Pasó un mes entero, y la ciudad volvió a su ritmo de siempre sin detenerse ni un instante por su dolor. La universidad abrió de nuevo, las clases retomaron su horario, los alumnos llenaron las aulas, y el ruido de las calles siguió siendo el mismo, ajeno por completo a lo que ese mes había significado para ella.
Se despertaba a su hora, se vestía con gestos ya automáticos, cogía el bolso y salía en bicicleta hacia la universidad. Llegaba un poco antes de clase, subía las escaleras, saludaba a sus compañeros con una sonrisa de compromiso, y entraba en el aula a enseñar arte a sus alumnos. Ellos le preguntaban, bromeaban con ella, y ella respondía con paciencia, y hasta se reía a veces con alguna ocurrencia del grupo —una risa de verdad, que no esperaba que le quedara todavía dentro.
Al terminar, volvía a subirse a la bicicleta, y algunos días se pasaba por su taller: abría la puerta, dejaba el bolso en su rincón de siempre, y se movía entre las herramientas y las piezas a medio hacer, ajustando la curva de alguna, o simplemente quedándose un rato frente a su vieja escultura sin tocarla, solo mirándola, como si recordara una mano que había trabajado allí con ella, en otro tiempo que ya no existía. Días corrientes, de una mujer que trabajaba, enseñaba y volvía a casa al caer la tarde. Al menos, eso parecía desde fuera.
Con los días, las cosas se fueron asentando, o eso creía ella. Volvió a hacer la compra, a limpiar la casa, a dejar algún plato sucio hasta el día siguiente sin que le importara, a poner música, a tomarse el café de camino al trabajo, a escribirse con su hermana y su hermano, que vivían fuera. Su vida se llenó otra vez de los mismos detalles diminutos que llenan cualquier vida corriente —detalles que, vistos de lejos, parecían suficientes para hacer una vida entera.
Una tarde volvió a casa después de una jornada larga. Se quitó el abrigo, se preparó una cena sencilla y se sentó a la mesa con el plato delante y un vaso de agua.
Empezó a comer.
El primer bocado, normal. El segundo, igual. Al tercero, la mano se le quedó quieta en el aire, sin razón aparente, sin ningún pensamiento que lo explicara. Se quedó así unos segundos y luego siguió comiendo...
Y en ese instante cayó la primera lágrima.
No se la secó. Le siguió otra, y otra más, hasta que tuvo la cara empapada. Se inclinó un poco sobre el plato, luchando por respirar, tapándose la boca con una mano para ahogar el sollozo. Pero no dejó de comer.
Cogió otro bocado llorando, lo masticó despacio, lo tragó con esfuerzo, se secó la cara con la punta de los dedos y volvió a coger el tenedor —como si una parte de ella hubiera decidido que la vida seguía, aunque estuviera rota por dentro, aunque estuviera sola, aunque nadie la estuviera mirando.
Lloraba con un llanto profundo, como si algo se hubiera roto de golpe dentro de ella, sin aviso, sin una razón que pudiera nombrar. No había ningún hecho concreto detrás de aquella primera lágrima: era solo todo lo que había callado durante semanas, que por fin encontraba salida. Y aun así, su mano no dejó de moverse entre el plato y la boca, un bocado tras otro, mientras las lágrimas seguían cayendo sin que ella hiciera nada por ocultarlas.
Estaba completamente sola en aquella casa. Nadie le decía que tenía que estar bien. Pero tampoco había nadie que le dijera que n
o hacía falta estarlo.
Conducía tranquilo, con la carretera abriéndose ante él bajo la luz pálida del día. No tenía prisa; solo pensaba en volver a casa después de unas vacaciones que les habían salido mejor de lo esperado. Llevaba las manos sueltas sobre el volante y los ojos fijos en el asfalto, aunque de vez en cuando los apartaba un segundo hacia el asiento de al lado, para volver enseguida al frente —un gesto automático, de un hombre acostumbrado a comprobar cada pocos minutos que ella seguía ahí, sin ni siquiera darse cuenta de que lo hacía.
Ella reía. Le dijo que el día estaba precioso, a pesar de los chubascos ligeros que empezaban a golpear el parabrisas. La frase no tenía nada de gracioso en sí, pero a él le encantaba oír esa risa otra vez, la misma que conocía desde hacía años y que nunca le cansaba. Señaló una moto que pasó junto a ellos, y ella rio más fuerte, contagiándole la sonrisa. Le dijo que las vacaciones habían sido buenas, que la familia los esperaba. Hablaron de los días que habían pasado juntos, de los sitios que habían visto, de todo lo pequeño que había hecho ese viaje mejor de lo que imaginaban. Él sonrió y se quedó mirándola, y ella le dijo:
—No me mires así.
Eso fue un momento antes del accidente. O tal vez horas antes. Ya no lo sabía; después de aquel instante, el tiempo dejó de ser una línea recta en su memoria.
Se volvió hacia ella. ¿Cómo podía sonreír de esa manera? Levantó la mano, le apartó un mechón de la cara, volvió los ojos a la carretera y, sin dejar de conducir, le rozó los dedos:
—Te quiero muchísimo.
—Y yo a ti.
Después todo pasó en una fracción de segundo. Una luz blanca rasgó el retrovisor. Un motor rugió, acercándose demasiado rápido, sin darle tiempo a entender nada. El impacto llegó por detrás, con una fuerza brutal: el coche se desvió, los frenos chirriaron, y aquel momento de calma se convirtió en un desastre de hierro retorcido, cristales por todas partes y un ruido ensordecedor.
Olor a humo. Todo el cuerpo gritándole de dolor. Abrió los ojos despacio, sin saber dónde estaba: voces mezcladas, un ruido de agua, quizá la lluvia contra el cristal roto —ya no distinguía nada con claridad. Intentó moverse y el dolor de la pierna le arrancó un grito:
—¡Cariño! ¡Alejandra! ¡Alejandra!
Las palabras le salieron solas, antes de que pudiera entender del todo lo que estaba pasando:
—¿Estás bien? ¡Contéstame!
Quiso girarse hacia ella y el cuerpo no le obedeció, así que se arrastró como pudo hasta llegar a su lado. Tenía la cara pálida, cubierta de sangre, con esquirlas de cristal clavadas en el pelo y en la piel.
Editado: 06.09.2026