Evan había ido recogiendo palos mientras avanzábamos. Una hora después de salir de la carretera, estábamos en total oscuridad. Entonces, se detuvo para preparar el campamento y encender la fogata de esa noche.
Yo estaba sedienta, hambrienta, sucia, acalorada y adolorida, pero de alguna manera, caminar en lugar de pedalear me había relajado un poco. Como habíamos estado viajando de noche para evitar el calor, aún no sentía la necesidad de descansar.
—¿Vamos a parar aquí? —pregunté.
Él estaba concentrado en preparar el fuego y respondió sin mirarme:
—Ya no estamos en la carretera. Aquí es más peligroso y no podemos andar a ciegas. Está muy oscuro.
—Tal vez para ti —dije.
Evan se acercó a mí con el cuerpo muy erguido, los ojos fijos en los míos y una sonrisa sarcástica en los labios.
—¿Y qué? ¿Vos vas a guiarme?
Definitivamente trataba de intimidarme, pero yo no retrocedí.
—Bii, activar linterna —dije sin apartar el rostro.
En ese instante, Bii encendió su proyector para iluminarnos. Evan lo miró y luego volvió a verme como si quisiera matarme.
—¿Y ahora me decís? —reclamó.
—¿Qué? ¿La revisaste toda y no te diste cuenta?
Apretó los labios frustrado y se alejó llevándose las manos a la cabeza. No entendía por qué estaba tan molesto. Yo agregué:
—¡Perdón! Como tiraste las linternas que encontramos, pensé que no las necesitabas.
—¡No servían!
—Pero tienes las gafas de visión nocturna.
—¡Que apenas funcionan! ¡Nos arriesgamos y nos atrasamos un montón anoche! ¡¿Y no dijiste nada?!
Empecé a reír sin control. Ya estaba muy drogada. Evan me miraba confundido, pero luego sonrió un poco. Me disculpé:
—Perdón. La verdad, todavía no sé qué tan distintos somos. Yo sí veo bien en la oscuridad. Soy mitad topo.
Sonreí y arrugué la nariz. Él intentaba mantener el gesto de enfado, pero no lo conseguía del todo.
—Además —continué—, aunque no me creas, yo veo a Bii como una mascota, no como una herramienta. Es muy divertida. Mira esto: Bii, disco ball.
Bii obedeció y la linterna cambió a pequeños haces de luz que giraban a nuestro alrededor.
—También puedo poner música. ¿Bailamos?
Evan ya no pudo contener la risa, se acercó a mí y dijo:
—Necesitamos comunicarnos mejor.
—Sí —respondí, intentando retomar la seriedad—. Lo que digo es que la radiación todavía es muy fuerte aquí y caminar durante el día es más agotador para los dos, creo. Entonces ¿Por qué no avanzar un poco más?
—Por el efecto del peyote no te das cuenta de lo mucho que estás forzando tu cuerpo. Además, en el sur de Texas hay más depredadores y muchas plantas tienen espinas... Pero creo que ahora que tenemos luz, podemos avanzar otro poco.
—Bien —respondí complacida.
—Voy a dejar la leña para llevar el arma preparada. Vos siempre atenta a lo que nos rodea, ya que podés ver mejor que yo.
Peyote, luces y música en medio de la nada. El simio sonriendo y discutiendo su plan conmigo. Casi sentí como si fuéramos un equipo. Creo que incluso caminé dando saltitos. Él me dijo que me concentrara, pero yo sabía que también se estaba divirtiendo.
Avanzamos bastante. El nivel de radiación comenzó a disminuir lentamente y algunos arbustos secos aparecieron aquí y allá. El cansancio también fue golpeando de a poco. Sabíamos que necesitábamos descansar.
Cuando salió el sol, a lo lejos vimos un grupo de árboles relativamente verdes. Evan dijo que probablemente encontraríamos más agua allí, así que, con las pocas fuerzas que nos quedaban, nos dirigimos hacia ese lugar.
Había un lecho de rocas que parecía haber sido el cauce de un río. Entre las piedras quedaban algunas pozas de agua sucia, apestosa y rodeada de insectos, pero no podíamos darnos el lujo de ser exigentes: la colamos y la pusimos a hervir. El agua que recolectamos sabía horrible, pero al menos calmó la sed.
Estábamos exhaustos y hambrientos. No sabía cuánta comida nos quedaba, pero presentía que era poca, ya que Evan la había estado racionando más en los últimos días. Dijo que, con suerte, podríamos cazar algún animal cuando se acercara a beber agua, pero por si acaso también colocó algunas trampas con rocas planas, palos y carnadas.
—Levantás un lado de la piedra, la apoyás en los palitos formando un cuatro —explicó Evan, dibujando un diagrama en la arena—. En esta punta que queda por dentro ponés la carnada. Así, cuando el animal intenta comérsela, derriba el soporte y la piedra le cae encima.
Colocamos tres trampas de esas y nos sentamos a descansar bajo la sombra de unos árboles. Dejó las provisiones y las armas de su lado, lejos de mi alcance y luego se recostó a escasos centímetros de mí.
—Si se acerca algún animal, me despertás sin espantarlo —dijo.
A mí me sonaba como un pésimo plan: dejarme de vigía sin armas, pero no quise contradecirlo. Se notaba que ya confiaba más en mí, pero aún sentía la necesidad de tomar ciertas precauciones.