Entre el sexto y el séptimo día, el paisaje comenzó a transformarse. Árboles con flores de colores se mezclaban con el ocre de la tierra y el verde oliva de los cactus. Delgadas enredaderas marchitas por el calor, se arrastraban por el suelo. Pájaros multicolores volaban y cantaban sin descanso. No encontraba palabras suficientes para describir, para comprender lo que mis ojos habían presenciado en los últimos días.
Recordé los viejos documentales sobre la naturaleza que solía ver con mi madre. Vagaba entre las ruinas de ese mundo, y aun así, era jodidamente impresionante.
Claro que no todo era bello. Por todas partes hallábamos evidencia de destrucción y muerte. Además, siempre estaba el riesgo de la radiación, los depredadores, la escasez de agua... En fin, creo que pasaba la mitad del tiempo fascinada y la otra mitad, asustada.
El calor era otro problema. A medida que las llanuras daban paso a la selva, el ambiente se volvía más húmedo y las noches también eran calurosas.
Evan tenía razón: el paisaje parecía amable, pero no lo era. Bastaba con ver el estado de la carretera. De autopistas despejadas y relativamente bien conservadas pasamos a caminos agrietados, inflados o hundidos. Todo estaba más deteriorado en esa zona. Las enredaderas parecían estrangular las pocas estructuras que aún no habían colapsado, y burbujas de óxido corroían los metales como si explotaran desde dentro. Teníamos que andar con precaución.
En algún lugar de Veracruz, la carretera se volvió intransitable. Árboles caídos y el camino sepultado, sugerían que una gran inundación había ocurrido. Logramos avanzar con dificultad hasta que finalmente llegamos a una bifurcación. Evan eligió una de las rutas, aunque su expresión mostraba que no estaba del todo convencido.
Ese otro camino estaba más despejado, y conseguimos recorrer una buena distancia antes del atardecer. Sin embargo, Evan se volvió hermético. No pregunté nada y me limité a seguir sus instrucciones. Después de una semana a su lado, ya entendía que eso significaba que algo lo inquietaba.
Evan sabía lo que hacía. Cada una de sus acciones tenía un propósito. Era un experto en sobrevivir. Cuando estaba tranquilo, me explicaba pacientemente cómo hacer las cosas, respondía mis preguntas y hasta me dejaba practicar. Pero cuando se ponía en alerta, no toleraba titubeos ni objeciones, solo quería que yo actuara rápido y tal como él indicaba.
Días atrás, nos habíamos topado con un nido de serpientes y una manada de coyotes. Evan se las arregló para mantenernos a salvo sin siquiera advertirme del peligro. Tal vez no decía nada para evitar que entrara en pánico. Ya había entendido que era mejor dejarlo guiar.
Acampamos en las ruinas de un hotel. Al frente estaba el estacionamiento, y en la parte trasera, una piscina vacía. En el primer nivel había un amplio salón; solo quedaban los grandes arcos de las puertas y ventanas, todo lo demás estaba destruido. Pero era un buen refugio: teníamos un techo y nos rodeaba una zona abierta con buena visibilidad.
Limpiamos un poco e hicimos la fogata con madera de algunas mesas viejas. Luego salimos a colocar trampas, con la esperanza de cazar algo.
Había varios árboles de mango en los alrededores, así que fuimos a recolectar. Al otro lado de la carretera vi una palmera extraña: su tallo era recto, alto y lleno de hojas. Desde la copa colgaban gruesas lianas que llegaban hasta el suelo, formando amplios ángulos, como los cables de una carpa. Ya habíamos visto varias en el camino y me producían curiosidad, así que quise acercarme. Pero en cuanto tomé esa dirección, Evan advirtió:
—No te vayás a alejar.
Me detuve en seco y regresé de inmediato a donde él estaba, no sin lanzar un último vistazo a la planta. Él me observaba con atención y como si adivinara lo que pensaba, explicó:
—Son postes de electricidad. Lo que cuelga son cables y todas esas hojas, son plantas parásitas.
—Ahora todo tiene sentido. Se me hacían tan raras, creí que eran palmeras.
Me miró... ¿dulcemente? Dijo que dejara los mangos en el suelo y que lo siguiera. Atravesamos la calle. Me resultaba gracioso que él siempre mirara a ambos lados antes de cruzar, pues viajábamos por un mundo desierto. Sonreí, y él me devolvió la sonrisa. Al llegar junto al poste, sacó su cuchillo y peló una de las "lianas", revelando el interior metálico del cable.
Los últimos rayos del sol nos daban de frente, dificultándome la visión, iba a volver a ponerme la máscara. Entonces Evan dijo:
—No, quedate así. Siento que hablo con un robot cuando la llevás esa cosa puesta. Prefiero poder ver tu cara.
Lo pidió amablemente, así que hice caso. Entonces, justo cuando la oscuridad comenzaba a desplazar la luz, a lo lejos, vi una masa de agua enorme, majestuosa y resplandeciente. A varios metros de nosotros, el terreno descendía hacia una playa. La arena se unía al mar, y este se prolongaba hasta fundirse con el cielo.
Me quedé sin palabras. Relámpagos de recuerdos cruzaron mi mente: el piso resbaloso de la piscina de La Catedral pintado de celeste; las olas artificiales programadas en intervalos; el olor a cloro; las manos de Angie arrugadas por el agua... Nada de eso se comparaba con lo que tenía frente a mí. Eran apenas caricaturas del majestuoso mar.
Permanecí allí, viendo las olas rabiosas llenar de espuma la arena y luego retirarse con calma, como arrepentidas. El cielo se probaba todos sus trajes sin decidir qué color le sentaba mejor. Sentía el aire salado, húmedo y caliente como el sudor.