Acuerdo En El Margen

«Luto»

Capítulo uno

No contaba los segundos. Lo único que llegaba a su conciencia era el golpeteo de sus pies contra el suelo pulido y el temblor de aquel pasillo blanco que se extendía ante ella sin fin. Las luces del techo se sucedían en una línea continua que cansaba la vista, deslizándose sobre su cabeza como una cinta que no terminaba nunca. Corría e intentaba respirar, pero el aire se le helaba en la garganta antes de alcanzarle el pecho. De su boca escapó un «por favor…» ronco, apenas audible, sin saber a quién se lo decía, pero no se detuvo. Siguió corriendo hasta que la puerta cerrada se le vino encima.

Extendió la mano hacia el picaporte metálico. Su frialdad áspera le recorrió los dedos y se los dejó paralizados, mientras la palma le temblaba sobre el metal. A su espalda sonaron unos pasos apresurados, y una voz rompió el silencio a poca distancia:

—Señora… Patricia.

Se volvió a medias y negó rápidamente con la cabeza, cortando la frase antes de que terminara de formarse:

—No… por favor.

Los ojos del hombre iban de su rostro a la puerta sin que él dijera nada. Los de ella recorrían sus facciones, buscaban en ellas cualquier cosa: un gesto, una sonrisa, hasta una mentira pequeña que le regalara un poco más de tiempo. Pero aquel rostro seguía tan cerrado como la puerta que tenía delante.

Apoyó la otra palma en la superficie fría y acercó los labios al vacío:

—Quiero verla… solo un minuto… por favor.

La última palabra cayó quebrada, exhausta, como si al pronunciarla hubiera gastado la poca fuerza que le quedaba. Y antes de que llegara ninguna respuesta, un movimiento brusco al otro lado la interrumpió: pasos apresurados, un roce de metal contra metal, y el pitido de un aparato que se aceleraba sin que ella pudiera reconocerlo, pero que supo —de algún modo, sin necesidad de saber de medicina— que no anunciaba nada bueno.

Retrocedió un paso, con la mano subiéndole hasta cubrirle la boca, los ojos fijos en la puerta como si temiera que fuera a desaparecer en cuanto la perdiera de vista. Volvió a acercarse y apoyó la palma y la frente en la madera fría, como si intentara alcanzar con todo el cuerpo lo que había detrás, ya que las palabras no le bastaban.

—Estoy aquí…

Lo dijo porque durante años se había acostumbrado a que esas palabras, solas, siempre habían bastado. A que su sola presencia le calmara el dolor a su madre, le aliviara el miedo, le permitiera pasar la noche en paz. Se había acostumbrado a que su presencia fuera una medicina. Todavía no sabía que hay puertas a las que la presencia no llega, por muy cerca que el cuerpo se acerque.

Esperó. Un segundo… dos…

Nadie respondió.

Las lágrimas le cayeron calientes, y enseguida el silencio de su garganta se transformó en un sollozo cortante. Levantó la cabeza y descargó el puño contra la puerta:

—¡Abran la puerta! ¡Por favor!

La mano se le quedó quieta de golpe. Miró sus dedos temblorosos como si no fueran suyos, y luego los retiró y se los llevó al pecho.

Y por primera vez se permitió —después de todos esos minutos huyendo de ella— pensar en la idea de la que había estado huyendo, y no en la que perseguía.

Abrió más los ojos y empezó a negar con la cabeza en un gesto histérico:

—No… no… no…

Entonces, de su garganta salió un grito único, extraño, agudo, que no se parecía en nada a su voz. Un sonido que nunca antes le había salido, como si otra parte de ella, que no sabía que existía, fuera quien gritaba.

Después, el pasillo enmudeció.

En él no quedó más que el pitido de los aparatos tras la puerta cerrada, su respiración entrecortada y su mano suspendida en el aire, tocando la distancia que la separaba de alguien a quien ya no podía llegar, y a quien nunca más podría llegar.

Horas después —no supo cuántas; el tiempo había vuelto a dejar de ser algo que se pudiera contar— su madre yacía en la habitación.

Esta vez los aparatos no emitían ningún sonido. Ninguna luz parpadeaba, ningún pitido regular, ningún movimiento que dijera que alguien seguía esperando el regreso de su dueña. El lugar era frío, quieto, con una quietud que traía a la mente la imagen de una hilera de armarios metálicos cerrados sobre quienes ya no tenían lugar entre los vivos. La imagen se le formó sin que la quisiera, y trató de apartarla de inmediato, pero se quedó ahí.

Sus pies se clavaron en el umbral, incapaces de dar el primer paso.

El enfermero se acercó y le hizo una seña para que lo siguiera. Avanzó con pasos lentos, vacilantes, cada uno más pesado que el anterior, hasta llegar junto a la cama. Su madre estaba cubierta por completo con una sábana blanca.

El enfermero extendió la mano y retiró la sábana del rostro.

Patricia se quedó helada donde estaba.

Los labios estaban pálidos, y las facciones descansaban en una calma dura que no reconocía, que no se parecía a su sueño ni siquiera a su cansancio en las peores noches. No encontró en su conciencia nada que pudiera dar cabida a lo que veía, a pesar de haber recorrido todo aquel pasillo corriendo solo para verlo. Se acercó despacio y extendió la mano hacia la frente.

Estaba fría.

Retiró los dedos de golpe, como si el frío la hubiera fulminado, y luego volvió a tocar la frente, como si se negara a creer lo que había sentido la primera vez y necesitara comprobarlo de nuevo.

—Mamá…

Nada cambió.

Se sentó a su lado y tomó su mano entre las suyas, tratando de transmitirle un poco del calor que aquel cuerpo ya no podía recibir.

—Estás muy fría… ¿te traigo una manta?

Miró a su alrededor, recorriendo los rincones vacíos como si alguien fuera a responderle, o como si necesitara hacer algo, cualquier cosa, con las manos. Luego volvió al rostro inmóvil.

—No sé por qué te ponen aquí.

Pasó los dedos temblorosos entre los mechones de su cabello, tratando de arreglárselo como siempre.

—Tu pelo no está bien… debería habértelo lavado.




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