Me senté de frente al cactus al que Evan me había atado; medía unos tres o cuatro metros de alto. El cable era solo lo suficientemente largo para que pudiera moverme alrededor sin pincharme.
Intenté desprenderlo, pero lo había fijado con bridas metálicas. Probé aflojarlo con los dientes, traté de cortarlo con rocas, intenté sacar la mano de las esposas y lo único que conseguí, fueron más heridas.
Debían ser entre las diez y las once de la mañana. El calor me aplastaba y la sombra del cactus se hacía cada vez más pequeña. Ya no tenía agua, ni fuerzas, ni ganas de seguir. Como pude, me recosté en el suelo y cerré los ojos, deseando que la muerte llegara pronto y acabara con aquella agonía.
El sol brillaba tanto que incluso con los ojos cerrados, podía ver su luz. De pronto, sombras negras comenzaron a danzar sobre mí. Sabía lo que eran: buitres esperando el banquete.
Me aterraban esas horribles aves de rapiña. Los había visto destrozar el cadáver de un coyote en menos de un día, sin dejar ni siquiera los huesos. La idea de que hicieran eso conmigo, me resultaba atroz. Así que me senté, solo para demostrarles que seguía viva.
Buscando mantenerme en la sombra, me arrastré otro poco hasta quedar a centímetros de las espinas. Entonces me di cuenta de que la lucha por liberarme había dejado marcas en el tronco del saguaro, y se me ocurrió que tal vez podía romper el tallo del joven cactus.
Jalé con fuerza para ver qué pasaba, y el espinoso candelero se tambaleó, inclinándose ligeramente hacia mí. Definitivamente no quería que me cayera encima, así que me puse de pie y empecé a patearlo por un costado. Era más duro de lo que esperaba; mi bota arrancó las capas superficiales del tallo, pero por dentro tenía unas varillas bastante resistentes.
No iba a ser fácil, pero podía funcionar. Cuando mis piernas se cansaron de patear, comencé a golpearlo con rocas. Algunos brazos del cactus se desprendieron y cayeron; luego, la columna principal comenzó a doblarse, hasta que finalmente la punta tocó el suelo.
Me sentí eufórica. Fui desenredando el cable desde la base del cactus hasta la punta caída y al fin, quedé libre.
Tambaleándome y casi a ciegas, logré llegar hasta donde estaba Bii. Tenerla de nuevo en mis manos se sintió increíble. Me consolé pensando que tal vez, Peter tenía a alguien buscándome, y que lo único que yo debía hacer era aguantar.
Una botella vacía y Bii eran todo lo que me quedaba, pero podía ingeniármelas. Volví al lugar donde el mono había vaciado mi mochila con la esperanza de que hubiera olvidado algo. Encontré mi máscara y un inútil láser de afeitar. Nada más.
El calor era infernal. Los arbustos secos no daban suficiente sombra; necesitaba un mejor refugio para pasar las horas de mayor calor. Hice que Bii sobrevolara los alrededores y descubrí que no muy lejos de donde estaba, en medio de un grupo de cactus grandes, se encontraba el fuselaje de un viejo avión. Con ayuda de Bii revisé el interior para asegurarme de que no fuera la guarida de algún animal, y por suerte parecía libre.
Para llegar, tenía que atravesar un laberinto de cactus altos y frondosos, así que Bii me guio desde lo alto.
Cuando alcancé la destartalada aeronave, ya era más de mediodía. No quise adentrarme demasiado porque estaba encandilada, y aunque no había animales grandes dentro, un escorpión o una serpiente podían ser igual de peligrosos.
Me subí la manga izquierda hasta el codo. Cuatro aves habían aparecido cerca de mi muñeca. Era mi nanotatuaje. Se activaba para indicar problemas de salud. Nunca lo había visto tan oscuro, las aves celestes se veían tan negras como los buitres que me asediaban. Era una señal clara de que mi cuerpo no estaba bien.
Tal vez era cierto que el exterior era tóxico y fatal. Pero también era hermoso. Me quedé contemplando el paisaje: veía unas montañas azules a lo lejos, el cielo despejado, la tierra dorada y los cactus verdes llenos de bolas rojas.
Entonces recordé los jardines superiores de La Catedral: esas bolas de espinas blancas debían ser pitayas. Me levanté, tomé una varilla larga de entre los restos del avión y golpeé uno de los frutos con fuerza para que cayera lejos de mí. Al caer, parte de las espinas se desprendieron, revelando una cáscara magenta de la que brotaba un hilo de jugo violeta. Estaba en lo correcto.
Froté el fruto contra el suelo con una roca plana y luego usé el láser de afeitar para quitarle más espinas. Finalmente, lo abrí y devoré extasiada la pulpa fucsia con semillas negras. De niña las había probado y no me gustaron. Irónicamente, en ese momento me parecían exquisitas.
Había muchas. El cable y las esposas me estorbaban, pero eso no impidió que cortara varios frutos. Comí hasta quedar satisfecha.
Después volví al pequeño avión y me recosté cerca de la entrada. El tatuaje se había aclarado un poco y eso me tranquilizó. Cerré los ojos y creo que me quedé dormida un rato. Cuando los abrí, el sol ya estaba bajando y Evan estaba sentado frente a mí.
Me levanté de golpe, aunque con torpeza. Busqué la pequeña afeitadora para apuntarle. Yo temblaba; él ni parpadeó.
—Tranquila —dijo pacíficamente con su voz ronca—. Dame esa cosa. Tomá, quitate las esposas.
Lentamente, extendió su mano mostrándome la llave. Al principio dudé, pero luego acepté el trueque. Intercambiamos una mirada llena de tensión.