Los de mantenimiento desactivaron un tramo de la cerca y se pusieron a trabajar. Una parte de mí esperaba que ellos también notaran algo sospechoso. Así tendría su respaldo. Porque si reportaba lo que había visto, descubrirían que llevaba a Bii, me sancionarían y seguramente eliminarían a los invasores... incluida la mujer embarazada.
No parecían tan peligrosos: eran pocos y débiles. Pero ¿y si me equivocaba? ¿Y si por culpa mía pasaba algo malo?
Tras pensarlo mucho, decidí dejarlo a la suerte. Esperaría el escaneo de las dieciséis horas, con el cual probablemente serían detectados. Si no, aún me quedaría una ronda más para decidir qué hacer.
Así que esperé. El cuerpo entero me dolía de tanta tensión. Me intrigaba lo que llevaban en las cajas. Bii estaba demasiado lejos para identificar su contenido, pero creí ver algo que se retorcía dentro de uno de los contenedores, como una serpiente. Nada tenía sentido.
Finalmente llegó el momento de la revisión:
Perímetro uno, despejado.
Perímetro dos, alambrado ligeramente comprometido, pero controlado.
Perímetro tres, minas desactivadas.
Sensores de movimiento del perímetro cuatro, sin actividad anormal.
No se consideraba necesaria la revisión del perímetro cinco.
El reporte se generó automáticamente, seguido de la pregunta habitual: "¿Tiene el agente M-once algún reporte que agregar?" Presioné "Sí". El puntero parpadeaba, esperando mi informe. Tecleé:
"Tramo S2.9 temporalmente desactivado por mantenimiento. Inicio: 16/03/2165, 14:53. Finalización: Pendiente. Autorización No. 25034018".
Presioné "Enviar" sin atreverme a agregar nada más. Un escalofrío largo y profundo me recorrió, como si una parte de mí intuyera que ese pequeño acto tendría grandes consecuencias.
Me acerqué a los de mantenimiento para preguntar cuánto les faltaba. Iban a tardar un poco, debían reemplazar parte del alambrado.
El calor era insoportable, así que decidí volver a la patrulla. Mientras caminaba, revisé si el mando de Bii seguía oculto. Allí noté que, si no bajaba mucho el rostro, podía controlarla sin que nadie lo notara. Entonces la dejé afuera.
Ya en la patrulla, volví a enviarla. Fue más fácil esta vez: Bii recordaba el trayecto. Pronto tuve imágenes del campamento. Estaba casi desmontado; solo faltaba la tienda de la mujer, quien empacaba lenta y meticulosamente. Los hombres intentaban ayudarla, pero ella los rechazaba.
Necesitaba más información para decidir qué hacer. Hice girar a Bii alrededor del área, buscando alguna referencia para ubicar el campamento, ya que no podía conectarse a la red local para obtener coordenadas.
Delante de mí se alzaba un cerro bajo y alargado, que se extendía por unos tres kilómetros. Sabía que el campamento estaba en algún punto de esa área, pero ¿dónde exactamente?
Después de meses sin lluvia, la vegetación tenía el mismo color del suelo. La monotonía del paisaje hacía casi imposible orientarse. Solo una pared blanca al fondo rompía el patrón.
Observé cuidadosamente, hasta que estuve casi segura de haber encontrado la ubicación. Si conducía en esa dirección, con suerte podría hacer que Bii se acercara más.
Los obreros ya habían terminado. Solo debía esperar a que recogieran sus cosas y reactivaran la cerca.
Fueron minutos eternos. No voy a negarlo: más de una vez estuve a punto de dar la alerta. Lo único que me detuvo fue el bulto que sobresalía del vientre de la mujer, esa pequeña burbuja que albergaba a un ser vivo e inocente. Me hacía pensar en... no, no era momento de pensar en nada más que en la seguridad de la colonia.
Apenas pude, me puse en marcha, vigilando y guiando a Bii con discreción. Tal como esperaba, ella se acercó más, hasta quedar a escasos metros de los invasores.
Aprovechando mi momento de descanso, salí de la patrulla para observar con más atención.
Al verlos de cerca, comprendí que aquellas criaturas no eran como nada que hubiera visto en la vida real. Su piel y cabello eran oscuros, toscos; sus ojos, pequeños; y su ropa, hecha de tejidos extraños. Los hombres tenían vello por todo el cuerpo: brazos, pecho, rostro. Observé sus manos y entonces lo supe: eran primitivos. Seres sin evolucionar, con pulgares pequeños y probablemente diurnos.
¿Cómo era posible? Según lo que sabía, estaban extintos. Mientras me hacía esas preguntas, tres sujetos con trajes camuflados se acercaron a donde estaba Bii y se sentaron en unas rocas a esperar.
Activé el audio con cuidado, tratando de entender lo que decían. Al principio me costó por su acento, pero luego de unos minutos, el lenguaje empezó a tener sentido:
—¡Puta! Solo porque no podemos dejar a esa cerota, pero ya me tiene a verga, neta. Pobre su marido —dijo uno, molesto.
—Tranquilo, ya va a terminar —respondió el más alto, bebiendo de su termo con calma.
—Vos no seas pajero, que también te tiene a verga. Yo vi la carota que pusiste anoche cuando dijo que quería seguir buscando culebras —dijo el tercero, que parecía el más joven.
—Sí vos, no entiende que nos la estamos jugando tan cerca de esa mierda —dijo el primero, señalando hacia La Catedral—. Por lo menos ya juntó los animales para sus medicinas. Solo que guarde sus cosas y nos vamos a la verga, no quiero que nos agarre la noche aquí otra vez.