La alarma sonó a las cinco, y desde el mismo momento en que abrí los ojos, mi cuerpo me hizo saber que no había descansado lo suficiente. Sentía la cabeza enorme, los músculos adoloridos, la boca seca, los ojos inflamados y los oídos obstruidos por una especie de barrera invisible.
Como pude, me levanté para ponerme presentable. Elegí mi mejor vestido: el negro sin mangas con cuello asimétrico. Nunca pasaba de moda y era un recuerdo de mis años dorados.
Bii se acercó y dijo:
—Ada.
—¿Sí?
—Cien por ciento de carga completa.
—Qué bien... ¿Quieres ir conmigo? Voy a ver a Angie.
—¡Sí! —respondió, volando muy animada a mi alrededor.
—Pero en modo no molestar.
—Listo. Activado.
Me recogí el cabello con un moño simple, me maquillé lo mejor que pude, me puse el brazalete de Bii y coloqué la pequeña abeja como prendedor en el cabello.
—¿Bii? —dije, para comprobar.
—¿Sí, Ada? —respondió de inmediato.
—¡Te dije modo no molestar! ¿Entiendes? No quiero que te metas en mis conversaciones.
—Entiendo, Ada. Disculpa. Activando suspensión profunda. Usa el brazalete para volver a activarme. Que te diviertas.
Me vi en el espejo una última vez. Estaba bastante aceptable. No me gustaba que Angie me viera mal.
Ella ya se había recuperado, pero por consideración a mí, trataba de no alardear sobre lo bien que le iba: era profesora, su esposo doctor y la gente los respetaba y apreciaba a pesar de su categoría. Además, mi hermana había conocido a Douglas cuando aún éramos ciudadanos A, y nunca le importó que él fuera B. Supongo que siempre estuvo abierta a la posibilidad de cambiar de clase. Hacían una hermosa pareja. Me gustaba verlos felices, por eso intentaba no preocuparlos.
Una o dos veces al mes nos reuníamos a comer. Lo disfrutaba. Pasar tiempo juntas siempre era agradable.
Tomé un bolso de sobre y mis mejores zapatos. No los usaba a menudo porque eran brutalmente altos. Para mi sorpresa, cuando abrí la puerta, Peter estaba allí, a punto de presionar el timbre. Dijo nerviosamente:
—¡Ada! Hola. ¿Qué tal estás?
—Bien... ¿Y tú?
—Bien, gracias. Te ves linda. ¿Vas a algún lugar?
—Sí, voy a cenar con Angie. Noche de hermanas. Pero pasa si quieres —ofrecí, por costumbre creo, aunque me arrepentí de inmediato. Temía que si entraba acabaríamos haciendo lo mismo de siempre.
—No, gracias. No quiero molestar. Yo también tengo compromisos más tarde. Pero, si me lo permites, puedo llevarte.
Respiré aliviada. Noté que él actuaba raro, pero como aún estaba algo torpe por los somníferos no pude descifrar qué sucedía. Lo único en lo que podía pensar en ese momento era en lo agotador que iba a ser llegar hasta el piso 5 Oeste con esos enormes tacones y sin mi scooter, así que, sin meditarlo tanto, acepté que me diera un aventón.
Se veía tan guapo. Era inútil intentar engañarme: todavía sentía algo por él.
Peter acababa de obtener un moderno auto compacto tipo burbuja. Por fuera era muy parecido a mi patrulla, pero por dentro era totalmente distinto: cómodo y elegante. Obviamente, un auto para interiores no necesitaba los grandes neumáticos ni el motor de un todoterreno, lo cual dejaba espacio para colocar dos confortables butacas. Elogié el coche para romper un poco el hielo, y entonces Peter me mostró algunas de las funciones más interesantes de su nuevo juguete.
Era un poco surrealista estar sentada junto a él, con su impecable traje y su moderno auto, yo disfrazada de mujer elegante, hablando banalidades como si el mundo fuera perfecto y no tuviéramos que preocuparnos por nada más que por nosotros mismos. Por unos instantes fue como volver en el tiempo, o entrar en una dimensión alterna donde nuestros caminos nunca se habían apartado.
Pero él suspiró, y supe de inmediato que iba a decir una de sus frases hechas de espinas, de esas que le desgarraban la voz al decirlas y me hacían sangrar los oídos al escucharlas.
—Ada, sé que quizás no me creas, pero... te extraño —dijo.
—Peter, ya hemos pasado por esto tantas veces. ¿A eso viniste? —repliqué algo hastiada.
Él se quedó pensativo y luego de un corto silencio, respondió:
—Te vi hoy, cuando salí a trotar. Intenté saludarte, pero supongo que no me viste.
—Lo siento tanto, ya sabes lo distraída que soy —mentí.
—No importa. Es solo que no he podido sacarte de mi mente. Sentí que toparme contigo era una señal. Por eso vine.
Las píldoras para dormir aún no eliminadas y las palabras de Peter, hicieron que mi corazón se volviera loco: no sabía si iba demasiado rápido o si estaba a punto de detenerse. Tomamos la rampa hacia el quinto piso. Yo no deseaba continuar la conversación, pero él insistió.
—¿Eres feliz?
—No empieces de nuevo, por favor —le rogué.
—¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo que quiera asegurarme de que estás bien? Si no fueras tan evasiva, yo no tendría que preguntar constantemente.