Nunca había ido tan rápido o tan lejos. La burbuja de mi patrulla estaba rota, no llevaba casco, solo mi máscara. El viento me azotaba el rostro, el polvo invadía mis ojos, mi nariz y mi garganta. La noche era clara; el suelo y mi sangre irradiaban un calor infernal que impulsaba los restos de mí hacia lo desconocido.
El mono era una nube de polvo en la distancia, que a momentos desaparecía entre los pliegues del paisaje. Se había alejado demasiado y yo apenas podía seguirle. Por un momento creí perderlo, pero encendió las luces de su vehículo. Como supuse, era diurno y no veía como yo; quizá ni se había percatado de que lo seguía. Pensé en usar esa ventaja, matarlo y volver como heroína.
En realidad, no llegué a elaborar un verdadero plan. No tenía la claridad mental ni el conocimiento suficiente para hacerlo. Simplemente lo seguí por unos diez o quince kilómetros, manteniéndome lejos para no delatar mi posición mientras decidía qué hacer.
Finalmente se detuvo y busqué dónde ocultarme para observar. Bajó del vehículo y acomodó el cadáver en el suelo. El simio se veía joven, como yo. El muerto parecía un adolescente.
Revisó los alrededores con unos binoculares, pero no me vio. Luego trató de comunicarse mediante un radio o algo similar, pero no obtuvo respuesta. Se veía angustiado. Lanzó el aparato con fuerza y se sentó en cuclillas con el rostro entre las manos.
Era mi oportunidad. Busqué el arma en mi pechera, pero no estaba. La había perdido en la caída. Tomé la del tobillo y busqué el objetivo.
Él estaba arrastrando el cadáver de su camarada. Por desgracia, en ese momento me percaté de que el arma que me quedaba, no era lo suficientemente potente como para darle un tiro mortal a esa distancia. Y viendo que él no tenía intenciones de continuar avanzando, decidí acercarme un poco más.
Me arrastré sigilosamente por el suelo. Nunca había estado en un terreno así de salvaje. Los perímetros de La Catedral recibían mantenimiento, pero allá afuera todo era más tosco. Por todos lados veía espinas, bichos, uno que otro reptil, ojos que brillaban a lo lejos y sonidos extraños que me ponían la piel de gallina. Requirió bastante valor avanzar en aquel terreno, pero al fin logré ubicarme en un buen punto.
Para cuando volví a poner el ojo en la mira, él ya había cubierto parte del cuerpo con piedras. Yo jamás había presenciado algo parecido, pero de inmediato comprendí que se trataba de un funeral improvisado.
El mono estaba de rodillas junto al muerto, escarbando con sus manos desnudas un poco de tierra y rocas para cubrirlo. Un par de lágrimas brotaron de sus ojos y cayeron al suelo lanzando destellos plateados.
De pronto dejó de parecerme una bestia. Su sensibilidad superaba la mía. Yo ni siquiera había podido llorar cuando perdí a mis padres. También imaginé la escena que dejé atrás: Johnson tirado en el desierto, mis compañeros esperando por quién sabe cuántas horas hasta que los del centro de mando decidieran bajar las defensas. Si mal no recordaba, yo había descargado dos botiquines, es decir, les quedaba una píldora negra y una decisión que tomar.
Al final, su elección no era relevante para la colonia. Allí no había compasión ni empatía, solo protocolos. Al llegar la cuadrilla de rescate, los sobrevivientes irían a desinfección y cuarentena; los muertos, al montacargas y a la cámara de incineración.
En cambio, el ser frente a mí era más humano que la mayoría de personas que yo conocía. Y quizá por eso... no pude disparar. Bajé mi arma y me quedé tumbada sobre mi vientre.
Después de un rato, "Evan" quedó satisfecho con el montículo. Poco a poco la idea de acabar con él se fue durmiendo en mi cabeza. Ya solo lo observaba, envuelta por su tristeza, por su solemnidad, por su respeto.
Se sentó y se frotó el rostro contra una de sus mangas para limpiarse el polvo, el sudor y las lágrimas. Levantó la vista al cielo y así se quedó, pensando quién sabe en qué. Pensaba en su Dios, tal vez, como lo hacía yo. Y es que allí, con la muerte fresca bajo la tierra, con el cielo despejado, con la luna llena salpicando de siluetas el desierto. Allí, con la sinfonía de todas las formas de vida que nos rodeaban, y con cada estrella de brillo único insinuando la inmensidad del universo, la idea de un Dios era ineludible.
La situación me pareció irónica: me enseñaron a temer al exterior, a la radiactividad, a las enfermedades, a los animales, a los extraños. Pero nada de eso me había hecho daño hasta entonces. El genocidio sí, la segregación, la indiferencia, el encierro. Eso sí lastimaba, mucho.
Y entonces tuve esta loca idea: rendirme, dejar que el mono me llevara con él. Ya era prisionera en "casa", ¿qué más daba cambiar de prisión? Pero antes de decidirlo, él volvió a su moto. Giró la llave, hizo unos ajustes y logró encenderla.
Se estaba retirando y yo no encontraba el valor para ponerme de pie y pronunciar su nombre. Lo había visto derribar los drones con tanta agilidad que tuve miedo de que me viera.
De pronto sentí unas pequeñas patas trepando por mis manos y me levanté de golpe. Era una araña espantosa con ojos brillantes, que levantaba la mitad de su cuerpo para ofrecerme pelea. Al instante tomé la primera roca que mis manos pudieron palpar y la lancé en dirección del pequeño monstruo.
Aún temblaba, cuando un rugido hizo eco en la distancia. La sangre se me heló y volví al suelo. Creí que el mono me había descubierto. No me moví. Él seguía vociferando, enfadado. Escuché atentamente y logré distinguir algunas palabras: