Ada Y Evan

11. AMIGO O ENEMIGO

Debí matarlo cuando tuve la oportunidad, pero no lo hice. Y por eso terminé tendida boca arriba, con su pesada bota oprimiéndome el pecho y un arma apuntando directo a mi cabeza. Las rocas filosas lastimaban mi espalda, el sol matutino me cegaba y cada vez que respiraba, sentía sabor a polvo y sangre.

¿En qué estaba pensando? Él no era más que un maldito salvaje y allá afuera, lo único que existía era dolor y muerte.

***

SIETE HORAS ANTES

El gorila caminaba guiándose por las estrellas. La linterna apenas iluminaba unos pocos metros al frente, pero le bastaba para avanzar sin tropezar. Sus pasos eran firmes, veloces, decididos... todo lo opuesto a los míos. Me llevaba una buena ventaja, tanta, que ni siquiera se percató de mi presencia.

No sé cómo logré seguirlo durante casi tres horas. Estaba agotada en todos los sentidos: física, mental y emocionalmente. Pero ya no podía regresar. No conocía el camino de vuelta y tampoco me atrevía a detenerme en medio de aquel desierto hostil.

Me temblaban las piernas, y también la mano con la que sostenía el arma, pero había demasiados movimientos extraños alrededor como para guardarla. Además, no sabía qué esperar del salvaje.

Seguí caminando incluso después de que el cansancio me nublara la mente. Ya no pensaba, solo avanzaba. Hasta que finalmente, cuando sentí que me quebraba, él se detuvo.

El sonido de varios palos cayendo al suelo me sacó del trance. El simio los había ido recogiendo durante el camino. Me detuve y observé: eligió un terreno levemente elevado, con una roca del tamaño de su torso sobresaliendo en la cima. Soltó su mochila y se sentó. En minutos, ya tenía una fogata encendida.

¿Y ahora qué? Yo estaba bastante atrás, pero si seguía acercándome, no tardaría en detectarme. No se me ocurría qué hacer, así que me senté y bebí un poco de agua. ¿Amigo o enemigo?, me preguntaba.

Mientras aún dudaba, él se acomodó en su improvisado campamento y al cabo de un rato se quedó completamente inmóvil. Estaba recostado contra la roca, con una mano sobre el fusil que descansaba en su regazo, la mochila a un costado con uno de los tirantes enrollado en su antebrazo, y la fogata, ardiendo delante de él.

Sabía que no podía acercarme así por así; él reaccionaba rápido y con precisión. Bii era mi única alternativa. La envié en modo sigiloso, rezando para que no acabara destrozada como los drones.

Se acercó y confirmé que dormía. Entonces decidí avanzar, aunque fuera riesgoso. Hacía horas que mi cerebro había dejado de estar al mando. Estaba tan exhausta... Una parte de mí solo deseaba que todo terminara, sin importar cómo.

Nos separaban unos doscientos metros, pero en vez de ir hacia él, decidí rodear el montículo y acercarme por detrás. El terreno comenzaba a inclinarse y pronto la mochila se volvió insoportablemente pesada. Tuve que inclinarme hacia adelante casi gateando para poder seguir.

Entonces algo atrajo mi atención. Me detuve en seco y observé con atención. Algunas plantas secas se movían cuesta arriba, justo en dirección a la roca donde descansaba Evan. Fue allí cuando escuché el inconfundible sonido de un cascabel.

Instintivamente levanté el arma y afinando la vista, me acerqué con cautela. Ahí estaba: una serpiente alargada, deslizándose lentamente por la loma. Sin pensarlo dos veces, disparé. El tiro fue certero, directo a la cabeza.

Ni siquiera había asimilado el susto cuando otro sonido me volvió a helar la sangre: era el cargador del arma de Evan.

Mi disparo láser no era ruidoso, pero bastó para despertarlo. Por suerte, estaba a su espalda. Mientras inspeccionaba el frente de su campamento, aproveché para tomar el cuerpo de la víbora, lo lancé lejos como distracción y retrocedí.

Él tomó un trozo de leña a modo de antorcha y bajó del montículo. Rodeó la zona, pero yo ya me había ocultado. Tuve suerte. No veía bien en la oscuridad. Lo malo era que pronto perdería esa ventaja: el cielo comenzaba a cambiar de color anunciando el amanecer.

Yo quería alejarme, pero no podía. Él seguía alerta. Me puse la máscara de protección solar y me quedé agazapada, esperando que el salvaje se durmiera o se marchara. Pero el cansancio me venció y fui yo la que se quedó dormida.

No sé cuánto tiempo pasó. Solo recuerdo que desperté con un golpe. Cuando abrí los ojos, rodaba entre arena y piedras. El arma salió volando. Intenté alcanzarla, pero el mono me agarró de la mochila y me lanzó con fuerza, dejándome boca arriba.

Y ahí estábamos: él con su pie presionando sobre mi pecho y el fusil apuntando a mi frente. Yo sangraba por la nariz y la boca, mientras el sol me cegaba por completo.

—¡Por favor, no dispares! —supliqué.

Al oírme, bajó el arma unos centímetros, pero en seguida recuperó la postura amenazante y gritó:

—¿Quién sos? ¡Quitate la máscara!

Se movió para secarse el sudor de la frente y el arma se desvió unos centímetros. Aun así, insistió:

—¡Que te la quités, dije!

Con manos temblorosas, tiré de la máscara. No veía nada. Se hizo un breve silencio. Yo no me atrevía a decir palabra. El miedo me paralizaba.

—Sentate —ordenó con voz autoritaria, aunque algo más sereno.




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