Y hoy, en Cocinando con Evan, les mostraremos cómo preparar un delicioso tacuazín a la leña —dijo Evan, mirando a la cámara de Bii.
—Es una zarigüeya —interrumpí.
—¡Es un tacuazín, un tlacuache! Vos qué vas a saber de animales. Mejor poné atención a lo que estás haciendo, porque si cortás mal los órganos se va a arruinar la carne.
Yo intentaba preparar el animal que acabábamos de cazar, pero Evan me distraía con su improvisado show de cocina. Me había quitado el brazalete de Bii para no ensuciarlo, y él había aprovechado para hacer sus payasadas.
—Bii, un poco de música, por favor —pidió.
La música sonó de repente, haciéndome saltar.
—¡Evan! —protesté.
—¿Qué? —respondió, sonriendo como si nada.
—No puedo trabajar así. Me desconcentras.
—Te estoy enseñando a actuar bajo presión. Deberías agradecerme.
Era difícil no reír cuando se ponía en ese plan. De cualquier manera, yo hacía mi mayor esfuerzo para concentrarme y hacer todo correctamente. Me levanté de la roca donde había partido al animal y lo colgué de la cuerda que tenía preparada para quitarle la piel.
Evan andaba por allí tonteando. No lo vi acercarse, así que cuando puso un ramillete de agujas de pino en mi cuello, me sobresalté creyendo que era algún bicho. Grité, me sacudí, me pasé las manos ensangrentadas por los hombros y por el pelo, hasta que me di cuenta de que Evan reía como loco.
—¡Sos un bruto! —grité mientras sacudía las manos frente a él.
Él se alejó corriendo, sin parar de reír, pero algunas gotas de sangre lo salpicaron y dijo:
—Te estás comportando como una salvaje, Ada. Hasta hablás como salvaje: "Sos" un bruto. ¿Qué es eso? Se dice "eres" un bruto —dijo, imitándome.
Me sorprendía la habilidad que Evan tenía para estar de buen humor aun en las condiciones más extremas. Ya habían pasado catorce días y nos encontrábamos en algún lugar entre Oaxaca y Chiapas.
En ese punto, yo tenía las manos y el trasero llenos de llagas por la bicicleta. Mi cabello estaba seco y enredado; la ropa y la máscara me habían protegido un poco del sol, pero los insectos habían atacado cada fragmento de piel descubierta, dejándome llena de puntos rojos. Nos bañábamos cada vez que podíamos, pero nunca estábamos realmente limpios. Yo era un desastre.
Evan, por otro lado, estaba hecho un semidiós: un apestoso, velludo y bronceado semidiós. Las proteínas, el ejercicio y el sol tenían una magia muy distinta en él. A veces lo miraba y pensaba que esa era la idea original del creador. Él me hacía sentir como una copia defectuosa, como una mutante. De hecho, así me llamaba a veces el infeliz.
No quería admitirlo, pero me gustaba mucho verlo. Tan concentrado cuando miraba las estrellas para saber qué rumbo tomar, cuando seguía el rastro de un animal o el sonido de un río, cuando elegía un lugar para pasar la noche. Su frente se abultaba y sus pobladas cejas formaban una "V" sobre sus ojos color caramelo, haciéndolo lucir un poco enojado, un poco salvaje; y de repente se convertía en este ser gracioso y juguetón.
Le gustaba la música, cualquier música. Ya conocía casi toda mi playlist y a menudo se paseaba por ahí cantando y bailando. Sin embargo, a mí a ratos me dolía el pecho con los recuerdos de alguna canción. Había días en que no hacía más que pensar en Angie, en Peter y en los otros que había dejado atrás.
Evan adoraba la comida; siempre estaba hablando de comida.
—Sabe parecido al cerdo —dijo acerca de la zarigüeya—. Si tuviéramos condimentos, unos rabanitos, cebolla, limón, tortillas... te prepararía algo delicioso. Un día de estos, canchita.
Yo aún no sabía a dónde íbamos. Evan seguía sin querer contarme sobre su hogar. Solo me compartía recuerdos e ideas casi aisladas, sin contexto, para no darme detalles. Pero a veces bajaba la guardia y soltaba algunos datos personales.
Para entonces, yo sabía que tenía tres hermanos, mucho menores que él. Al parecer, su hermano había nacido cuando él tenía doce años, y tres años después llegaron otras dos hermanitas, gemelas. Se notaba que los quería mucho, pero también que había sido un cambio drástico dejar de ser hijo único. Creo que se sintió desplazado, invisible... ¡Y le encantó! Cómo envidiaba eso en él. Ese gusto por la soledad. El sentimiento de libertad que le producía no vivir bajo las expectativas de nadie.
También me había hablado de su entrenamiento, en la escuela militar. El lugar del que Evan provenía me intrigaba cada vez más. Era obvio que yo había subestimado demasiado a su gente, porque entre líneas leía indicios de una sociedad bastante organizada.
Evan estaba afuera porque le gustaba, porque quería, no porque no tuviera otra opción. Explorar era su negocio, y en verdad actuaba como un profesional la mayor parte del tiempo.
Al terminar de comer, me levanté la manga para revisar mi tatuaje y los piquetes que tenía en la muñeca.
—Por lo menos no sos alérgica —dijo Evan, alargando el cuello para echar un vistazo—. El tatuaje se mira menos marcado desde que comenzamos a subir las montañas. Eso es bueno, ¿verdad?
—Sí. Significa que mi cuerpo se está estabilizando.