Acuerdo En El Margen

«Fachada»

Después de la sesión

Patricia salió del centro de apoyo con pasos lentos.

La tarde había avanzado más de lo que esperaba. Las calles que solía cruzar ocupada en mil cosas parecían ahora más silenciosas, algunas tiendas empezaban a cerrar sus puertas, mientras las luces de los coches se deslizaban sobre el asfalto en líneas entrecortadas.

Levantó los ojos hacia el reloj de su teléfono.

Se había hecho tarde.

No había sentido pasar el tiempo dentro de aquella sala.

Cruzó la calle directamente y se dirigió a la cafetería junto a la que solía pasar de camino a casa. No quería quedarse mucho rato; solo un café antes de volver.

Pidió lo de siempre, esperó a que le pusieran la taza delante, y bebió casi de pie, como quien cumple una costumbre aprendida más que disfrutada.

Minutos después, ya estaba en casa.

Cerró la puerta tras de sí y fue directa a su cuarto. Se cambió de ropa por algo más cómodo, se recogió el pelo como pudo, y fue a la cocina.

Abrió la nevera.

Sacó algunas verduras, las dejó sobre la encimera, y empezó a preparar una cena sencilla.

La casa estaba en silencio.

Tan en silencio que el sonido del cuchillo golpeando la tabla de cortar se volvió más claro de lo debido.

Se detuvo un instante.

Escuchó.

Nada.

Siguió cortando, y volvió a detenerse.

El silencio le dejaba demasiado espacio para pensar, y esa noche no quería pensar.

Alcanzó el teléfono.

Abrió la lista de contactos y pulsó el nombre de Elena.

Su hermana contestó a los pocos segundos.

—¡Patri!

Su voz llegó acompañada de un ruido de fondo y una risa lejana.

Después apareció su cara en la pantalla, y detrás de ella un trozo de la casa donde vivía con su pareja. Ruido de movimiento, voces cruzándose, algo que alguien dejaba sobre la mesa, y luego una voz masculina desde algún lugar cercano:

—¿Quién llamó?

Elena giró la cabeza fuera de cámara.

—Mi hermana.

Volvió a llegar su voz:

—¿Patricia?

Se acercó un poco al teléfono.

—Hola, Patricia. ¿Cómo estás?

Patricia sonrió.

—Bien. ¿Y tú?

—Bien.

Luego oyó que él decía algo que no llegó a entender, y Elena le dio un golpecito fuera del encuadre.

—Ve a terminar lo que estabas haciendo.

Él rio.

—Voy.

Se alejó, y su voz quedó como fondo.

Patricia observó la escena unos segundos.

Elena se movía por la casa con naturalidad, le hablaba, se giraba hacia él, volvía al teléfono, y luego se distraía con otra cosa. Había algo ligero en su vida. Algo que no necesitaba pensarse para que sucediera.

Elena dijo:

—¿Cómo fue la primera sesión?

Patricia dejó la cuchara dentro de la olla.

—Bien.

—¿De verdad estás bien?

Dudó.

Luego dijo:

—Sí.

—¿Te sirvió?

Patricia miró la olla.

—Supongo que sí.

—¿Qué hicieron?

Movió la cuchara despacio.

—Hablamos.

Elena rio con suavidad.

—Claro. ¿Qué esperabas? ¿Que te dieran una receta?

Patricia sonrió a su pesar.

—No lo sé.

Guardó silencio un momento.

—Les hablé de mamá.

La voz de Elena cambió.

—¿Y estás bien?

—Sí.

—Si necesitas algo, aquí estoy.

Lo dijo Elena con sencillez, y entonces su pareja apareció detrás de ella un instante, con dos tazas en las manos.

Le pasó una.

—Café.

Dijo Elena:

—Gracias.

Y volvió a Patricia.

—Aquí estamos bien. No te preocupes por nosotros.

Patricia la miró.

La escena frente a ella era de lo más normal.

Y precisamente eso fue lo que le dolió de una manera que no esperaba.

Elena tiene a alguien que le pregunta si quiere un café.

Alguien que se mueve por la misma casa.

Alguien a quien puede llamar desde la otra habitación.

Su hermana vivía su vida.

Y la vivía de verdad.

No fingía estar bien. No intentaba convencer a nadie de nada. Simplemente... seguía adelante.

Elena dijo:

—Por cierto, mañana salimos. Él se empeña en elegir el restaurante, lo que significa que tendré que salvar la cena como siempre.

Llegó la voz de su pareja desde el fondo:

—¡Te oí!

Elena rio.

Patricia también rio.

Pero algo dentro de ella se quedó inmóvil.

Minutos después de colgar, dejó el teléfono sobre la mesa.

Volvió a la cena.

Pero la voz de Elena siguió en su cabeza.

¿De verdad estás bien?

La frase no había sido dura.

Y Elena no la había dicho con mala intención.

Puede que incluso la dijera porque la quiere.

Y era justo eso lo que la volvía más pesada.

Patricia conocía ese tono.

El tono de quien te observa porque teme por ti.

El tono de quien cree que todavía necesitas que te pregunten si estás bien.

Dejó la cuchara a un lado.

Se quedó mirando la comida frente a ella.

Había pasado años siendo la persona que preguntaba a los demás:

¿Tomaste tu medicina?

¿Comiste?

¿Llegaste bien?

¿Necesitas algo?

Era ella de quien todos sabían que se haría cargo.

Y ahora, en cambio, se había convertido en la persona a la que le preguntan si está bien.

Sintió un nudo en la garganta.

No quería la lástima de Elena.

Ni la de nadie.

Y no estaba enfadada con su hermana por ser feliz. Al contrario, le encantaba verla así. Se alegraba por ella, por su pareja, por esa vida suya que parecía llena de pequeños detalles que no necesitaban explicación.

Pero al colgar, se descubrió comparando sin querer.

Elena sigue adelante.

Y todos siguen adelante.

El trabajo continúa.

La vida continúa.

La gente sale, ama, hace planes, se casa, construye casas, se pelea y después hace las paces.

Y ella...

¿Qué hace?

Vive en una casa donde cada rincón todavía guarda cosas que ya nadie necesita.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.