Unas siluetas extrañas aparecieron en el horizonte al atardecer del cuarto día. Evan inspeccionó la formación con los binoculares.
—Una frontera —dijo, afligido.
Me dio los binoculares y pude confirmar que aquellas formas, eran en realidad un montón de estaciones de peaje, autos, edificios y un enorme puente, que evidentemente habían sido atacados en algún momento.
—¿Cuánto marca la radiación? —preguntó.
Revisé y para mi sorpresa, el nivel se había disparado drásticamente en comparación con el 0.3 que había registrado el día anterior en el río.
—3.45 —dije, preocupada.
—Es muy alto. Vamos a tener que tomar otra ruta y movernos rápido para alejarnos de esta zona lo antes posible.
—¿A dónde?
—A la costa. Por allí pasé antes.
—¿Allí no hay radiación?
—No, no tanta —respondió, casi suspirando.
Me quité la máscara porque sentí que me faltaba el aire. Él me miró y preguntó:
—¿Peyote?
Asentí. No podía hablar, todo mi cuerpo temblaba y mis pensamientos eran un remolino. Revisé mi tatuaje: las aves estaban oscuras, no tanto como esperaba, pero definitivamente no tenían un color saludable. Evan comenzó a hablarme con calma mientras partía y pelaba unos trozos de peyote:
—Las costas ya estaban abandonadas cuando se intensificó la guerra. Muchas ciudades habían sido sumergidas por el deshielo, así que nunca las bombardearon. Por eso hay menos radiación allá.
—¿Dónde estamos?
—En la frontera con México —me acercó su navaja con un trozo de fruto.
Comí sin apartar la vista del horizonte. Saber que me encontraba tan lejos me impactó profundamente. La Catedral quedaba al noreste de Texas, cerca de las antiguas ciudades de Dallas y Fort Worth. ¿Cómo había llegado hasta allí? El bocado no me supo a nada. Evan continuó:
—No tengás miedo. No pasa nada si no nos quedamos mucho tiempo.
—No sé si puedo con esto —dije, sin intentar disimular mi angustia—. Ya sé que no quieres contarme nada sobre el lugar a donde te diriges, pero necesito saber... tú y yo obviamente somos diferentes. Yo nunca había estado expuesta a tanta radiación, ni a tanto sol. A lo mejor para ti es normal y seguro, pero para mí no lo es. Creo que debo regresar.
Con toda la contaminación a la que me había expuesto, de pronto sentí que mi viaje no tendría retorno. Imaginaba mi cuerpo lleno de gérmenes, de virus, de átomos radiactivos. Pensaba que todo dentro de mí estaba por pudrirse. Quería volver a casa a refugiarme, pero a la vez me parecía irresponsable regresar así.
Comencé a palpar los bolsillos del uniforme buscando la morfina. La píldora estaba dentro de una de las bolsas del pecho. La saqué y la sostuve en mi mano tratando de asimilar lo que tenía que hacer.
Entonces Evan sujetó mi muñeca con suavidad y luego extendió su otra mano contra la mía para compararlas. Su mano era más grande, más velluda, más oscura, más tosca. La mía solo la sobrepasaba en el largo del pulgar.
—Sí, somos diferentes. ¿De qué sirve ese gran pulgar? —preguntó.
El contacto con él y su pregunta me desconcertaron, el efecto psicodélico ya nos estaba golpeando.
—No estoy segura, pero es más largo que el resto de dedos y se mueve en casi todas direcciones. Gracias a eso podemos tocar con mayor precisión la palma de nuestra propia mano —expliqué, mostrándole—. Así es más fácil usar dispositivos personales.
Él me soltó y sonrió con algo de ironía. Dijo:
—O sea que básicamente evolucionaron para jugar mejor con sus maquinitas y para ver en la oscuridad de sus madrigueras.
Sentí el impulso de abofetearlo, pero siendo justos, yo también solía compararlo con animales. Se comió el último trozo de peyote y limpió la navaja.
Yo seguía con la píldora en la mano, pensando que definitivamente no era a él a quien deseaba ver antes de morir. Entonces, sus ojos se encontraron con los míos y, mirándome fijamente, dijo:
—Estás asustada, verdad.
Se acercó y adoptando un tono más suave y más sincero, añadió:
—A mí también me preocupa tanta radiación, y el sol, no me gusta el calor. Ni siquiera quería venir aquí. Vine por trabajo. La doctora Cantil, la mujer que viste, me contrató para traerla. No debí dejar que me convenciera.
El mono hablaba con soltura por primera vez, y no sé si fue curiosidad o cobardía, pero bajé la mano con la píldora y seguí escuchándolo.
—Mirá, yo no vengo de un lugar como el tuyo, pero donde vivo es bonito, hay sombra, menos calor y agua limpia, mucha agua limpia. La radiación del cielo y del suelo es baja...
Un hermoso brillo iluminó sus ojos cuándo mencionó su hogar, pero en seguida se apagó al recordar la expedición:
—El asunto es que Cantil hace medicina con serpientes, pero hubo una especie de epidemia y se le murieron casi todas. Por eso me llamó para ayudarla a atrapar más. Desde el principio no quería, porque ella está embarazada y no se me hacía seguro, pero en las primeras paradas nos fue bien, así que seguimos. Ya de último, quería conseguir unas culebras que solo viven en esta área. Yo sabía que aquí hay lugares muy contaminados, por eso nadie viene, pero ella se las arregló para conseguir rutas y vehículos, de todo. Y como es de mis mejores clientas, no le pude decir que no.