Abrí los ojos y ya no estaba oscuro. Una hilera de luces tenues marcaba el pasillo inclinado, creando un claroscuro extraño. Aún hacía frío, pero era tolerable. Miré hacia arriba: la puerta por la que habíamos entrado estaba cerrada. Abajo, se filtraba una luz suave. Todo estaba en silencio.
Evan no estaba. Tampoco Bii, ni su brazalete, ni las mochilas. Solo quedaba yo. ¿Me habrían dado por muerta?
La adrenalina me invadió de golpe. Desesperada, comencé a buscar algo que pudiera usar para defenderme. Revisé la ropa que se había quitado Evan y encontré una de sus armas.
Estaba descalza, pero decidí continuar así para no hacer ruido. Al llegar al final de la rampa, me asomé con cautela. A la derecha había una gran pantalla frente a unos sofás. A la izquierda, una mesa con doce sillas y una cocina con isla. Al fondo, un pasillo con varias puertas que desembocaba en unas grandes escaleras de madera. Era como una enorme y lujosa casa. Eso me desconcertó un poco.
Necesitaba encontrar a Evan. Parecía que no había nadie, pero debía ser cuidadosa; no quería atravesar ese gran espacio abierto caminando como si nada. Me agaché y avancé lentamente.
Entonces noté un parpadeo de luz debajo de una puerta cercana. Me armé de valor y fui directamente allí. Empujé la puerta con el hombro y entré con el arma lista para disparar. Para mi sorpresa, Evan estaba sentado frente a una vieja computadora, y Bii flotaba tranquila junto él.
—Me asustaste —reclamó Evan, y volvió a girar la silla hacia la computadora que tenía delante.
—¿¡Yo te asusté!? —dije, molesta—. ¡Creí que te había pasado algo!
Evan se giró hacia mí y mirándome con gratitud, dijo:
—Estoy bien, gracias. Bii me ayudó a inspeccionar. Ella ya está mejor también. Estamos a salvo. Perdón por no despertarte.
Yo seguía temblando con el arma en las manos. Entonces él se levantó y dijo:
—Tranquila, no hay por qué temer. Vení a ver lo que encontré.
Dejé el arma y me acerqué. Un plano en tercera dimensión apareció en la pantalla, y Evan comenzó a explicar:
—Es un búnker del siglo XXI. Nunca ha sido usado y la mayoría de los sistemas aún funcionan. Requiere mantenimiento, pero por ahora tenemos aire puro, agua filtrada por carbón y electricidad para los servicios básicos. Algunos paneles solares no están funcionando, pero aquí indica dónde están; podríamos revisarlos luego.
—¿Cómo activaste todo?
—Un amigo ingeniero me enseñó. Igual lo de la cerradura manual en la entrada. Ya he visto un par de refugios de la misma empresa, pero no se comparan con este. Mirá.
Salió del plano y abrió una ventana con imágenes de las cámaras de vigilancia repartidas por distintas estancias.
—Esa es la sala, el comedor y la cocina. Este es el segundo nivel, con sala de estar, gimnasio... y esto te va a encantar.
Tras recorrer todas las vistas, me mostró el último espacio:
—¡Un jardín hidropónico! —dije, asombrada.
—¡Sí! Me recordó los videos con tu papá. ¿Vamos a explorar?
—¿Qué estamos esperando? —dije, con una mezcla de emoción y nostalgia.
—Vamos, Bii —dijo Evan, dirigiéndose a la puerta.
Bii lo obedecía, lo cual me resultaba un poco raro. Nunca la había compartido tanto con alguien, ni siquiera con Angie. En casa me trataban como loca por el cariño que le tenía a mi mascota, pero Evan no solo lo entendía: lo compartía. Se había arriesgado por ella. Le hablaba tanto, que ella ya lo reconocía y lo entendía perfectamente. Lo seguía casi igual que a mí.
Recorrimos el primer nivel. Todo estaba hecho con materiales finos: maderas, mármol, acero inoxidable, cuero. A pesar del polvo, las superficies aún brillaban. Era como si el tiempo se hubiese detenido justo antes del fin del mundo.
En La Catedral se usaban hologramas, luces y pantallas para decorar. Todo era una ilusión. Allí todo era tangible. Me daban ganas de pasar la mano por cada rincón, como si al tocarlo pudiera entender lo que significaba vivir así: con tanta belleza innecesaria.
Abrimos uno de los estantes del comedor y encontramos hermosas vajillas, manteles, servilletas, velas. Revisamos la alacena: doce estantes llenos de paquetes sellados.
—¿Qué opinas? —consulté.
—Deben tener décadas. Pero tal vez algunas cosas todavía sirvan.
En el fondo había algunas latas y frascos.
—¡Miel! —dije, emocionada—. Se ve dura, pero tal vez se pueda derretir.
—Me sorprende que la miel esté en tu dieta. Creí que en tu casa solo había verduras mutantes y carne de plagas.
—También tenemos abejas. Son muy útiles: las usamos para polinizar, para hacer varios productos y luego nos las comemos.
—¡Monstruos! —bromeó—. Con razón no sos alérgica a nada.
Me encogí de hombros y seguimos con la exploración. Los grifos de la cocina funcionaban, pero, aunque moríamos de sed, decidimos esperar hasta confirmar que el agua era segura.
Recorrimos el pasillo, revisando cada puerta: medio baño, lavandería, bodega con herramientas y artículos de limpieza. Al fondo, había una puerta de metal con teclado.