención.

Como Alistair, que para su sorpresa era médico, y la estaba atendiendo como nunca en su vida.

Procurándole como si fuese lo más valioso que lo rondaba.

Dedicándole sonrisas cariñosas llenas de vergüenza por todo lo acontecido, que no era poco.

Tranquilizándola cuando entró en un momento de pánico al saberse descubierta ante sus ojos, pero al demostrarle que no la juzgaba de alguna manera pudo respirar de nuevo.

—Creo haber recomendado que se te suspendiera la sopa de culebra, cuñada —trató de hacer una broma, de muy mal gusto a su parecer, consiguiendo que entrecerrara los ojos con un brillo asesino que lo hizo reír con nerviosismo —. Estoy seguro de que esta vez fue de alacrán —estaba tentando a su suerte —. Debo ordenarle a Prudence, que de ser posible te alimente con pan y agua para prevenir efectos secundarios —estuvo a punto de gruñir, pero recordó lo que le comentó mamá Stewart y el motivo por el que su abuelita y hermana no la habían ido a ver para incordiarle, y sintió que debía decirle algo, aunque su cuerpo lo asimiló antes que ella, puesto que, lo primero que le salió fue una colleja —¿Y eso porque fue? —rezongó sobándose la cabeza con ahínco.

—Por pensar con la bragueta —respondió con la boca hecha un puchero de desagrado, para después exhalar recordando que solo era un hombre obnubilado por una belleza superficial.

Como todos lo que conocían a la perfecta Emily.

Siendo la única que siempre tuvo una esperanza para que cambiase, o demostrara su verdadera esencia.

Mostrándose tan ilusa como de costumbre, cuando Emily había nacido con la misma esencia de su abuelita Guillermina.

» Lamento agredirte cuando en parte fue mi culpa, por nunca intentar advertirte de lo que era capaz mi hermana antes de que te la toparas —dejó de sobarse para estrechar la mirada en su dirección.

—Aquí el que tiene que excusarse por ser un imbécil soy yo —de eso nada, aunque en algo tenía mucha razón.

No servía de nada mentirse, puesto que, justificarlo no le quitaba el hecho del que debía estarse excusando era él y no su persona.

Pese a que rectificó después de tener esa conversación en sus aposentos.

» Me buscaste para decirme lo que ocurría, pusiste tu empeño para que te escuchara, y lo hice, pero fue demasiado tarde —le pasó una mano por el cabello rojizo, como si fuese uno de los cachorros que tanto adoraba en señal de que aquello no tenía importancia, porque a los tontos no se juzgaban de manera tan severa.

—Jaime habló, y te salvó de las garras de un matrimonio que no deseadas en la flor de tu juventud —este rio entre dientes tomando su mano, y besándola con devoción antes de soltarla.

—Y por eso ya le hice entrega de un entrañable presente —ese Stewart no tenía remedio —. Pero, hablando enserio, me hizo quedar como un imbécil —su voz se tornó mortalmente seria —. Tambaleó los muros que por tanto tiempo había formado a prueba de todo, hasta que apareció —se apreciaba mortalmente dolido.




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